Lealtad, 1

Las consecuencias de los rumores

Hacía ya tiempo que los inversores no recibían un rumor sobre la salud de Alan Greenspan. Aunque las facultades mentales del presidente de la Reserva Federal estén perfectamente lúcidas, resulta que su avanzada edad es terreno abonado, por lo visto, para rumores de mal gusto. Así que ayer el Dow cayó poco después de la apertura porque se comentaba que a Greenspan le había dado un ataque al corazón. El rumor, con todo, era piadoso, pues aseguraba que el ataque era 'leve'. Probablemente detalles de este tipo son los que hacen creíbles los bulos.

Bulos que, por cierto, han circulado con fruición en correos electrónicos y mensajes a móviles en las últimas semanas, y han provocado algún rifirrafe político. Pero bulos y rumores que, al fin y al cabo, ha habido desde que el humano descubrió su naturaleza cotilla y que sólo hacen daño cuando alguien les da más credibilidad de la que merecen.

Con la salud de Alan Greenspan ocurre algo parecido. Alguien habrá soltado la falacia, o alguien habrá entendido mal un comentario. El caso es que, a no ser que la fuente del rumor se haya dedicado a propagarlo de forma sistemática, quienes le dan pábulo son quienes realmente están causando el efecto final, supuestamente negativo. Pero, por otro lado, los inversores están poco menos que obligados a hacerlo. No porque piensen que sea cierto, sino porque, aunque estén tomando un café con el propio Greenspan, venderían si el resto del mercado piensa que el interfecto está en el hospital.

La conclusión final, pues, es que los rumores son algo cosustancial al mercado. Puede definirse como una falla estructural o, simplemente, como parte de la condición humana. No tiene sentido, ni en el entorno bursátil ni en el político-mediático, rasgarse las vestiduras por la proliferación de bulos. Seguirán apareciendo, pues no se le pueden poner puertas al campo. Dentro de la responsabilidad de medios y personajes públicos está el no convertirlos en medias verdades.