El genio, Vanderlei y la responsabilidad social
Me contó mi amigo Ramón, ocupado en estudiar la responsabilidad social de la empresa (RSE), que al principio del pasado puente/acueducto, cuando paseaba por una playa del sur de España, inadvertidamente golpeó una semienterrada botella. Y ocurrió como en los cuentos: de la botella salió un genio que, después de darle las gracias y hacerle la pelota, se ofreció para cumplir el más ferviente deseo de mi amigo. Ramón, que ama poco lo material, pero es muy madridista, le rogó al genio que se deshiciera de un tal Luxemburgo, pero el sufrido genio que, como el Madrid, debía estar en horas bajas, le dijo que eso era imposible, que a Vanderlei lo había puesto el presidente, que Florentino era mucho Florentino y que le pidiera otra cosa. Como alternativa, y después de pensarlo un rato, se le ocurrió a Ramón que el genio podría explicarle todo este embrollo de la RSE, pero el ex cautivo de la botella, con cara triunfante y ante lo que se le venía encima si atendía el segundo deseo, le dijo: 'No te preocupes. Mañana el tal Luxemburgo estará en la calle'. Y así fue. Era el domingo 4 de diciembre de 2005.
La historia nos sirve como percha para reflexionar sobre este hermoso asunto de la RSE, al que ni siquiera los genios (que son sabios, pero están en las nubes o dentro de botellas) se atreven a hincarle el diente. Probablemente, porque deberíamos acercarnos al problema con criterios humanos y con sentido de la realidad, es decir, con sentido común y poniendo los pies en el suelo, huyendo de jergas o jerigonzas, de lenguajes especiales que sólo entienden los listos de la tribu, pero que, en general, la gente ignora cuando no desprecia.
Creo que todos estamos de acuerdo en lo esencial: vivimos una época de transformaciones que tiene, sin duda, calado histórico, y las empresas van a tener que protagonizar, lo quieran o no, un papel central en el desarrollo económico y en la propia estabilidad social. En el futuro, no va a ser posible para las empresas mantenerse cómodamente y sin compromisos externos. Ni las empresas ni sus dirigentes.
En algún lugar he escrito que el punto de partida de la RSE de la empresa es, ni más ni menos, que cumplir con su deber y comprometerse con la sociedad. Y en este ámbito sería bueno aclarar conceptos que nos envuelven y que, gracias a un uso inadecuado, disturban un mensaje que debería ser lo más importante: la RSE es, sobre todo, un compromiso solidario.
A estas alturas y aunque se pueden integrar, no deberíamos confundir la RSE con el buen gobierno, una manera de comportarse que debe ser obligatoria en todas las empresas y que se concreta en dos claves que deben respetarse con coherencia: cumplimiento de la ley y de las obligaciones que de ella se derivan, y transparencia. Así de fácil.
La RSE es, como hemos dicho, un compromiso solidario, pero también voluntario, aunque hoy debiera ser exigible, lo que no significa obligatoriedad y regulación. No olvidemos que de las 100 mayores economías del mundo, más de la mitad son empresas. La RSE es una forma distinta de entender la empresa, centrada en los valores, que genera valor; y un sistema de gestión, no un modelo preestablecido, que debe inspirar todas las áreas de la empresa, de cada empresa según sus características.
La empresa socialmente responsable compatibiliza y aúna responsabilidad (la primera y principal, no lo olvidemos, dar resultados y crear empleo, y ser eficiente) con crecimiento sostenible y desarrollo humano. Se asienta en principios éticos, contribuye al bienestar social y lleva a cabo políticas de compromiso, credibilidad y transparencia. La empresa socialmente responsable impulsa la innovación social, actúa con los empleados (y con sus familias) según criterios de equidad, preserva el medio ambiente y, en definitiva, se preocupa por la ciudad, la región y el país en los que opera.
Y, hasta ahí, todo está claro. Si, además, la empresa dedica voluntariamente recursos propios -económicos y humanos- a la acción social, miel sobre hojuelas. Es lo deseable. Ayudar a los más desfavorecidos es un plus, un bajar a la arena y una forma de profundizar en el compromiso y de ayudar a construir un mundo mejor. Un tratado de moral, decía Aristóteles, no debe ser una pura teoría, sino ante todo un tratado práctico.