CincoSentidos

Djenné, la ciudad de barro

El aliento del desierto provoca delirios hasta en los ríos. El Níger, a su paso por el norte de Malí, se pierde, avanza hacia el Sáhara, como si ese inmenso mar de arena y piedras fuera su destino natural. Sólo en el último instante, cuando entre Tombuctú y Gao se ve engullido por enormes dunas, despierta de su hechizo y da un giro radical para buscar el Atlántico. Un viaje a ninguna parte en compañía siempre de los hombres, que han levantado en sus orillas un rosario de ciudades de leyenda. Los primeros exploradores europeos buscaron opulentas poblaciones cuyos edificios debían estar forrados de oro y se encontraron con casas de chocolate. La misma decepción aflige a muchos viajeros modernos, excesivamente pertrechados de ideas preconcebidas, al comprobar que del mito sólo quedan en pie simples construcciones de barro. Sin embargo, la mezcla del agua y la tierra ha permitido esculpir hermosas filigranas.

Djenné, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1988, es una de esas ciudades legendarias, acaso la más bella. Emplazada en una isla que forma un meandro del río Bani, el principal afluente del Níger en Malí, sus casas, todas de adobe, surgen directamente del suelo, como si fueran carne de su carne. Pequeñas ventanas, veladas por celosías de barro, abren mínimos resquicios en los gruesos y sinuosos muros, auténticas fortalezas familiares, pensados para impedir el paso del calor tórrido y de las miradas curiosas. Unos pocos palacios, más altos y coronados por tantos pináculos como hijos tenga la familia, rompen la uniformidad monocromática con el rojo y el verde de sus celosías y puertas de madera, decoradas con grandes aldabones y remaches de cobre.

La mayoría de las calles son tan estrechas que hasta el sol pasea por ellas con dificultad. En este laberinto, el obstáculo más importante que encuentra el viajero son las aguas fecales recorriendo las calles, fétidas heridas que amenazan con arruinar la obra maestra de los baris, constructores nómadas que amasan el barro con los pies y lo extienden con las manos, que sueñan los edificios y los levantan sin planos, y conocedores de las invocaciones mágicas que los conservan en pie durante más tiempo.

La vida en la ciudad gira en torno a la mezquita, el mayor edificio de barro del mundo

La vida en la ciudad gira en torno a la mezquita, el mayor edificio de barro del mundo. Situada sobre una plataforma que sobresale tres metros del resto de la plaza y rodeada por entero por un muro ciego, tiene un recinto de oración de 1.000 metros cuadrados, cuya estructura se apoya en un centenar de columnas de madera y una serie de travesaños que asoman al exterior, como pelos ralos de una barba mal afeitada.

La ausencia del típico minarete, sustituido por tres torres ligeramente más altas que el muro, y el movimiento sinuoso que provocan los sucesivos contrafuertes redondeados y terminados en un pináculo cónico de la fachada principal le dan un aire modernista, armonioso y volátil, que necesita ser renovado todos los años. La terraza del edificio que hay enfrente de la fachada principal de la mezquita, cuyo amplio patio alberga un mercado estable, proporciona unas vistas espectaculares de la ciudad. El fervor religioso de Djenné se ve plasmado en la existencia de 42 escuelas coránicas, edificios variopintos y anónimos, identificables por las decenas de tablillas con textos coránicos recostadas o amontonadas contra sus paredes. Los pequeños alumnos deben memorizar su contenido y copiarlas, ejercitando así la caligrafía; un mundo de rigor y disciplina que borra la sonrisa de la cara de los niños.

Los lunes, la amplia plaza que se abre delante de la mezquita acoge el gran mercado, un lugar de encuentro pluriétnico y una orgía colorista de gritos, risas y chalaneos, donde es posible encontrar joyas de los ganaderos peul o de los tuareg, tejidos, sandalias y todo tipo de comida, desde pescado seco y carne de cordero, a dátiles y mijo. En contraste con este bullicio, el viajero que pernocte en alguno de los escasos y pésimos hoteles de la ciudad, en los que hace tanto calor en las habitaciones que es preferible dormir en la azotea, podrá disfrutar de una Djenné oscura y silenciosa.

Un ritmo marcado por el capricho del agua

Djenné ocupa el extremo sur del amplio delta interior, de más de 20.000 kilómetros cuadrados, que se extiende hasta cerca de Tombuctú, formado por el río Níger y sus afluentes, los cuales sólo tienen que salvar un desnivel de dos metros en un recorrido de más de 800 kilómetros. Las tierras englobadas en este accidente geográfico han desarrollado un ritmo vital propio marcado por los caprichos del agua. El mestizaje, el encuentro de pueblos, es algo natural en esta inmensa superficie llana. Las pinazas que surcan el río vomitan y se tragan todos los días decenas de viajeros que, como las abejas, trasladan el polen desde Mopti a Tombuctú, desde Segu a Djenné, desde Bamako a la desembocadura del Níger en el golfo de Guinea. Un flujo constante que llena de color y paciencia -los malienses dicen que 'lo interesante es llegar, no importa cuándo'- los puertos fluviales.

Junto a la gente, navegan por los ríos las preciadas mercancías, incluida la sal que se arranca en forma de grandes baldosas de las entrañas de los lagos secos del desierto, en las minas de Taoudenni, cerca de Tombuctú, y se traslada hasta Mopti, el enclave comercial más importante de la región central de Malí.

Un viaje a este país resultaría incompleto sin dejarse succionar por el caos que florece en los puertos fluviales. Ganaderos, agricultores y pescadores viven mezclados en los poblados de las riberas, desarrollando una estrecha complementariedad laboral y compartiendo en armonía un espacio poblado por legiones de duendes, espíritus y seres sobrenaturales, bondadosos o malvados, que circulan libremente por aquí, protagonistas de buena parte de las historias transmitidas oralmente de padres a hijos.