El acto final de Ken Lay
æscaron;ltimamente, la caída en desgracia es un asunto que se prolonga, lleno de apelaciones legales y tentativas de conseguir un segundo y tercer acto (...). El purgatorio de Kenneth Lay (...) parece haber durado más que sus días de gloria como jefe ejecutivo de Enron. Pero su muerte anteayer -tras un juicio en el que finalmente fue declarado culpable de una larga lista de cargos de fraude y conspiraciones- es muy repentina. Llegó antes del acto final, su condenación e ingreso en la cárcel.
Puede que las víctimas del espectacular colapso de Enron se sientan timadas porque la cara pública de la empresa (...) ha muerto cómodamente (...) sin cumplir un solo día por sus numerosos crímenes. Sus defensores pensarán que las persecuciones y la prensa le precipitaron a una muerte prematura. Desde cualquier punto de vista, esto parece una historia inacabada (...).
Un símbolo de EE UU se extinguió en el tribunal; fue un hombre el que murió anteayer. Lay fue condenado con justicia por sus crímenes, pero también era un padre y un abuelo, cuya familia llora su muerte. Iba derecho a la cárcel, pero no tenía por qué ser el final. Podría haber tenido la oportunidad de usar sus grandes habilidades para ayudar a otros prisioneros. A sus 64 años, podría haber abierto un tercer acto a pesar de todo.