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Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Los márgenes de los carburantes

Desde que el precio del petróleo tocó sus valores máximos en la primera semana de agosto, por encima de los 78 dólares por barril en los mercados de referencia para Europa, las cotizaciones internacionales no han hecho sino ceder. De hecho, acumulan ya un descenso importante: más del 19%. Pero los precios finales de los derivados, fundamentalmente de los carburantes de automoción, no han seguido un itinerario paralelo. Desde que en el puente de mediados el mes de agosto alcanzaran precio récord casi todos los productos, han registrado descensos francamente modestos, y desde luego significativamente inferiores a los de la materia prima. El gasóleo, que supone más del 80% del consumo en las carreteras españolas, sólo ha bajado de precio un 2,9%, una sexta parte que el crudo. Y la gasolina, un 9%, la mitad que el petróleo.

Como en ocasiones pasadas, las compañías petrolíferas que controlan verticalmente el negocio (extraen el crudo, lo refinan y venden la gasolina), no muestran la misma diligencia para repercutir en los precios finales las bajadas de las materias primas que cuando se trata de las subidas. Practican una política de pasividad que recompone onerosamente los márgenes, precisamente en una temporada en la que el consumo alcanza sus cotas máximas, y que beneficia también a la hacienda pública, puesto que la recaudación por la abcisa de hidrocarburos es proporcional, lógicamente, a la factura que abonan los consumidores.

Quien soporta la carga de las subidas del petróleo son los consumidores, así como quien obvia el alivio temporal que pudiera suponer una rebaja de impuestos. Esta es la mejor fórmula para absorber la crisis energética. Otra cuestión es si la presión fiscal es o no la adecuada. Pero si es rechazable el intervencionismo fiscal en el mercado, también hay que exigir un comportamiento diáfano de los agentes que intervienen en la cadena del negocio y que las variaciones del coste del crudo se reflejen en la factura pagada por sus derivados, tanto cuando sube como cuando baja.

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