COLUMNA

Yo y la historia

Dentro de mi partido suelo ser criticado por llamar a José María Aznar presidente de Gobierno cuando intervengo en el Parlamento. Siempre utilizo la forma 'el presidente del Gobierno, señor Aznar...', cuando opino acerca de algunas de sus decisiones políticas. Siempre he creído que quien tiene la responsabilidad de dirigir el Consejo de Ministros merece consideración y respeto. También José María Aznar.

Pues bien, dentro del respeto que se debe al actual presidente del Gobierno, he llegado a la conclusión de que desde hace un tiempo circula por la política española e internacional con las claves de un iluminado. Sin darse cuenta se está entregando a un ejercicio de despotismo ilustrado que está haciendo un enorme daño a los intereses españoles y, de paso, está conduciendo a su propio partido político al precipicio.

Al parecer estamos en una situación en la que el presidente Aznar sería uno de los pocos españoles que han comprendido la historia del mundo y el papel del Reino de España en un proyecto histórico, se supone que irreversible, protagonizado por la Administración republicana del presidente Bush. Se trata de una visión muy clara de lo que tiene hacer España en el conflicto de Irak, apostando por convertir la relación con EE UU en el eje director de nuestro modelo de política exterior.

Piensa nuestro presidente que de esta manera la gran potencia norteamericana nos acogerá en su nuevo diseño estratégico como un aliado de referencia y bajo el paraguas norteamericano nuestros intereses nacionales saldrán fortalecidos. Además nuestro país se convertirá por este camino en un 'actor global', 'en un país decisivo y determinante' en las grandes cuestiones internacionales y, como nos cuentan últimamente, 'dejaremos de ser un país de segunda división para jugar en la división de los grandes'.

Es decir, José María Aznar se ha dado a sí mismo la misión y el deber de sacar a España del 'rincón de la historia' para situarla entre los grandes del planeta. Es la culminación del discurso con el que se inició la legislatura: 'España es un grande entre los grandes', que fue el leitmotiv de nuestro Gobierno con motivo de las negociaciones previas al acuerdo institucional que se plasmo luego en el ámbito de la UE con el Tratado de Niza.

A mí me parece que los objetivos del presidente Aznar están más cerca de la fantasía que de la realidad y sobre todo de las posibilidades reales de nuestro país.

Me temo, por decirlo de una manera plástica, que está intentando trasladar la solución exitosa del incidente de Perejil a los escenarios mundiales. Tal vez interpretando que con la determinación exhibida en la recuperación del islote y el éxito de la operación militar estábamos demostrando al mundo que nuestras capacidades en materia de seguridad nos procuraban un lugar entre los grandes.

De esta experiencia y de las relaciones personales entre el presidente Bush y el propio Aznar nacería naturalmente una alianza privilegiada que nos reportaría 'inmensos beneficios' como país y como españoles. Es decir, en expresión del propio presidente Aznar, abandonaríamos el rincón de la historia para convertirnos en un país que decide y que cuenta.

Se trata, pues, de una decisión histórica fruto de una visión personal que nos lleva a no desaprovechar esta ocasión única. O nos agarramos al diseño norteamericano o nos quedaremos para siempre en la segunda división. Es tal la convicción profunda del presidente Aznar que está dispuesto a sacrificar su imagen y las propias posibilidades electorales de su partido. Ningún argumento proveniente de la oposición le ha hecho mella y las masivas manifestaciones no son sino la expresión de ciudadanos de buena fe que han sido manipulados por la oposición o por grupos de artistas extravagantes.

Dentro del respeto que siempre merece un presidente del Gobierno me preocupa enormemente que José María Aznar haya decidido enfrentarse él solo con la historia ante la incomprensión de propios y ajenos. Estas situaciones no suelen terminar bien para nadie, empezando por el propio interesado. La historia no perdona, sobre todo cuando te empeñas en hacerla tú mismo.