TRIBUNA

Seguridad y derecho a volar en paz

El colapso aéreo internacional del pasado 10 de agosto, con epicentro en los aeropuertos británicos de Heathrow y de Manchester, extendido en primera instancia a todos los vuelos transatlánticos a Estados Unidos y, en segunda, al resto del mundo, colocó a la aviación comercial ante una nueva situación conflictiva. A pesar de las innovaciones ocurridas en los últimos años -la franca expansión del número de pasajeros, el incremento extraordinario de los aeropuertos y la proliferación de un nuevo modelo de viajar, el del bajo coste-, la nueva amenaza terrorismo abortada según parece, pone sobre la mesa, de manera más grave, la relación entre las medidas de seguridad a aplicar en situaciones excepcionales al tráfico aéreo y el derecho a volar tranquilamente de todo aquel que paga un billete aéreo.

El ticket aéreo da derecho al traslado al lugar de destino; sea cual sea el precio, con los atributos de la información necesaria, la puntualidad, la seguridad y el buen trato; y dependiendo del precio, la confortabilidad y la cantidad y calidad de servicios complementarios. Incluso en situaciones excepcionales, como ésta que impactó al centro neurálgico del mundo aéreo, precisamente donde nació la aviación comercial, debe tender a ello.

En las situaciones de excepción, resulta convincente que prime la vida de las personas, pero ello no significa menoscabar otros aspectos indispensables de la transacción que se producen con la compra de un ticket aéreo. La militarización de las operaciones de seguridad tiende desgraciadamente a prescindir de la mayoría de esos derechos: ofrecer información, ser puntuales en la salida de los vuelos, otorgar un buen trato, hacer confortable la espera. Se diría que en los planes de excepción no caben estos aspectos tan elementales del servicio; los viajeros son abandonados a su suerte cuando deberían seguir permaneciendo siempre en el centro de los desvelos de todos los prestadores, la seguridad incluida. La prepotencia y la deshumanización en el tratamiento de las situaciones de excepción olvidan estos aspectos principales de la calidad del servicio.

Los viajeros se están convirtiendo en los rehenes contemporáneos, sea por unas medidas antiterroristas, una huelga de trabajadores o por cualquier otro motivo

Decenas de miles de pasajeros, en otro día de julio en El Prat por culpa de una huelga salvaje; cientos de miles en agosto en Londres por una amenaza terrorista inminente; millones de viajeros mal tratados, como los europeos en tránsito por aeropuertos norteamericanos por culpa de las medidas antiterroristas genéricas, aspecto que viene siendo denunciado en las cartas al director de la mayoría de diarios europeos. Malos tiempos para el más moderno y espectacular medio de transporte, cuyos protocolos de excepción olvidan derechos adquiridos elementales.

La cuestión radica en ofrecer una aviación más segura y mantener la máxima calidad de los servicios a los viajeros. Por eso, debe ser reforzada y adaptada en los aeropuertos, adelantándose a las nuevas estrategias de los terroristas; por eso, debe ser adaptada en el interior de las aeronaves a base de policías camuflados, datos biométricos, máquinas más sofisticadas de rayos X en los aeropuertos que lejos de atemorizar a los clientes les protejan.

Lo zafio es cubrir muchas de estas ausencias bajo un manto de impunidad y privar de calidad de servicio a los viajeros, incrementar las colas, mantener el caos, hacer insufribles las horas de espera necesarias.

Cualquier día, cualquier motivo convierte a la aviación en el peor de los sueños cuando su cometido principal consiste en el traslado satisfactorio de las personas desde origen a destino por motivos de negocio, relacionales o vacacionales; ni las excepciones deberían confirmar la regla.

Los viajeros, los que viajan desde hace años y los que se han incorporado recientemente gracias a los vuelos baratos, se están convirtiendo en los rehenes contemporáneos, sea como consecuencia de unas medidas antiterroristas, una huelga de trabajadores del sector o cualquier otro motivo.

Demasiadas ineficiencias y demasiadas complicidades de los servicios aeroportuarios, de las compañías aéreas y de los servicios de seguridad.