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Columna

¿Dónde está Dios?

El arzobispo de Valencia, monseñor Agustín García-Gasco, hubo de oficiar el martes pasado en la catedral los funerales por los 41 muertos del accidente del metro acaecido la víspera. Asistían en primera fila las más altas autoridades del Estado, incluido el presidente del Gobierno, el del Congreso de los Diputados, el del Tribunal Supremo o el del Tribunal Constitucional, pero monseñor, muy atento, sólo tuvo en cuenta a los reyes don Juan Carlos y doña Sofía.

Llegó el momento de la homilía y, en ese tono tan característico de la clerecía española, don Agustín quiso aprovechar sus 15 minutos de fama. Entonces, tomó carrerilla para alinearse con la antigua canción con letra y música de Atahualpa Yupanqui y con las recientes palabras del papa Benedicto XVI en Auschwitz. Nuestro monseñor valenciano hizo acopio de todo el énfasis retórico de que era capaz y se preguntó dónde estaba Dios el lunes cuando ocurría el desastre ferroviario.

Sin remontarnos a las cumbres de la teología, el catecismo de Ripalda dejaba claro que Dios estaba en todas partes. Era la Omnipresencia de Dios. De la misma forma que era Todopoderoso, es decir, Omnipotente y también sin principio ni fin, es decir, Eterno, Omnisciente, Motor Inmóvil, Causa Primera y Final de todas las cosas. Dios era el Ser en el momento del Siendo. Por eso, sorprende ahora a quienes recibimos esa catequesis contundente que vengan las primeras autoridades eclesiásticas a infundirnos dudas sobre la presencia de Dios en lugar de administrarnos certezas. Otra cosa son las dificultades que plantea la existencia del mal en el mundo. Pero esas dificultades se resolvían mediante el contraste entre la perspectiva infinita de Dios y las limitaciones de todo orden, también el plano de la inteligencia propias de criaturas como nosotros.

La pregunta de Atahualpa Yupanqui era muy buena para ser acompañada a la guitarra. Su formulación se explicaba por los padecimientos de los desheredados latinoamericanos con quienes sintonizaba el cantante. Más aún cuando durante años hasta la llegada de la teología de la liberación nadie entre las jerarquías de la Iglesia salía en defensa de los desfavorecidos ni reclamaba el respeto a los derechos humanos que se estaban violando de modo flagrante.

En realidad, a Atahualpa Yupanqui le hubiera valido de suficiente alivio que la voz de los prelados católicos se hubiera dejado oír para poner coto a los abusos de los poderosos que, aliados con los ejércitos de la doctrina de la seguridad nacional, habían declarado abrogado el quinto mandamiento de las Tablas de la Ley, entregados a Moisés en la cumbre del monte Sinaí, y se habían considerado facultados a todos los efectos para torturar y matar al disidente como si ese proceder fuera también una ofrenda agradable a Dios.

Atahualpa utilizaba la pregunta como estribillo de su canción y concluía equivocándose con estos versos agnósticos: 'Que Dios vela por los hombres,/ tal vez sí, y tal vez no,/ pero es seguro que almuerza/ en la mesa del patrón'. Porque la experiencia de cada día prueba que los poderosos tienden al descreimiento, mientras que los oprimidos buscan incansables su consuelo.

Mucho tiempo después, casi ayer, durante su visita a Polonia en el campo de exterminio de Auschwitz, ante los hornos crematorios, donde los nazis procedían a la aniquilación de los judíos y de tantos otros considerados también impuros y nocivos para la raza aria, un papa alemán, Benedicto XVI, que aún adolescente estuvo apuntado a las juventudes del nacionalsocialismo, clamó al cielo para preguntarse dónde estaba Dios cuando culminaban todos esos horrores. Era una pregunta abierta a la especulación inalcanzable mientras que otra más sencilla -¿dónde estaba la jerarquía católica?- hubiera podido responderse con más sobriedad y precisión.

Por eso mismo monseñor García-Gasco debería haberse evitado la repetición de las palabras del Pontífice, esta vez aplicadas al descarrilamiento del metro valenciano. Es una senda dialéctica facilona. Mientras que los demás sí estamos autorizados a preguntarle al arzobispo si piensa que Dios escucha complacido la cadena de radio episcopal.

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