EDITORIAL

Vivir con un petróleo más caro

El precio del petróleo ha vuelto a la zona de máximos. Tras la escalada alcista de los últimos días, el barril de Brent, de referencia en Europa, superó el viernes los 57 dólares mientras el Texas estadounidense sobrepasaba los 58 dólares. El primer efecto negativo ha sido el encarecimiento inmediato de los combustibles. Los precios medios de los distintos tipos de gasolinas y gasóleos marcaron el viernes máximos históricos en España por tercer día consecutivo. Una evolución que, desgraciadamente, acabará teniendo perjudiciales consecuencias sobre una ya de por si poco controlada inflación.

El comportamiento alcista del precio del crudo en el mercado internacional se explica por varias causas. Probablemente el factor que más presiona al alza esté en la inquietud sobre si la oferta será capaz de atender, el próximo invierno, una demanda en franco crecimiento. La gran demanda de China e India, unida a su incremento en EE UU, aumentan la tensión en el mercado por los límites de la capacidad mundial de refino. El descenso de las reservas de crudo y de gasolinas en EE UU, constatado el miércoles, ha sido sólo el pistoletazo de salida de esta nueva escalada. Al temor de que no se pueda atender la demanda se ha añadido la inseguridad política en Nigeria, el principal productor de África, donde EE UU, Reino Unido y Alemania cerraron ayer sus legaciones diplomáticas.

Pero, sin restar importancia cuestiones de índole coyuntural, el problema verdadero es estructural. La OPEP, a pesar de controlar casi el 40% de la producción mundial y dos tercios de todas las exportaciones, ha demostrado sobradamente su inoperancia para controlar el precio de la materia prima. Esta misma semana aprobó en Viena la quinta subida en 12 meses de sus cuotas oficiales, y los hechos, han vuelto a demostrar la ineficacia de una política que se basa en datos falsos. Gran parte de ese medio millón de barriles diarios en que aumentó la producción ya estaban, como suele ocurrir, en el mercado hacía tiempo.

Lo que conviene no olvidar es que el del petróleo no es problema de ahora. La última crisis de precios se arrastra hace tres años y se ha materializado desde octubre. Aunque también hay expertos que opinan que el problema dura décadas y sólo esperaba, para manifestarse, a que coincidieran la falta crónica de infraestructuras que garanticen un suministro fluido con una fuerte demanda. No les falta razón. Ambos problemas no tienen solución a corto plazo, y así lo reflejan los mercados de futuros, por encima de 50 dólares hasta 2012. En el lado de la demanda, aunque no todo lo necesario, en occidente ha calado desde la crisis de los setenta el concepto de ahorro y eficiencia, unido al desarrollo de energías renovables. Para cada punto de PIB hace falta menos consumo. Sin embargo, en los nuevos países de gran crecimiento y consumo, como China e India, esto no es así. El problema sólo se ha desplazado de lugar.

Los mercados bursátiles, sin embargo, parecen haber asumido que la economía y los beneficios empresariales pueden crecer con el barril a 50 dólares -el Ibex batió ayer el máximo en cuatro años-. Así que la opción para que baje el petróleo sería la desaceleración. Es decir, peor el remedio que la enfermedad. Porque las lecciones de las anteriores crisis ya se han olvidado.