COLUMNA

Duelo y política

Produce una especial indignación ver cómo los políticos del Gobierno y los comentaristas antinacionalistas no han esperado a que sean enterrados los que murieron el jueves para lanzar toda una campaña en contra de los nacionalismos -y los que pactan con ellos- como responsables de la matanza de ayer.

No sólo no soy nacionalista, sino que, además, creo que sus planes están dañando la convivencia en sus propios territorios, que es lo peor que se puede decir de un político. Pero me parece indecente la utilización política de los muertos. De la misma forma, tranquiliza ver cómo aquellos que están en el otro lado, los que piensan que el Partido Popular dificulta el final del terrorismo por hacer imposible la unidad de los demócratas, han permanecido en silencio.

Han sido tantas las víctimas de anteayer que es difícil pensar que no hubiera entre ellas todas las posiciones políticas. Habría los que pensaran que los nacionalistas son culpables, pero también los que pensaran que el planteamiento de Aznar de crispación y enfrentamiento no ha servido para solucionar nuestros problemas, sino para empeorarlos.

Es despreciable aprovechar estos momentos para arrimar el ascua de los muertos a la sardina de la política

Políticos y comentaristas deberían practicar el silencio durante algún tiempo. Este es el significado del duelo, que en estos momentos es la única actitud posible, la de la solidaridad con las víctimas y sus familiares. Y el silencio deberá practicarse también en el caso en que se confirmara pronto que el atentado no fue obra de ETA, sino responsabilidad de Al Qaeda. En ese caso serán otros los que deberán evitar caer en la tentación de denunciar en estos momentos a Aznar porque, embriagado de ganas de conseguir la foto de las Azores y en contra del 90% de la población española, ha acabado trayendo un atentado a España.

No se trata de renunciar a la discusión política. Son tan legítimas las posiciones de los que piensan que el nacionalismo alimenta las ideas de los terroristas como las de los que proclaman que el antinacionalismo separador es también responsable por impedir la unidad de los demócratas frente al terrorismo. Es tan legítimo defender la guerra de Irak como denunciarla. Son todas legítimas posiciones políticas, pero no deben airearse con los muertos en las naves de Ifema.

Lo que no debe detenerse ni un solo minuto, es la tarea de hacer justicia a las víctimas del terrorismo. En primer lugar, no se puede retrasar la identificación de los responsables, pues aunque ello no sirva de consuelo, es un derecho de los familiares de los muertos saber cuanto antes quiénes han sido sus asesinos. En segundo lugar, hay que prestar todo el apoyo y colaboración a las Fuerzas de Seguridad del Estado, que son las que han de poner en marcha el proceso de hacer justicia, las que, a través de la detención de los autores inician la respuesta del Estado de derecho a tamaña barbarie.

El momento es, pues, un momento de duelo y justicia. Ello no significa abandonar la política, significa simplemente practicar durante algún tiempo el silencio en consideración a las víctimas.

Hay algo que se llama el respeto, y es lamentable que, por rascar o arramplar unos votos, algunos hayan faltado al respeto a las víctimas.

Es absolutamente despreciable aprovechar estos momentos para arrimar el ascua de los muertos a la sardina de la política. Como ha dicho el Rey, las discrepancias políticas son legítimas, pero es el momento de estar por encima de ellas. Estos días son los días de estar al lado de las víctimas y de nada más.