COLUMNA

Un Parlamento que no debate

Se supone que, a la hora de evaluar el estado de la nación, el estado de la economía debería ser un aspecto esencial. Sin embargo, durante el debate sobre el estado de la nación celebrado esta semana, los asuntos económicos no merecieron consideración por parte de los participantes.

Para ser más exactos, por parte del presidente se repitieron los datos sobre la evolución del empleo en los últimos siete años y por parte del líder de la oposición se dio un énfasis importante a la evolución del precio de la vivienda en los últimos años, pero no hubo un debate sobre el estado de la economía española. Este debate no debería utilizarse para hablar del pasado o juzgar al partido de la oposición sino para averiguar dónde estamos y hacia dónde vamos. No se siguió el orden lógico que es, primero, hacer un análisis de la situación; en segundo lugar, descubrir los problemas; y en tercer lugar, buscar soluciones para ellos.

Aunque hubo alguna referencia a un crecimiento superior a la media europea, en ningún momento se discutió si ese mayor crecimiento está basado en aumentos de productividad o bien en una demanda interna que está creciendo muy por encima a la de nuestros socios, lo cual es decisivo para hacerse una idea sobre la sostenibilidad de nuestro crecimiento.

Tampoco se discutió sobre su estructura, sobre si el crecimiento es equilibrado o está desequilibrado hacia el sector de la construcción, lo que explicaría en buena parte la evolución del empleo. Tampoco se entró a analizar los problemas que los organismos internacionales vienen denunciando, como la pérdida de competitividad debida al persistente diferencial de inflación con nuestros socios o los problemas de la seguridad social pública en el medio plazo.

Ciertamente, se aportaron algunas propuestas. Interesa destacar la del líder de la oposición sobre la promoción de la investigación y desarrollo, la innovación, y sobre todo lo que supone el desarrollo de la sociedad de información. Por parte del presidente del Gobierno no hubo ninguna propuesta que mereciera especial atención, pues los anuncios relativos al sector energético, como la disminución de la participación de Gas Natural en Enagás, no son sólo irrelevantes, sino que su carácter asistemático sirve a poner en claro el fracaso de la liberalización en el sector. Hubo otras aportaciones de interés por parte del líder de la oposición, como la creación de la Oficina Presupuestaria en el Parlamento o la necesidad de introducir competencia en los sectores en los que ha fracasado el Gobierno del PP, pero el presidente del Gobierno no quiso debatir sobre las mismas.

El problema de la ausencia de debate es un problema general del Parlamento español. Las agendas de asuntos a ser discutidos no cuentan. Aunque el orden del día sea el estado de la nación se puede convertir impunemente el debate en uno sobre el estado de la situación del partido de la oposición. Lo mismo sucede en el resto de los trabajos parlamentarios, por ejemplo, en el control al Gobierno. La semana pasada se interpeló al Gobierno sobre la seguridad ciudadana, y el presidente no respondió a la pregunta sino que utilizó el escaño para plantear una pregunta a la oposición sobre la crisis del partido socialista.

Este modelo parlamentario de hablar sin debatir parece ser efectivo, pues, por lo que dicen las encuestas, consolida en el poder al partido en el Gobierno, pero nos aleja de los usos de los países más desarrollados, donde los parlamentos debaten las cuestiones y problemas sin que, sin vergüenza, los Gobiernos puedan eludirlos.