COLUMNA

No estamos en el Reino Unido

Confiados en que pudieran cristalizarse en votos las críticas que no pocos diputados del PP -incluso algún ministro- venían haciendo en privado a la posición mantenida por su presidente en relación al conflicto con Irak, todos los grupos parlamentarios restantes promovieron la votación secreta del martes en el Parlamento. Tal vez se animaron también a presentar la proposición no de ley pidiendo una rectificación al Gobierno, a raíz de la rebelión frente a Tony Blair de un amplio grupo de diputados laboristas.

Pero desde que se anunció la iniciativa parlamentaria, el Gobierno y su partido se atrincheraron en el cierre de filas en torno a su líder para defenderse de la afrenta que suponía haber dudado siquiera de su cohesión grupal.

Utilizar el pretexto de una falta o incluso provocarla, es una vieja táctica para pasar a segundo plano el litigio principal. Así, durante una semana se habló más de las formas de la votación que del contenido de la propuesta que se iba a someter a votación; se enjuició más a la oposición por insinuar posibles fisuras en el grupo popular que de la quiebra provocada por su Gobierno en el consenso básico sobre política exterior mantenido durante 25 años y con el griterío recurrente de quienes se ven ofendidos en su amor propio, quisieron los dirigentes del PP camuflar sus ofensas, de palabra y de hecho (como se sabe se llegó a retirar la subvención previamente concedida al certamen Max de Teatro) contra todo grupo político o colectivo profesional que haya manifestado públicamente su 'no a la guerra'.

Tampoco se llega a ocupar un escaño en el palacio de la carrera de San Jerónimo de la misma manera que se alcanza en el de Westminster. Aquí se depende más del aparato de los partidos para ser diputado que de los electores del distrito al que se representa, como ocurre en el Reino Unido. Y esa diferencia en el sistema electoral amortigua bastante los corajes individuales de nuestros diputados a la hora de hacer patente lo que realmente piensan en cada momento, puesto que la primera evaluación para renovar la candidatura no la pasan ante la ciudadanía que los eligió, sino ateniéndose al examen que de sus comportamientos hagan los equipos dirigentes que confeccionan las listas.

No obstante, algún calambrazo debió llegar a la dirección del PP cuando en la víspera de la cita parlamentaria reunió a su junta directiva nacional y el propio Aznar, tan beligerante contra el supuesto electoralismo que impregna a la oposición en todo cuanto hace y dice, recurrió al argumento del posible batacazo electoral si daban marcha atrás. Lo que no deja de tener su enjundia, ya que por un lado reitera continuamente, con tono afectado y pretendida visión de estadista, que no está dispuesto a cambiar seguridad por votos y de otra parte desvela que su cálculo electoral le ha llevado a considerar más rentable sostenerla (su posición favorable a la guerra) contra la opinión de la inmensa mayoría que enmendarla de acuerdo con ella, lo que a fin de cuentas equivaldría a comprometerse a preservar la paz mientras se sigue desarmando al dictador iraquí.

Pero el presidente del Gobierno también considera que esa combinación de firmeza frente a las potenciales amenazas contra la paz y de presión sobre Sadam Husein dejando como último recurso el empleo de la fuerza, posición defendida por la mayoría de los países de la UE, es quedarse relegado en un rincón de la historia. Quizá por eso arrinconó de inmediato la resolución del Consejo Europeo, tras instrumentalizarla en el anterior debate parlamentario para zafarse de los emplazamientos de la oposición, que le conminaban a definir la posición del Gobierno español en la próxima reunión del Consejo de Seguridad de la ONU. Esa sí fue una fea manera de jugar con la fidelidad de su propio grupo parlamentario, haciéndole votar una resolución que de antemano tenía decidido obviar, urdir otra contradictoria con la anterior en sus conciliábulos con Blair y Bush y someterle ahora a votar en sentido opuesto a como lo hizo un par de semanas antes.

La verdad es que resulta difícil entender el regocijo con que los diputados del PP recibieron el resultado final de la votaciones del martes, salvo que fuese por ese peculiar y no muy edificante consuelo que según el dicho popular produce comprobar que tu mal lo compartes con muchos.