Pérdida de competitividad
La economía española muestra un buen estado de salud, con un crecimiento envidiado por nuestros socios europeos que se traduce además en una fuerte creación de empleo. La fuerte actividad permite también una alta recaudación fiscal que permite el equilibrio de las cuentas públicas pese a algunos esfuerzos en materia de gasto social y de inversión. Pero detrás de esa bonanza se esconden también algunos desequilibrios que suponen además una seria amenaza para la sostenibilidad del modelo de crecimiento. Así, el diferencial de inflación se ha traducido sistemáticamente durante los últimos años en un aumento de los precios superior al de los países de nuestro entorno.
Esa mayor inflación ha supuesto una apreciable pérdida de competitividad para la economía española ante sus socios de la unión monetaria y eso se ha visto agravado de cara a las otras grandes potencias económicas mundiales por la apreciación del euro. La pérdida de competitividad es especialmente preocupante en un contexto de fuerte déficit comercial.
Para atajar ese problema, el Gobierno ha hecho algunas cosas correctamente, pero no son suficientes. En primer lugar, los responsables de la economía española han acertado en el diagnóstico, seguramente porque lo hicieron cuando estaban en la oposición y empezaban a aflorar los problemas. El modelo de crecimiento basado en la fortaleza de una demanda interna en la que el consumo y la construcción son las locomotoras no puede sostenerse indefinidamente. Pero hecho ese diagnóstico, las medidas tomadas para virar el barco de la economía española han sido relativamente tímidas. Parte de las medidas del plan de competitividad siguen siendo todavía humo y las que se han concretado no han dado frutos muy espectaculares, al menos por ahora. El apoyo a la inversión en tecnología y en I+D es una medida acertada, pero cabría pedir más ambición para acelerar ese cambio de modelo que pretende el Gobierno y que todavía no se hace notar.