EDITORIAL

¿Qué clase de país queremos ser?

Philips cierra la fábrica de La Garriga aduciendo falta de competitividad. Samsung clausurará su planta barcelonesa para llevarse la producción a Eslovaquia y China. Y Nissan Motor exigió ayer un aumento de productividad del 31% para garantizar los puestos de trabajo en la Zona Franca. Un duro mazazo para Barcelona, para Cataluña y para España en su conjunto.

Las últimas noticias sobre 'deslocalizaciones' (un eufemismo que significa llevarse las fábricas a lugares donde los costes son más competitivos) han hecho saltar todas las alarmas. El nuevo Ejecutivo catalán ha lanzado una amenaza velada a las empresas que decidan deslocalizar producción. Pero ninguna Administración tiene en su mano cambiar la decisión de una empresa decidida a irse para optimizar beneficios. Algo que, por otro lado, es su principal deber frente al accionista.

Samsung Electronics España tiene beneficios decrecientes, pero que en 2002 todavía ascendieron a 2,38 millones de euros. Ha recibido subvenciones públicas por valor de 3,47 millones desde 1993 y ha rechazado la oferta de nuevas ayudas para mantener abierta la fábrica. Lo que demuestra que ni las subvenciones ni las amenazas ofrecen garantías en la era de la globalización.

Las (pésimas) noticias sobre fugas de multinacionales deben servir sobre todo de acicate para que Administraciones públicas, empresas y sindicatos afronten de una vez por todas el reto de definir qué tipo de país queremos ser a medio y a largo plazo, y cuál es el camino para llegar a serlo.

Durante décadas, España ha proporcionado mano de obra industrial cualificada a precios que resultaban competitivos comparados con los de países como Alemania, Estados Unidos o Japón. Pero esas mismas multinacionales han puesto sus ojos ahora en países de Europa del Este y Asia (sobre todo, China). Era previsible e inevitable. Y no tiene sentido intentar retener esos puestos de trabajo de manera artificial a golpe de talonario (público).

A lo largo de la geografía española se pueden encontrar ejemplos claros de empresas y sectores que están siendo capaces de prosperar en una economía global. Y no nos referimos sólo a compañías que ya se han convertido en multinacionales de éxito como Telefónica, Repsol, Zara o Lladró, sino a un amplio abanico de pequeñas y medianas empresas que están demostrando día a día que España puede ser competitiva en una economía sin barreras: desde las productoras que forman la nueva meca gallega del cine de animación hasta la renacida industria auxiliar aeronáutica de Sevilla, pasando por las promotoras de enclaves turísticos de élite, algunos laboratorios farmacéuticos catalanes (Almirall Prodesfarma, Esteve...), la floreciente industria agrícola de Almería o empresas como Pyro Studios (creadora de los exitosos videojuegos Commandos). Identificar industrias de alto valor añadido y apostar por ellas con planes de formación, inversión en tecnología y una buena estrategia exportadora es el mejor camino para garantizar el futuro. Y no persistir en el estéril debate sobre la perversidad intrínseca de la globalización.