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Columna
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Panorama latinoamericano

La situación política de América Latina no es precisamente tranquilizadora. Carlos Solchaga ve en el experimento brasileño un referente para recuperar el crecimiento económico en la región

Se inicia el año 2003 con expectativas contradictorias sobre el futuro inmediato de América Latina. La situación política de algunos países de la región (Venezuela, Argentina, Ecuador, Bolivia, Colombia, por sus particulares razones...) dista mucho de ser tranquilizadora y tan sólo el hecho de que en cada uno de los casos citados constituya tal situación una mera prolongación de la que se viene dando en los últimos años permite un pequeño consuelo: es difícil que las cosas en 2003 se pongan peor de lo que ya han estado.

A cambio, está consolidándose rápidamente la estabilidad política en Brasil tras la llegada de Lula al poder y el efecto benéfico de este proceso sobre la estabilidad de los países del entorno y, en particular, sobre los de Mercosur y asociados será de enorme trascendencia. Perú, por su parte, se va consolidando después de un año en el que registró el mayor crecimiento de la región y Chile continua siendo un país estable que va librándose de los últimos rasgos de la herencia pinochetista en un proceso de transición prolongado, pero sin marcha atrás.

Un caso especial lo constituye México, que se enfrentará a un periodo electoral el próximo verano en el que el Gobierno de Fox se juega quizá la ultima oportunidad de ponerse a la altura de las circunstancias y sacar adelante alguna de las muy necesarias reformas estructurales. La buena marcha del país durante el mandato del presidente Zedillo (1995-2000), la transición desde aquella Administración del PRI a la actual del presidente Fox de manera modélica, la lucha contra la corrupción con resultados sensibles aunque todavía modestos y, sobre todo, la existencia y buen funcionamiento del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá dan una enorme solidez a la situación política y financiera de México. Pero eso no basta. El país tiene que aprovechar sus inmensas posibilidades de desarrollo liberando algunos de los frenos que ahora atenazan las perspectivas de crecimiento y modernizando en profundidad su cultura política. Si no lo hace, podría entrar en un periodo de relativa postración, con la consiguiente frustración social y coste político.

En realidad, la modernización de la cultura política es una necesidad primordial de todo el continente. La eliminación de algunos de los prejuicios antimercado y el enfrentamiento de los problemas derivados del proteccionismo que, al calor del Consenso de Washington, se produjeron la década pasada fueron cambios mucho más superficiales sobre la mentalidad política de aquellos países y sobre el funcionamiento de sus instituciones políticas y jurídicas de lo que parecieron en su día. Las opiniones públicas siguen sin convencerse de que el modelo intervencionista de empresas públicas e industrialización a través de la sustitución de importaciones no es útil para nadie en este mundo globalizado. La clase política, con demasiada frecuencia corrupta, sigue aferrada a este modelo de intervención y discrecionalidad administrativa.

En este terreno también el resultado del experimento brasileño, el éxito o fracaso de un Gobierno genuinamente socialdemócrata, próximo a los trabajadores y a los sindicatos y no formado exclusivamente por reformadores intelectuales de izquierda va a ser crucial para facilitar un cambio auténtico en la cultura política de América Latina que podría difundirse desde Brasil a otros países del continente.

En un próximo artículo hablaremos de las perspectivas económicas en la región, pero ya podemos adelantar una cosa: cómo en el campo de la política, la buena marcha del experimento brasileño va a ser crucial en el corto plazo para recuperar el crecimiento en Latinoamérica y del nuevo plazo para diseñar un paradigma de desarrollo económico. Pero eso lo veremos dentro de dos semanas.

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