COLUMNA

Una votación antisistema

La ascensión de 'Terminator' a gobernador de California confirma que todo es posible en EE UU. Pero el autor dice que el proceso para la destitución del predecesor establece un precedente peligroso

Jefferson, Adams, Franklin, Hamilton y el resto de los padres de la Constitución americana se mostrarían escandalizados ante el espectáculo ofrecido al país y al mundo por los electores de California. Y no precisamente por el resultado electoral. Después de todo, la victoria de Arnold Schwarzenegger no supone sino la confirmación de que todo es posible en Estados Unidos, incluso que un actor de ciencia-ficción, nacido en Austria, se convierta en gobernador del Estado más populoso y rico de la Unión, que ocupa el quinto lugar entre las economías más prósperas del planeta.

'Esto sólo pasa en América', comentaba a una televisión un chicano, entusiasmado por el ejemplo que Terminator ofrecía a otros emigrantes. Lo que sin duda estremecería a los autores de la Constitución en vigor más antigua del mundo es el sistema utilizado para destituir a un político elegido democráticamente por los mismos que le votaron hace sólo 11 meses.

La destitución de Davis en California es una muestra palpable de la desilusión de la ciudadanía con los políticos tradicionales

Porque la Constitución estadounidense ampara como ninguna otra los derechos individuales de los ciudadanos, pero lo que no ampara es el plebiscito y la apelación a la consulta popular fuera de los cauces electorales establecidos. Todo el edificio político del país está construido sobre un cuidadoso sistema de controles y contrapesos para que ningún poder pueda prevalecer sobre otro. El pueblo delega las decisiones políticas en sus representantes electos para que decidan por ellos. Y, por eso, entre otras cosas, el presidente de la Nación no es elegido directamente, sino por un colegio electoral.

Naturalmente que el proceso electoral en California ha sido válido porque así lo disponen las leyes del Estado. Pero establece un precedente peligroso. Que se pueda convertir en norma para destituir a voluntad a cualquier político electo que defraude a la ciudadanía.

En la actualidad, 18 de los 50 Estados admiten en sus legislaciones la posibilidad de recusar (recall) a los funcionarios electos. Pero de todos los intentos llevados a cabo en el país sólo uno había prosperado, en 1921, cuando los ciudadanos de Dakota del Norte se cargaron por el mismo procedimiento a su gobernador, un ladrón notorio.

Porque el procedimiento de recusación está pensado para destituir a los funcionarios criminales o corruptos, no a los ineptos. Nadie duda de la ineptitud del gobernador Gray Davis, quien, entre otras cosas, convirtió un superávit de 12.000 millones de dólares en su primer mandato en un déficit de 38.000 millones en el primer año de su segundo.

La destitución de Davis, decidida por más del 54% de los votantes, es una muestra cada vez más palpable de la desilusión de la ciudadanía con los políticos tradicionales y con el sistema mismo. Ya se vio en 1998 con la elección de una estrella de la lucha libre, Jesse Ventura, como gobernador de Minnesota. (Por cierto, Ventura fue un gran gobernador).

Schwarzenegger ha ganado porque, para los californianos, representa algo nuevo fuera del sistema. Y ha ganado con los votos de republicanos y demócratas; mujeres y hombres; blancos, hispanos y negros. De nada ha servido que ídolos demócratas como Bill Clinton, Al Gore y Jesse Jackson, escandalizados por el proceso, se volcaran en la campaña de Davis. La ola antisistema, representada por el austriaco, ha barrido todo y ha llevado a un republicano, casado con una sobrina de John F. Kennedy, a la Casa de Gobierno de Sacramento.

¿Significa la elección de Schwarzenegger que George Bush puede contar con los votos cruciales de California para las presidenciales del próximo año? Nada más lejos de la realidad. El Estado sigue siendo profundamente demócrata. De hecho, todos se preguntan cómo va a poder gobernar Schwarzenegger con las dos Cámaras legislativas y la abrumadora mayoría de los cargos estatales en manos demócratas.

Pero es que, además, el actor-gobernador electo comparte con George Bush la etiqueta de republicano y poco más. Frente al pensamiento neoconservador imperante en Washington, Schwarzenegger defiende el aborto, las uniones de homosexuales, el control de armas y el medio ambiente, todos temas sacrílegos para el actual presidente. Claro que, si no los defendiera, nunca hubiera sido elegido gobernador de California.