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Fin del mundo en Bucovina

Los monasterios pintados del norte de Moldavia, algunos Patrimonio de la Humanidad, son el broche de una perfecta armonía entre el paisaje y el espíritu.

De entrada, conviene tener presente que se trata de uno de los rincones más hermosos y vírgenes de Europa. Bucovina forma parte de la región histórica de Moldavia, en los Cárpatos orientales, una región que, debido a los revolcones de la historia, se encuentra repartida entre dos países, Rumanía y la República de Moldavia (que fue parte de la antigua URSS). Los monasterios que se encuentran en la parte rumana son algo más que un depósito de arte: son expresión de una perfecta armonía entre los hombres y el fantástico escenario de montañas, colinas, bosques, arroyos y manantiales, todo como ensamblado en un ritmo cósmico.

Los monasterios podrían contarse allí por docenas, aunque no todos son de la misma importancia. ¿Por qué tantos? Sencillamente porque la mayoría se erigieron en tiempos de Esteban el Grande, entre los siglos XV y XVI, pese a las continuas guerras, mejor dicho, gracias a ellas: por cada batalla ganada, el rey mandaba construir un monasterio como exvoto. El acabado de muchos coincidió con la reforma protestante, que rechazaba imágenes y pinturas; los templos de Bucovina, atiborrados de pinturas por dentro y por fuera, son una especie de contrarreforma precoz desde la trinchera ortodoxa.

Porque lo característico de estos monasterios es que su iglesia está revestida de pinturas, no sólo por dentro, también por los muros externos del edificio. El monasterio, en realidad, es una pequeña ciudadela, un recinto de altos muros, fortificado con torres en los ángulos. Las dependencias monacales están adheridas a la muralla. En el centro del espacio, como un ónfalos bien aireado, la iglesia. Y es sólo ésta la que se cubre de pinturas; por dentro, se ven las imágenes de la intimidad sagrada (arte sacro, más que religioso, según la clásica distinción de Romano Guardini); por fuera, se ve de todo: desde episodios bíblicos (siempre el juicio final en la puerta de entrada) o santos, a la caída de Constantinopla, una mescolanza singular entre la tradición popular y las influencias bizantinas (llegadas de Rusia y Serbia) o incluso góticas (a través de Polonia).

Los visitantes podrán admirar los murales externos, pero dentro de muchas iglesias se encontrarán con una barrera de andamios y una guerrilla de restauradores. Se quiere que la entrada en la Unión Europea de Rumanía (prevista para el próximo enero) esté marcada por la revelación de los frescos, oscurecidos por el humo de cirios y lamparillas. Resulta que la lluvia y las inclemencias del tiempo son menos dañinas para la pintura que la piedad de los fieles. Pero Dios es bueno: el propio humo que oscurece y hace invisibles las imágenes ha formado una película protectora que ha servido para protegerlas; ahora basta con retirar esa capa aplicando papeles humedecidos con un líquido especial, a los que se adhiere la suciedad.

Como son tantos los monasterios, el turista tiene que imponerse la ingrata tarea de elegir. Entre los imprescindibles estarían el monasterio de Putna (con la tumba de Esteban el Grande, aunque no tiene pinturas por fuera), Moldovita, Sucevita (en un precioso emplazamiento alpino), Humor (pequeño pero radiante), Voronet (llamado la capilla sixtina de oriente, con azules únicos bautizados como el monasterio). También son espléndidos los de Arbore, Rasca, Probota o San Juan el Nuevo de Suceava (todos con pinturas externas) y Patrauti, Slatina o Dragomirna, éste último emplazado junto a un bucólico lago. Hay que insistir en eso: las armonías del arte se conjugan con una belleza natural deslumbrante y casi intacta, un regalo para los sentidos, tanto o más que para el espíritu.

Guía para el viajero

Como ir

La compañía rumana de bajo coste Blue Air (00 40 21 208868, www.blueairweb.com, tiene vuelos desde Madrid a Bucarest, al aeropuerto de Baneasa, muy próximo al centro urbano, los lunes, miércoles y sábados. También opera desde Barcelona y desde Valencia, con la misma frecuencia.

Dormir y comer

En Sighisoara: Hotel Sighisoara (Strada Scolii nr. 4-6, en la ciudad alta, 00 40 265 771000, hotelsghisoara@elsig.ro), forma parte del decorado evocador y fantástico de la ciudadela, con restos de pinturas murales y buena ambientación, posee una espléndida terraza interior, 29 habitaciones, precio, 55 euros la doble y 46 euros la sencilla.

En Bistrita: Hotel La corona de oro, moderno, aprovechando el nombre y mito de la novela (Petru Rares 4, Tel: 212627. En el Paso del Borgo: Hotel Drácula (Principala 4, Piatra Fantenele, paso de Tihuta, tel. 266841, supuesto castillo de Drácula, moderno y un tanto descuidado, sorpresas y sustos para los huéspedes.

En Sighisoara: Cetate, restaurante y taberna en la supuesta casa natal de Drácula (Plaza Muzeului, 6, junto a la Torre del Reloj); más tranquilo: el mencionado hotel Sighisoara. En Brasov: restaurante cervecería Cervul Carpatin (ciervo de los Cárpatos), plaza Sfatului 12, Tel: 00 40 268 143981), uno de los más antiguos y populares de la zona alojado en un edificio renacentista, que ofrece mucha animación turística.