Lealtad, 1

El tocomocho del siglo XXI

El sonrojante espectáculo en torno a la cotización de Befesa en la sesión bursátil del martes tiene la virtud, pues no hay mal que por bien no venga, de dejar los puntos sobre las íes. Tiene la ventaja de explicar, mejor que cualquier experto, que algunas de las cosas que pasan en la Bolsa tienen el mismo componente económico que el alineamiento horizontal de tres manzanas en una máquina recreativa.

Es el tocomocho del siglo XXI en el que, en lugar de escamotearse un billete, un dado o una carta, lo que se oculta se mueve de un sitio a otro es el dinero, las opas, los rumores de opa o como se quiera llamar a eso que ahora está aquí y luego estará allá. Ahora está en Urbas, ahora está en Befesa y mañana en Avánzit, empresa tecnológica para la que la entrada de una compañía láctea es noticia de singular calado. Se mueve de un sitio a otro con la rapidez y aleatoriedad del tocomocho de feria, y sólo quien está con la nariz pegada a la pantalla de cotizaciones puede olisquear por dónde se va a ganar dinero esta vez. En realidad, no tiene nada de malo.

Cada cual es libre de jugarse el dinero de la manera que quiera. Lo que resulta un tanto chocante es que se incentive este tipo de comportamientos. Las empresas que cotizan en Bolsa tienen que cumplir una serie de normas de transparencia. Es de interés del mercado, pues da a los participantes de que están en un entorno serio. En este sentido, que una compañía tenga un capital flotante en Bolsa del 2% no contribuye a generar confianza entre los inversores.

La especulación es parte misma de la Bolsa. Si las expectativas fuesen cartesianas y cristalinas y la información perfecta la acción de Telefónica se movería menos que el bund alemán. Ahora bien, que acciones con escaso capital flotante coticen en Bolsa y, en algunos casos, estén en los índices más representativos es una trampa en el solitario que invita a tocomochos como el de Befesa.