La Atalaya

El plan de Bush no convence

El esperado plan para reactivar la economía, desvelado a bombo y platillo en Chicago el pasado martes por el propio George Bush, ha tenido la virtud de convencer sólo a los convencidos. Fuera de los republicanos ultraconservadores para los que la reducción de impuestos es más un dogma que una medida económica, el plan no ha convencido a nadie, incluido Wall Street, cuyo índice Dow Jones respondió con dos días de pérdidas, a pesar de que la joya de la Corona del plan, la supresión de impuestos sobre dividendos, está pensada precisamente para reanimar la Bolsa. Como escribía acertadamente el The New York Times en su editorial Más de lo mismo, el plan de Bush 'contiene unas medidas equivocadas, adoptadas en un momento inoportuno y dirigidas a unos beneficiarios inadecuados'.

Esta reacción de un diario no precisamente famoso por su radicalismo editorial es compartida por la oposición demócrata y destacados economistas, que no comprenden cómo en tiempos de recesión económica, con un déficit de casi cuarto de billón de dólares y la posibilidad de una guerra contra Irak, que, en el mejor de los casos, añadirá otros 100.000 millones de dólares de déficit, se puede presentar un plan que costará, según Bush, 674.000 millones de dólares en los próximos 10 años. La encomiable eliminación de impuestos sobre dividendos para evitar una doble tasación no beneficiará por igual a los 92 millones de estadounidenses propietarios de valores, como dice la Casa Blanca, sino sólo a los más ricos, según las estadísticas públicas. Los datos del Internal Revenue Service, el equivalente de la Agencia Tributaria, revelan que sólo el 22% de las familias con ingresos inferiores a los 100.000 dólares anuales reciben ingresos procedentes de dividendos, mientras que sí lo hacen el 72% con ingresos entre 100.000 y un millón de dólares y todos los que ingresan más del millón.

En realidad, las medidas anunciadas por Bush parecen dirigidas a satisfacer al ala ultraconservadora republicana para la que menos impuestos y menos Gobierno constituyen la receta que cura todos los males y sin cuyo apoyo el actual presidente no podrá lograr su verdadero objetivo: la reelección para un segundo mandato en 2004 sin la humillación de su padre, derrotado por el entonces desconocido Bill Clinton, después de haber ganado la guerra del Golfo. Volvemos a las batallas ideológicas de los ochenta bajo la Administración de Ronald Reagan, con la diferencia de que Reagan, pese a las apariencias, era políticamente bastante más flexible que Bush.

A día de hoy, el 43º presidente estadounidense parece imbatible con un 61% de apoyo popular a su gestión y la mayoría en las dos Cámaras del Congreso, gracias a la explotación del tema del terrorismo tras el 11-S. Pero, como he repetido muchas veces en esta columna, el mundo de Washington nunca es tan sencillo como parece a primera vista. En primer lugar, y circunscribiéndonos al nuevo plan económico, las medidas tienen que ser aprobadas por el Legislativo. Y ahí empezarán los primeros tropiezos, porque la mayoría republicana en el Senado es sólo de un escaño y en las filas del partido de Bush hay varios senadores, entre ellos su contrincante en las primarias de 2000, John McCain, a quienes no entusiasma el dogma de la reducción de impuestos. En segundo lugar, la situación internacional no es precisamente estable. Y son demasiados interrogantes para hacer pronósticos a dos años vista.