Lealtad, 1

El mercado, de vacaciones

La Semana Santa es una de las pocas fechas de todo el año en que realmente parece que todo se detiene, aunque en verdad todo siga funcionando. La Bolsa permanece abierta todos los días salvo el Viernes Santo y el lunes de Pascua, pero es como si funcionara por sí misma, como si las cotizaciones se movieran a su antojo y detrás no hubiera nadie vigilando, porque inversores, operadores, analistas, intermediarios, gestores, todos están ya en el apartamento de la playa o en aquella casa rural tan bonita o en el Pirineo, aprovechando para esquiar los últimos copos de nieve que brinda la primavera.

Son fechas éstas en las que año tras año la televisión repite las mismas imágenes de playas rebosantes de turistas en busca y captura de un rayo de sol que poder lucir el lunes, al volver al trabajo.

Y el que se ha quedado en la ciudad y observa esas imágenes playeras no puede menos que preguntarse si su gestor, que hoy no coge el teléfono, será parte integrante de esa turba que inunda las playas mediterráneas mientras las cotizaciones, sin nadie que las vigile, oscilan su antojo, como con vida propia.

La Semana Santa es similar al puente de mediados del mes de agosto, cuando las fiestas patronales siembran toda la geografía española. Todo funciona en las ciudades, pero funciona a medio gas, sin apenas llamadas de teléfono en las oficinas y con la mitad volumen negociado en el mercado de valores.

Aunque ya nada es como era antes. Por mucho que las cotizaciones traten de romper sus cadenas y moverse por libre, a su antojo, siempre hay alguien vigilante ahí fuera, que sabe que la globalización no perdona un festivo en Madrid si en Estados Unidos se va a publicar tal o cual dato económico clave para las Bolsas.

Y el gestor o el analista que ha cambiado la corbata por la camisa hawaiana tiene ahora junto a la tumbona un ordenador portátil, con conexión a Internet vía teléfono móvil y línea directa con la mesa de operaciones, no vaya a ser que las cotizaciones aprovechen las vacaciones para dar un susto a los inversores.