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Columna
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Objetivos en la eurozona

Gradualmente, las opiniones acerca del diseño del Pacto de Estabilidad han ido evolucionando en un sentido muy ortodoxo: el déficit máximo admisible para un país no ha de ser un nivel fijo, sino condicional en la posición cíclica del mismo. Dicho techo debe depender del endeudamiento de una economía, su crecimiento potencial y el nivel de tipos de interés reales. Por tanto, ha de ser distinto para economías diferentes, incluso si las estrechas relaciones económicas y comerciales en la eurozona condujeran finalmente a una total sintonía del ciclo económico. Sería deseable que la Comisión Europea fuese modificando el pacto en esta dirección.

En el ámbito monetario, también el diseño del objetivo del BCE ha sido motivo de discusión. Lo sigue siendo, porque el contexto cíclico en la eurozona reclama una actuación monetaria que parece difícilmente compatible con el objetivo de inflación diseñado por el BCE. También aquí se optó, equivocadamente, por un nivel de inflación excesivamente rígido, por mucho que la ambigüedad a él asociada, al definirlo como inflación a largo plazo, permitiese una visión relativamente relajada de posibles desviaciones respecto del mismo. Sin embargo, el BCE ha vigilado el nivel del 2% de inflación como un objetivo que ha de cumplirse a corto plazo.

Se ha apuntado que dicho suelo es excesivamente reducido, dejando apenas margen para una reducción en el tipo de interés real, y proponiendo su utilización más bien como umbral inferior del rango de inflación que pudiera considerarse como objetivo. Ello permitiría una mayor laxitud de la política monetaria, deseable en un contexto de debilidad económica como el actual.

No es ajeno a este debate el hecho de que la ansiada convergencia real en la eurozona, que pudiera haber venido propiciada por la convergencia nominal, dista de ser una realidad. Mientras la situación cíclica por la que actualmente atraviesa su principal economía, Alemania, requeriría un tipo de interés real inferior al actual 1,75%, España continúa disfrutando de una situación de demanda para la que una elevación de tipos pudiera incluso ser aconsejable.

Es difícil percibir desde la óptica alemana el cumplimiento tan estricto que actualmente se hace de la lucha antiinflación cuando su economía roza la deflación; por el contrario, el comportamiento de la inflación en España requeriría un grado de restricción superior al actual. Una política fiscal más restrictiva en España en los últimos años habría contribuido a reducir el exceso de demanda, amortiguando así un nivel de inflación que ha doblado en algunos periodos el umbral máximo fijado por el BCE.

Tampoco es fácil entender por qué las autoridades económicas de la eurozona están tan dispuestas a pelear por el cumplimiento del umbral máximo de déficit, pero permiten el incumplimiento del umbral máximo de inflación sin advertencia o penalización. Diseñar política económica en un contexto tan heterogéneo no es nada sencillo.

La ausencia de convergencia real podría ser consecuencia del escaso progreso realizado en reformas estructurales que propicien un funcionamiento mucho más fluido del mercado de trabajo, la gran limitación de las economías de la eurozona. Los costes unitarios de producción continúan siendo significativamente superiores a los de EE UU y también son desfavorables para Europa el tratamiento fiscal del trabajo, los costes de apertura de empresas, etcétera. Afirmar que los impuestos sobre el factor trabajo y sobre las rentas del mismo dificultan seriamente la viabilidad de pequeñas empresas en España y en la eurozona no es ninguna exageración.

Alemania, que ya tuvo crecimiento negativo en el último trimestre de 2002, está rozando la recesión, y las optimistas previsiones de la Comisión Europea acerca del crecimiento tanto en dicho país como en la eurozona habrán de ajustarse a la baja según avance el año. Alemania crecerá en 2003 en torno a un 0,8%, mientras la economía de la eurozona lo hará en torno al 1,3%.

Más que justificar un incumplimiento del techo de déficit por el conflicto de Irak o por el proceso de incorporación a la eurozona en el caso del Reno Unido, mientras asistimos impasibles al reiterado incumplimiento del objetivo de inflación, podríamos aprovechar la delicada coyuntura actual y la violación de ambos criterios para definir de manera más flexible y coherente las líneas maestras de la actuación en política fiscal y monetaria.

Proporciona mucha más credibilidad el cumplimiento reiterado de unos objetivos flexibles que la vulneración sistemática de unos criterios muy exigentes.

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