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La fábrica de Papas

En Viterbo, conocida como 'ciudad de los Papas', se inventó el cónclave para elegirlos. La ciudad es uno de los secretos mejor guardados del Lacio italiano.

La historia del primer cónclave de la historia parece una comedia a la italiana. Era diciembre de 1268 y los 18 cardenales del sacro colegio tenían que elegir Papa, para lo cual se reunían en el palacio papal de Viterbo, construido un par de años antes por el capitán del pueblo Raniero Gatti. Pasaban los meses y los purpurados no se ponían de acuerdo. Comían y bebían (a costa de la ciudad), ellos y sus séquitos numerosos, pero no se ponían de acuerdo. Así que, después de casi tres años (y por consejo, al parecer, de San Buenaventura) la ciudad pagana decidió encerrar con llave (cum clave, de ahí cónclave) a sus ilustrísimas; no saldrían de allí si no era con Papa. Uno de los cardenales, Enrico de Susa, se puso muy malo y sus colegas hicieron un escrito para que al menos a él, le dejaran salir; el pergamino, con todos los sellos de lacre, se guarda en el archivo histórico comunal. Como no había manera, los de fuera recurrieron a una medida extrema de presión: quitaron el tejado del palacio. En cuanto apuntaron los primeros relentes mañaneros, en septiembre de 1271, los cardenales eligieron al que sería Gregorio X, y que entonces se encontraba en Siria.

El palacio papal sigue siendo la joya de Viterbo. Allí se eligió, además de a Gregorio X, a otros tres Papas, allí murieron igualmente tres Papas y allí vivieron o pasaron algún tiempo otros 38 pontífices. Sin embargo, no queda mucho por dentro. Lo mejor está afuera, en la preciosa logia gótica con amplios ventanales que se ha convertido en logo de la ciudad; uno de los frentes, el que daba a la campiña, se desplomó unos 60 años después de que Raniero Gatti lo hiciera construir. El hecho de que los Papas se trasladaran a Viterbo tiene que ver con la inseguridad ciudadana, la que había en Roma, y también con las luchas entre güelfos y gibelinos, es decir, partidarios del Papa o del emperador, respectivamente. Viterbo, en una plácida campiña protegida por los montes Cimini, era lugar ubérrimo y tranquilo. De origen etrusco, fue acorazada en época medieval; quedan prácticamente intactos el anillo de murallas y siete puertas. El corazón de ese recinto es el palacio papal junto al cual se alza también la robusta catedral románica y varios palacios medievales.

El corazón cívico, sin embargo, no está en esa plaza alta de la catedral, sino en la plaza baja del Plebiscito, presidida por los palacios dei Priori y del Podestá. La ciudad de los Papas conserva como pocas un aire medieval, con barrios enteros -como el de San Pellegrino- que parecen un decorado de ópera, iglesias y claustros de varias épocas, torres altivas y fuentes góticas en placetas sombreadas; como la piazza della Morte (así llamada por una cofradía encargada de asistir a indigentes moribundos). Recorrer las iglesias medievales (hay media docena que son espléndidas), las callejuelas tortuosas donde aún queda algún puesto ambulante de porchetta (cerdo en espeto) y muchos anticuarios de calidad, es sumergirse en el tiempo.

Especial atención merece la fortaleza levantada en 1354 por el cardenal español Egidio Albornoz, convertida en Museo Arqueológico, con un patio diseñado por Bramante y numerosos restos etruscos hallados en las inmediaciones. Se pueden visitar algunas necrópolis etruscas a escasos kilómetros del centro (las más interesantes, la de Norchia o Castel d'Asso). Otro aspecto de interés son las aguas termales, además de un parque comunal (Bullicame, cuyo surtidor menciona Dante) y otros estanques o piscinas de libre acceso.