La Atalaya

Una dictadura menos

La madre de todas las batallas ha brillado por su ausencia. El miércoles en Bagdad, como en Basora antes, la población iraquí ha preferido aclamar a las tropas coaligadas que 'derramar hasta la última gota de su sangre' -según el eslogan oficial-, en defensa de un tirano que sólo ha proporcionado a su pueblo 'sangre, sudor, privaciones y lágrimas'. La guerra no ha terminado y es posible que se puedan producir violentos combates en torno a Tikrit, patria chica de Sadam Husein y de todos sus cargos de confianza. Pero el sistema se ha desplomado como las estatuas del dictador, en una reedición de lo que ocurrió en la antigua Unión Soviética y el este de Europa tras la caída del muro de Berlín y el desmoronamiento de las dictaduras comunistas.

Desde el jueves, el mundo cuenta con una dictadura menos, lo que no quiere decir que los problemas hayan terminado. Más bien al contrario. El mundo va a mirar con lupa el experimento que la Administración Bush quiere realizar con Irak, con el establecimiento de un régimen democrático, plural y representativo en uno de los países árabes más carismáticos. Tiempo habrá de analizar el tema. Baste apuntar el recelo que los planes estadounidenses provocan en los países de la zona, que temen el efecto contagio en sus respectivos regímenes autoritarios de una consolidación democrática en Irak. Desde el punto de vista estratégico, la campaña ha constituido, según todos los analistas, un éxito sin precedentes, que ha vindicado los planes del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y del cerebro de la operación, el general Tommy Franks. Con un tercio de los efectivos utilizados en la primera Guerra del Golfo, EE UU ha conseguido, en menos de tres semanas, tomar Bagdad y Basora y dominar más de la mitad del país, algo que empequeñece el célebre avance de Rommel por el desierto libio hacia el canal de Suez, detenido por Montgomery en El Alamein. Toda la estrategia defensiva de Husein consistente en atraer a las fuerzas enemigas a los núcleos urbanos para montar una guerrilla urbana de desgaste, tipo Vietnam, se ha venido abajo ante la poca o nula resistencia ofrecida por las unidades regulares de su Ejército, la Guardia Republicana y las milicias irregulares. El general en jefe de la Guerra del Golfo, Norman Schwarkoff, lo dijo en 1991: 'Sadam no es un estratega, no es un soldado, ni siquiera es un militar'. Trece años después, estas palabras siguen siendo válidas.

Sadam ha cometido dos errores garrafales. Cegado por su megalomanía, ha confiado en la resistencia de su pueblo olvidando que los chiíes y los kurdos recuerdan las masacres de sus poblaciones ordenadas por Sadam tras el levantamiento popular de 1991. De ahí que la recepción más entusiasta a las tropas anglo-estadounidenses se haya producido en los barrios populares del este de Bagdad y en Basora, de mayoría chiita. También ha subestimado la capacidad combativa de sus enemigos. Poco antes de la invasión de Kuwait, Sadam le aseguró a la entonces embajadora de EE UU en Bagdad, April Gilspie, que el pueblo americano no soportaría 'ver los cadáveres de sus soldados en el desierto'. El dictador se equivocó entonces y ahora. Entonces pudo salvar su régimen. Ahora puede que ni siquiera salve su vida.