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Retrato de hombre y Papa

He contado repetidas veces una anécdota que de tan obvia es reveladora: el día de la elección de Karol Wojtyla me encontraba como enviado especial del diario Pueblo, que acostumbraba a entintar sus primeras páginas con gruesos titulares. Aquel día se había ido la luz en Madrid y el mecanógrafo que transcribía mi crónica de urgencia sobre el nuevo Papa, echaba sapos y culebras porque apenas se podía ver en la redacción y no oía mi voz tras el teléfono. '¿Pero quién es?, ¿cómo titulo tu crónica?' Yo respondí: '¡Polaco!, ¡Papa polaco!'. Al día siguiente, los escandalosos titulares de Pueblo llenaban la primera página con esas dos gruesas palabras en negro: 'Papa polaco'. Y a fe mía que no me equivoqué.

Ser polaco no es lo mismo que ser natural de cualquier otro país europeo; ser polaco imprime carácter pues equivale a una experiencia que marca nacional y religiosamente: continuas invasiones, siempre en pie de lucha, defendiendo su identidad patria y sus libertades, especialmente la religiosa. Si en los papas italianos su pasado siempre contó, en el caso de Karol Wojtyla sus raíces le han condicionado para bien y para mal.

Sobre un soporte humano de cualidades excelsas, la vida -la Providencia diremos desde la fe- construyó un niño y un joven muy peculiar. Lolek fue un chaval avispado, un adolescente perspicaz y un joven muy dotado para los estudios, el deporte y las artes, particularmente la filosofía, la literatura y el teatro. De aquel periodo sobresale una vivencia que a cualquiera marcaría para siempre: la soledad y la muerte. El fallecimiento sucesivo de su madre, su hermano mayor y su padre, le conducirán a una sublimación de los sentimientos, gracias a la fe, y a una canalización de la afectividad hacia el amor sobrenatural, muy orientado a la Virgen María.

'Quedará no sólo como un gran Papa, sino como un líder político y un gran mediador y negociador. Sobre todo, por su contribución a la caída del comunismo'.

La moral, la obligación, un sentido de la vida como impulso de la voluntad, del que mantiene las riendas, se impondrá sobre el fluir de la misma. Karol se verá a sí mismo como actor de su historia más que como espectador. Esto, sin duda, responde psicológicamente a una fuerte personalidad, un ego robusto, curtido en las dificultades. La vida como lucha se le impondrá desde el comienzo: lucha para subsistir como trabajador de la Solvay; lucha para estudiar en tiempos de guerra; lucha para mantener las esencias patrias en tiempos de invasión nazi; lucha para vivir clandestinamente su teatro rapsódico y su seminario de catacumbas; lucha contra la dictadura comunista.

De esta experiencia surgió una mezcla de solitario y solidario, hombre cercano y distante, un líder curtido en el sacrificio, pero también en el éxito. Su carácter vigoroso estallará a veces en enfados sólo conocidos por sus colaboradores más íntimos. ¿Y dónde queda el poeta? Como ya he dicho, Karol Wojtyla es un hombre muy bien dotado al que no le falta la dimensión de la sensibilidad estética y artística. Tuvo en todo momento un gran concepto de la amistad. Al igual que en su teología un tanto dualista -Dios arriba que rescata al hombre abajo, frente a una teología más inmanente que ve a Dios en el hombre y al mundo como sacramento- es de fuertes contrastes: o amigos o enemigos. Se rodeará de un grupo de fieles incondicionales y lo mismo hará con los movimientos, órdenes y comunidades eclesiales.

Juan Pablo II fue sin lugar a dudas un Papa que, desde el primer momento, se sintió dirigido providencialmente por misteriosos caminos, como cumpliendo una profecía, a empuñar el timón de la barca de Pedro y conducirla hacia el siglo XXI. Hay en este cometido, según él, como una providencia milenarista, un alto designio trascendente. Desde el día de su elección, los observadores que hablaron de un intelectual, pastoral y tradicional todo al mismo tiempo no se han equivocado. Juan Pablo II siguió, en cierto modo, siendo el mismo Karol Wojtyla que navegaba en piragua y se reunía a charlar y cantar con los jóvenes en fuegos de campamento, pero que no cedía un ápice en cuestiones de tradiciones y moral sexual. Cambió en seguida el lenguaje tradicional de los papas, no sólo apeándose del plural mayestático 'nos', sino respondiendo a los periodistas directamente como un líder político e irrumpiendo en los medios de comunicación como el hábil actor y escritor que fue desde su juventud. Pero fue identificado desde el comienzo como un firme restaurador de la disciplina.

Antes de su muerte en Roma, ya algunos lo han llamado Juan Pablo II, el Magno. Ha sido en todo caso el Papa de las grandes cifras. El suyo ha sido el tercer pontificado más largo de la historia del Papado (contando el de San Pedro). Sus cifras de canonizaciones, encíclicas, kilómetros recorridos y libros publicados son millonarias. Ha sido el Papa más mediático de la historia y, sin duda, el rostro más conocido de su tiempo. De esta presencia, multiplicada por los viajes, se deduciría que nunca la Iglesia en toda su historia ha tenido un papa más presente.

Junto a este rostro hacia fuera, aparecen otras dimensiones. El mismo que resistió frente al nazismo y el comunismo luchó contra algunas dimensiones del capitalismo salvaje, sobre todo en defensa de la vida y contra las desigualdades, el hambre y la guerra. Pero no aceptó esos criterios de diálogo y libertad dentro de la Iglesia. Juan Pablo rechazó la libertad religiosa individual que propició la Reforma y la Ilustración y que muchos consideran un logro del mundo moderno. Atacó el relativismo moral, que veía como característico de las democracias occidentales, y todo disenso en el interior de la Iglesia.

Su preferencia por reforzar la unión interna, la identidad católica e incluso la uniformidad en la ortodoxia frente al pluralismo que se comenzó a vivir en la Iglesia tras el Vaticano II se traducirá en una serie de decisiones pastorales. Desembocó en el centralismo teológico; veía al teólogo más como apologeta, como altavoz y clarificador de la doctrina del magisterio, que como un investigador. Esta domesticación de los teólogos cobró acentos dramáticos en el contexto latinoamericano, donde la urgencia de las injusticias planteaba la necesidad del análisis de la mediación social. El fantasma de un marxismo metodológico y las brumas afectivas del pasado polaco condicionaron su particular enseñamiento con esta teología que, por otra parte, quiso ser reconducida hacia una Teología de la Liberación ortodoxa. Mientras que el disenso por la izquierda ha sido castigado o cortado de raíz, la contestación por la derecha ha sido tratada con llamativa condescendencia. Así sucedió, por ejemplo, con el caso Lefebvre hasta que acabó en cisma.

Durante su pontificado, han experimentado un fuerte auge los 'nuevos movimientos', grupos entusiastas que no admiten la crítica interna, que gozan de un estructura fuertemente jerárquica, firme disciplina interna e integrismo en teología. El Papa ha considerado estos movimientos los agentes privilegiados de su 'nueva evangelización', al tiempo que los religiosos y religiosas, remozados por el Concilio y ubicados en las zonas difíciles de la evangelización, caían bajo sospecha.

El primer gesto de Juan Pablo II, cuando salió al balcón de la logia de San Pedro, puede resumir su pontificado. A diferencia de sus antecesores, que recogían las manos ante el pecho, el nuevo papa las puso firmemente sobre el pretil de la balconada, como el que es consciente de su poder y liderazgo. Juan Pablo II quedará no solo como un gran papa, un gigante, sino también como un líder político y un gran mediador y negociador. Sobre todo, por su contribución a la caída del comunismo del Este y al advenimiento de la democracia en su país.

Continuamente informado de los avatares políticos y las convulsiones de los últimos años, él contribuyó a que en el mapa de intereses de un mundo marcado por el pensamiento único del neoliberalismo económico funcionaran otros valores. Acusado de proamericanismo y amistad con Reagan a raíz de la caída del muro, demostró su independencia al oponerse a Bush cuando este se empecinó en la guerra preventiva de Irak.

Se podrán compartir unas u otras facetas de su ingente pontificado, pero nadie le podrá negar que ha servido a la Iglesia con alma y cuerpo y con una extraordinaria coherencia interna. A Karol Wojtyla sólo se le entiende bien desde su querida patria, sabiéndole aún niño, sentado en un banco de su iglesia parroquial de Wadowice, frente al altar de la Virgen y pronunciando en silencio esas palabras que definen y marcan la generosa vida de un hombre que se sintió conducido hacia la esperanza bajo el peso imponderable y misterioso de su propia cruz: 'Todo tuyo.'