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La Ruta Quetzal cumple 20 años de aventuras trasatlánticas

Navegar por el río más caudaloso, ancho y profundo del mundo, el Amazonas. Abrirse paso en la selva de su cuenca, una masa que acapara el 1,4% de la superficie del planeta. Comer pirañas fritas y gusanos. Cinco duchas en 20 días. Y ser recibido por jefes de Estado o de pueblos de indígenas depauperados. Todo esto y más conforma la experiencia que, desde hace ahora dos décadas, marca la juventud de 300 chicos de 52 países distintos, españoles y latinoamericanos en su mayoría.

Expedicionarios de 15 y 16 años, unidos por una lengua, el español, y las ganas de aventura. Se embarcan en la Ruta Quetzal, un programa que les lleva gratis tras los pasos de personajes cruciales en la historia iberoamericana y, después, les trae otras tres semanas a España. En un alto durante la recta final de su periplo, los jóvenes, acompañados por Francisco González, presidente del BBVA, fueron recibidos ayer en el Palacio del Pardo por los Reyes.

La de este verano es una expedición llena de símbolos. El proyecto promovido por Miguel de la Quadra-Salcedo ha querido volver a Perú, el lugar donde comenzó su andadura. En aquella ocasión, el padre de uno de los ruteros descubría las ruinas incas del Machu Picchu, en las cumbres de los Andes. Ahora, su hijo participa en este proyecto declarado patrimonio de la Unesco.

Aunque al principio se hace duro. La médico Cristina Rincón cuenta que un chico sevillano se plantó en su tienda la primera noche de selva y le dijo que aquello no era para él. Que se volvía a su casa. Pero Cristina cree que son otros los problemas que pueden afear la experiencia: los males del viajero. Diarreas, gastroenteritis, mal de altura e incluso un caso de principio de congelación, causado por los 17 grados bajo cero que marcaba el termómetro cuando acamparon en Cuzco.

Merece la pena. 'Es chévere observar las diferencias entre nosotros. Los americanos tenemos las formas más suaves y ustedes lo toman más en serio', cuenta Marina, una portorriqueña con expresión inteligente y las muñecas llenas de pulseras de lana que compró a los indígenas.

Algunos entablan relaciones que duran años. Como Leandro y Lladrina, una pareja de español y ecuatoriana que se conocieron en la ruta de 1998. De hecho, los chicos repiten que la gente, ruteros e indígenas, es la mejor parte de un verano 'que te cambia la vida. Valoras cosas tan comunes como el agua potable o un colchón', cuenta Lucía Lozano, de Badajoz. Porque los chicos vuelven con ganas de cambiar el mundo. 'Aunque hay de todo. También hay mucho flipao', bromeaba ayer un coro de chicas.

Clara Martínez, de Barcelona, reconocía que no siempre es fácil olvidar las diferencias políticas que traen de casa. Ella misma recordaba haberse implicado en discusiones sobre nacionalismo con algún compañero. Francisco González se encargó de devolverles al mundo real: 'Un lugar cada vez más pequeño debido a la globalización, donde hemos conseguido que el 50% de la gente viva bajo el mismo régimen, la economía de mercado'.