COLUMNA

Soluciones nuevas a los retos nuevos de la inmigración

La inmigración es uno de los efectos de la globalización en curso y, en algunos aspectos, equivale a escala humana a las deslocalizaciones empresariales. Así lo percibe el autor, que se suma al Debate Abierto en Cinco Días sobre este proceso

El siglo XXI se está mostrando como el inicio de una nueva situación en la que se plantean nuevas realidades y nuevas necesidades de la población que afectan a nuestra convivencia. Estamos viviendo una transformación social muy importante, fruto de un proceso de globalización. Y si una de las consecuencias de esta globalización son las deslocalizaciones de empresas, otra es la llegada de la inmigración que, en algunos aspectos sociológicos y económicos, es su equivalente a escala humana.

æpermil;ste todavía es un país de baja natalidad, pero también con oferta de puestos de trabajo, así que estamos acogiendo nuevos trabajadores, la mayor parte de ellos procedentes de una inmigración del exterior de la Unión Europea. Por tanto, se abren nuevas necesidades en servicios de bienestar social, de vivienda pública, de educación y de formación ocupacional y profesional, a los que tenemos que saber hacer frente con una legislación y organización más adecuada que la que hemos tenido hasta el presente. Pero también se abren nuevas oportunidades: aumenta la diversidad y riqueza cultural de las ciudades, podemos aprovechar la capacidad emprendedora de la inmigración, las ciudades se rejuvenecen.

Veamos cuál es la situación. En sólo 10 años, Barcelona ha sufrido unos cambios en profundidad sobre su estructura poblacional: hemos pasado de un 1,9% de inmigrantes sobre el total de población (poco más de 29.000 personas) del año 1996, a un 14,6% (230.942 extranjeros empadronados a enero de 2005). No obstante, los índices de crecimiento de los dos últimos años nos permiten apreciar que hay una cierta ralentización en la llegada de nuevos inmigrantes, y que ello puede seguir así siempre y cuando no surjan nuevos factores internacionales que reactiven la anterior tendencia. La llegada de inmigrantes a Barcelona es, no obstante, una buena señal: significa que es una ciudad dinámica que genera ocupación. Los inmigrantes acuden allí donde hay actividad económica y trabajo.

Quiero destacar en primer lugar que este importante cambio poblacional, Barcelona lo ha vivido sin traumas y sin especiales conflictos sociales o xenófobos. Se está integrando a las persones mediante una actitud acogedora ejemplar de nuestra sociedad, y con recursos casi exclusivos del Ayuntamiento (como han hecho los demás durante estos años, que también han sido los años del Gobierno del PP en España y de CiU en Cataluña). Este año, por primera vez, el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales ha creado una partida presupuestaria para la Acogida e Integración de Inmigrantes destinada a los ayuntamientos.

En Barcelona, el fenómeno de la inmigración se ha ido extendiendo por todos los distritos de la ciudad, más allá de su inicial concentración en el centro histórico. Actualmente, el distrito que acoge el mayor contingente de inmigrantes es el Eixample. Esta expansión es otra característica de la situación en Barcelona: no existen guetos. Eso también es un mérito de la ciudad: el Ayuntamiento ha invertido en rehabilitación y equipamientos, y los ciudadanos han resistido la tentación de irse, convirtiéndose así en comunidad de acogida. Un principio básico de la política del Ayuntamiento ha sido atender a la población inmigrada en los mismos servicios, programas y equipamientos dirigidos al conjunto de la población.

Recientemente ha finalizado el proceso de normalización extraordinario, y ello provocará un incremento de la población que se quedará entre nosotros como ciudadanos y ciudadanas de pleno derecho. Por tanto, es importante que, sin más dilación, obtengamos políticas eficaces que permitan su integración. Por ejemplo, que el nuevo Estatuto de autonomía de Cataluña reconozca la subsidiariedad: que gestione la Administración que se encuentre más cercana al problema a resolver, acercando así los servicios a los ciudadanos. Que comunidades autónomas y Estado inviertan más en barrios. Que el Estado aporte mayor apoyo y más recursos económicos a las comunidades autónomas y a los municipios, para llevar a término verdaderos planes de acogida. Las personas inmigrantes llegan a las ciudades y a los pueblos, no al país, en abstracto.

Si tenemos que estar diligentes en la hora de plasmar políticas de integración social de la inmigración, desde el poder local pedimos responsabilidades efectivas y, por tanto, posibilidades de actuación en estas nuevas necesidades de servicios.

No hay política realmente integradora de la inmigración que no pase por el reconocimiento de la dignidad de los inmigrantes y por el incremento de la cantidad y la calidad de los servicios que prestamos tanto a esas personas como los que se dirigen a la población en general.

Otro tema muy importante es el voto de los inmigrantes que, aunque sea una cuestión delicada y compleja, es una pieza imprescindible a corto y a medio plazo para conseguir una verdadera integración social de la inmigración. La integración se producirá sobre la base de igualdad de derechos y obligaciones, y en este sentido el derecho al voto es la máxima expresión de ciudadanía.

El mundo cambia y, como no lo pararemos, tenemos dos opciones: o bien tener miedo y recluirnos en nosotros mismos, o bien entender qué es lo que está pasando y tomar las medidas que sean necesarias para defender la calidad de nuestra convivencia, de la cual nos sentimos muy orgullosos.

Creo que tenemos que tener la fuerza y el coraje necesarios para plantear nuevas soluciones a los nuevos retos, así como aprovechar la oportunidad que la inmigración supone.