Miradas digitales

La B con la A

Todo comienza con una inesperada asociación de ideas. Uno descubre de pronto anuncios que sospechosa y reiteradamente tienen como teóricos protagonistas a parejas divorciadas que comparten, con un crío perfectamente adaptado a la situación, algún guiño. Por recordar ejemplos recientes, un fan de las piruletas que transporta a millares su padre recién separado en la furgo del reparto o un novio que intenta atraerse al hijo de su pareja ofreciéndole su plato de congelados. Uno piensa que la sociedad avanza y la normalidad inunda anuncios, pero está en un craso error. Más tarde descubre por un estudio que los niños han pasado a tener un elevadísimo poder de decisión en la compra no sólo de sus ropas, sino también de los coches.

Hablando de anuncios, viene a colación todo esto del sinfín de barbaridades que han sido anunciadas esta semana. Todos esperábamos la aparición del último libro de Harry Potter, amparado en el secretismo más insulso e irreverente de los últimos tiempos literarios, para conocer como navegaría por la Red el héroe adolescente. Al poco de hacerse con un ejemplar (por cantidades dispares que iban desde 17 hasta 29 dólares) los jóvenes lectores pusieron su inversión a disposición del público.

Ya sabemos que Harry comienza haciendo amigos y acaba despidiéndose con un hasta luego y sintiendo como si caminara por el aire. Y ya sabemos la rabieta general que van pillando algunos que llegan a pedir lo que el honorable senador Orrin Hatch. Este senador hizo público hace 15 días su apoyo al diseño de tecnología que destruya las computadoras de usuarios que intercambien archivos de música por la Internet, aunque dejó claro que prefería 'remedios moderados' para acabar con la popular actividad. La razón de su preferencia se descubrió una semana más tarde, cuando supimos que en su web se utilizaba software sin licencia oficial (www.vsantivirus.com/23-06-03.htm).

Resulta increíble cómo a estas alturas no se ha enterado la mitad del mundo de cómo ha cambiado Internet la sociedad en que vivimos (¿o tal vez estén demasiado enterados?). Y más imposible resulta que se siga caminando por esos derroteros de irracionalidad que despide el poder establecido (sea político, económico o casero). En un reciente informe, Periodistas sin Fronteras denuncia como algunos países occidentales han empezado a poner en marcha leyes que permiten a la policía vigilar a sus ciudadanos con tan sólo una sospecha como motivación. Algo que acerca a esos países a los 60 que bloquean sistemáticamente la libertad de información en Internet y que son generalmente los totalitarios o aquellos en camino de serlo, que consideran el libre flujo de información en Internet una amenaza.

Un clic puede enviar a un usuario directamente a la cárcel en países como China, Vietnam o Malaisia. Y en el mundo occidental ese mismo golpe de ratón puede llevarle, según proyectan las corporaciones discográficas agrupadas en la RIAA, a pagar 150.000 dólares. Puede parecer un cúmulo de exageraciones que no llegará a ninguna parte, pero convendría asociarlo con la insufrible aparición de niños por el escenario de anuncios tradicionalmente adultos. No hay puntada sin hilo.

Para nuestra tranquilidad, aquí el retraso tecnológico es tal que hasta el Banco de España ha tenido que alertarnos esta semana, en la que también sabíamos quien está en el furgón de cola de Europa en I+D. Lo nuestro sigue siendo todavía A+B.

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