Los ciclos y el Presupuesto
La fase de desaceleración económica en que estamos inmersos desde mediados del año 2000 ha provocado la intensificación de diversos debates sobre aspectos como la utilidad de la política monetaria para reactivar el ciclo, la capacidad de anticipar burbujas en la valoración de activos, el papel del sistema crediticio en la transmisión de las crisis, etc. Pero es en el terreno de la política fiscal donde las posiciones están más enfrentadas y donde hemos podido aprender importantes lecciones para el futuro.
Poca oposición puede encontrarse a la hora de afirmar que la política fiscal ha ejercido su papel de estabilización de las fluctuaciones cíclicas de la demanda agregada en el corto plazo, aportando un crecimiento económico que ha servido para compensar la contracción de la inversión empresarial y, en algunos países, también la de la demanda externa. Una vez más ha quedado patente la recomendación keynesiana según la cual, en momentos de escaso dinamismo de la actividad, el Estado debe asumir el papel que le brinda la posibilidad de incrementar su déficit fiscal. El numeroso conjunto de estudios publicados recientemente sobre la deflación constata que si Japón hubiera sido más agresivo con la política fiscal expansiva (y también con la monetaria), habría evitado el balance tan negativo que en términos macroeconómicos han supuesto para aquel país los últimos 13 años.
Sin embargo, importa mucho también el diseño de la política fiscal expansiva. En Japón, esas medidas se han revelado muy pocos eficaces, pues no han ayudado a atenuar adecuadamente las variaciones de la demanda.
Otro aspecto relevante que ha quedado patente en esta fase del ciclo es que los años buenos deben ser aprovechados para alcanzar una posición superavitaria que permita contar un margen de actuación en los años malos. Existe un gran consenso a la hora de afirmar que para conseguir una reactivación del ciclo es más relevante la variación del déficit respecto al ejercicio anterior que el propio nivel del déficit. El ejemplo más claro lo encontramos en EE UU, que en apenas tres ejercicios ha pasado de contar con un superávit del 2% a un desequilibrio del 3%, con un efecto dinamizador mucho más claro que el conseguido por el Gobierno alemán, que presenta niveles de déficit incluso superiores a esa cota. La situación de Alemania pone de relieve los riesgos de establecer techos al incremento del déficit público que, en momentos de desaceleración, pueden revelarse excesivamente exigentes. Nos estamos refiriendo al Pacto de Estabilidad y Crecimiento, pero puede ser extrapolable a los objetivos impuestos por los organismos de financiación internacional a países emergentes.
En España, aunque el crecimiento ha caído a una tasa del 2%, las tasas de avance del PIB son mucho más favorables que las de sus socios en la UME. Este nivel de crecimiento le permite crear empleo y evitar incrementos del déficit público. España consigue alcanzar el déficit cero, lo que no impide que se puedan realizar críticas. Así como Francia y Alemania no supieron aprovechar las fases de expansión para reducir el déficit estructural, España quizá no esté aprovechando unos tipos de interés en niveles históricamente reducidos para acudir al mercado de capitales para financiar el déficit de infraestructuras y tecnología que tiene el país. Con un coste del bono a 10 años en el entorno del 4% y una inflación del 3%, el Estado podría estar financiando I+D a un tipo de interés real inferior a la rentabilidad futura de esa inversión.
La conclusión es que no son posibles recetas fiscales únicas y que cada situación exige medidas concretas.