TRIBUNA

Neuroeconomía o economía del Prozac

Cuántas veces hemos salido a comprar un libro que nos habían recomendado y hemos vuelto a casa con media docena más que hemos visto por la librería? ¿Y qué me dicen de los hipermercados? Mi esposa me manda por un kilo de azúcar y yo regreso con dos cajas de turrón, una de polvorones, una nueva crema facial para hombres y, por supuesto, con el kilo de azúcar. A todos nos ha ocurrido alguna vez que compramos más de lo que realmente necesitamos, de hecho casi siempre (en los países desarrollados) consumimos más de lo que necesitamos.

Esta conclusión choca frontalmente con el maravilloso homo oeconomicus o individuo racional que los economistas asumen que actúa en el mercado. El hombre o mujer racionales, según los economistas, calculan costes y beneficios y en función del resultado obtenido toman la decisión que aumenta más su utilidad (cambien utilidad por felicidad).

Pero resulta que el ser humano es algo más complicado que una calculadora de sumas y restas. El ser humano actúa por impulsos, odia, ama, se solidariza, ayuda, incluso mata a sus congéneres; difícilmente podemos hallar la fórmula matemática que nos hace enamorarnos de determinada persona o que hace que la odiemos a más no poder. La economía se queda coja ante la irracionalidad de los individuos, necesita el apoyo de otras ciencias para entender el comportamiento de los individuos. Y así estamos ante el nacimiento de una nueva rama de la economía que une a ésta con las neurociencias, dando lugar a la neuroeconomía. Es tan novedoso este campo de investigación que en España ni se ha oído hablar de él, por lo menos en el mundillo (especial mundillo) académico.

La neuroeconomía nació en EE UU hará algo menos de un año. Desde entonces se viene expandiendo con gran rapidez. Tan sólo hay un libro en el mercado publicado sobre neuroeconomía, pero ya son muchos los artículos académicos que empiezan a dar cuerpo teórico a esta nueva rama de la economía.

Las neurociencias, hablando en términos poco precisos, se dedican al estudio del cerebro. El cerebro está formado por miles de millones de neuronas que se comunican entre sí mediante los neurotransmisores. Pongamos por ejemplo la depresión, la plaga del siglo XXI; se dice que está relacionada con un nivel bajo de serotonina (neurotransmisor) en el cerebro. La depresión se combate inhibiendo su recaptación de manera que permanezca a unos niveles más elevados y así se ahuyenten los síntomas del depresivo. Esto se hace mediante la fluoxetina, principio activo del más que famoso y controvertido fármaco Prozac.

Al igual que el depresivo toma decisiones condicionado por la química de su cerebro, el individuo sano toma también decisiones en función de las condiciones de su cerebro. Así la Navidad actúa como estimulante externo sobre nuestro cerebro que hace que las compras sean mucho más llevaderas; en Navidad -como, una vez más, acabamos de comprobar- parece que uno está condicionado a la compra excesiva.

Uno de los pioneros de este campo es el profesor Paul Zack, de la Universidad de Claremont. Este profesor se dedica a medir y observar lo que sucede dentro del cerebro de las personas mientras éstas toman decisiones. Para ello utilizan las imágenes por resonancia magnética y análisis sanguíneos. Otros pioneros se encuentran en la Universidad de Minnesota, que en absoluto se caracteriza por tener un departamento de economía heterodoxo, sino más bien todo lo contrario. La Universidad de Minnesota organizó el año pasado la primera conferencia académica de la neuroeconomía, y para 2004 ya están organizando la siguiente.

En economía no podemos seguir insistiendo en la racionalidad o pseudorracionalidad de los agentes económicos. Es imprescindible abordar nuevos puntos de vista para comprender mejor los mecanismos que operan en las tomas de decisiones económicas. Las neurociencias abren una vía que probablemente contribuyan mucho a comprender mejor el comportamiento de los individuos en un contexto de mercado económico.

Queremos explicar las irracionalidades bursátiles, las compras compulsivas, el marketing feroz (neuromarketing) que nos programa para que compremos determinados productos. Como siempre que hay una innovación en la ciencia se produce cierta reticencia entre los que ya están establecidos, en este caso, en la economía de hoy en día. Dígase de otra manera, ya son varios los catedráticos a los que la idea no les ha interesado en lo más mínimo, ellos ya están apoltronados en su altar y no necesitan dar con nuevas explicaciones a fenómenos que desconocemos. No por ello, o por ellos, hay que dejar de insistir en buscar nuevas explicaciones para comprendernos mejor y mejorar así el entorno que nos rodea.

Por último, me veo en la obligación de mencionar las implicaciones filosóficas que las neurociencias conllevan, las preguntas que parte de la humanidad se formulan desde Platón a nuestros días se explican por simple y pura química, no lo olviden, también hay una neurofilosofía.

Doctor en Economía, profesor asociado de la Universitat Pompeu Fabra y ESCI ppeyrolon@compuserve.com