COLUMNA

Las políticas y sus personajes

José Borrell Fontelles analiza los motivos y las consecuencias del relevo en el equipo económico del Gobierno de EE UU. Según el autor, la duda está en si se trata de un cambio de política o sólo de escenificación

Al presentar a su nuevo secretario del Tesoro, el presidente George Bush afirmaba que 'la economía americana ha reencontrado la senda del crecimiento'. Quisiéramos creerle, puesto que la UE, atenazada por sus reglas y pactos, ha demostrado ya que no es capaz de tomar el relevo, y si la demanda de los consumidores de EE UU flaquea, no habrá recuperación de la economía mundial.

Cierto es que, por el momento, el consumo de las familias americanas sigue superando todas las previsiones y es la causa fundamental del 4% de crecimiento, en ritmo anual, registrado en el tercer trimestre. Pero las empresas siguen muy endeudadas y difieren sus inversiones. El paro ha alcanzado el 6% y las perspectivas de una guerra en Irak quiebran la necesaria confianza. Es lógico que no se hayan superado las consecuencias de la explosión de la burbuja bursátil y de los tres trimestres de recesión en 2001. Sólo el sorprendente apetito de los consumidores, financiado en buena parte a crédito, y una masiva política de expansión presupuestaria y monetaria han permitido superar el shock del 11 de septiembre.

Aun así, en vísperas de un probable conflicto la economía es el punto débil de Bush. Le podría ocurrir como a su padre, vencedor en la escena internacional frente al mismo enemigo, pero derrotado en casa por la mala situación económica. Para evitarlo no era un secreto para nadie que Bush hijo estaba preparando un nuevo plan de relanzamiento económico basado en ayudas a sectores estratégicos y una fuerte reducción de impuestos.

En vísperas de un probable conflicto armado, la economía es el punto débil de George Bush, es decir, le puede ocurrir lo que le pasó a su padre

Tampoco era secreto que su ex secretario del Tesoro, el dimitido Paul O'Neill, no era demasiado partidario de ese plan. En realidad, O'Neill ni disimulaba sus opiniones ni parecía comprender, o atender, las exigencias de la comunicación política. Poco después de su nombramiento dijo que cuando quisiera cambiar la política del tipo de cambio del dólar alquilaría el estadio de béisbol de los Yankees para anunciarlo urbi et orbe. Dado el desarrollo de los acontecimientos, ese acto no tendrá lugar aunque sólo sea porque su sucesor, mucho más circunspecto, no parece que vaya oponerse al deslizamiento del dólar.

Probablemente el dimitido O'Neill creía en los compromisos electorales y en las ideas por las que había sido nombrado. Un liberal radical y convencido que aplicó con entusiasmo las primeras rebajas de impuestos prometidas por Bush. Pero como era también partidario del libre cambio no ocultó su desacuerdo con los aranceles a las importaciones de acero decididas en marzo pasado para preservar el voto republicano en los Estados donde se asienta una siderurgia no competitiva. Convencido de las virtudes de la autorregulación, no dudó en calificar la quiebra de Enron como una 'peripecia' propia del darwinismo en el que se basa el 'genio del capitalismo'. Las empresas, decía, nacen y mueren por causas diferentes y es inútil intervenir para intentar evitarlo. Pero la Casa Blanca y los parlamentarios republicanos juzgaron más adecuado votar una ley que regulaba y sancionaba severamente las prácticas contables de las empresas.

Cuando quiebra Worldcom, Wall Street se hundía y Bush reclamaba sanciones contra los dirigentes deshonestos, O'Neill estaba ausente, de visita en Kirguizistán. Pero en los peores momentos de la crisis argentina, su opinión era que no había razones para la preocupación, puesto que ese país no exportaba nada relevante y el sistema financiero americano estaba poco comprometido en él. Y cuando el FMI decidía conceder un préstamo excepcional de 30.000 millones de dólares a Brasil, tampoco se cortaba en manifestar su desconfianza en planes de salvamento financiero, cuyos recursos 'acaban en las cuentas suizas de los dirigentes políticos corruptos'.

Toda una serie de anécdotas que no tendrían más importancia si no fuera porque producían bruscas oscilaciones en el real brasileño o manifestaban una total falta de coherencia y credibilidad en la dirección de la política económica de la primera potencia mundial. Por ello, aunque se haya producido por sorpresa, la marcha de O'Neill, que ha arrastrado consigo al jefe del Consejo de Asesores Económicos (NEC), era algo esperado que los mercados han acogido con satisfacción.

El problema es saber si el cambio de las personas implica una modificación de las políticas o solamente de su escenificación. De las palabras de Bush se puede entender que EE UU participará más activamente en la reforma del sistema financiero mundial y se comprometerá más en el desarrollo de la economía global. Pero la tarea fundamental del nuevo secretario del Tesoro será relanzar la economía a través de un paquete fiscal que tome el relevo de una política monetaria que se está quedando sin municiones.

A ello le deben ayudar sus buenas relaciones con los demócratas, cuyos votos serán necesarios para sacar adelante nuevas rebajas de impuestos. Las decididas en la primavera de 2001 favorecían descaradamente a los contribuyentes de rentas más altas. Ahora habrá para todos y desde luego ideas no faltan. Desde el aumento del crédito de impuestos por hijos hasta la supresión del impuesto sobre plusvalías y sucesiones, pasando por la eliminación del impuesto sobre la renta y las sustitución por un IVA, que hoy no existe en EE UU.

Las consecuencias sobre el déficit presupuestario parecen preocupar por el momento a la Administración republicana. Cierto es que ya se han comido el superávit heredado de los años de Clinton y que el déficit estructural, que fue el 0,3% en 2001, puede llegar al 3% este año. Pero la justificación de ese plan de relanzamiento que O'Neill no podía ya protagonizar es mucho más política que económica. Los republicanos creen que EE UU puede seguir endeudándose para crear puestos de trabajo y que debe demostrar que se preocupa por el bienestar de los americanos tanto como de la guerra contra Irak.

Este planteamiento económico sería considerado herético en Bruselas. Claro que la UE no se plantea hacer la guerra contra nadie. Y ni siquiera tiene un secretario del Tesoro en su organigrama político.