TRIBUNA

Isla Tortuga

Según me cuenta el Espasa, y desde un punto de vista geográfico, la isla Tortuga -hay otras islas e islotes menores de igual nombre- está situada, cómo no, en las Antillas, tiene una superficie de 220 kilómetros cuadrados (queréis creer que, a veces, pretendo pasar los kilómetros a eurokilómetros) y dista 85 kilómetros -es mucho más sugerente decir 47 millas (marinas, se entiende)- de la costa de Venezuela. Hoy está prácticamente deshabitada. No lo fue así en la historia, en parte de los siglos XVII y XVIII, que es por lo que sale a colación esta islita. Fue, posiblemente, el primer territorio paraíso fiscal y jurídico, refugio y abastecimiento de corsarios y bucaneros. Subsistió mientras la piratería era tolerable por los británicos y los Estados carecían de medios bastantes para erradicarla. En su día no hubiera servido de nada limpiar la isla de bandoleros, se irían a otro pedazo de tierra en medio del mar de tantos y tantos por esas aguas anclados.

Algo que parece propio de libros de historia, de novelas de capa y espada, de películas de aventuras, o sea algo que está amarrado en el pasado, resulta que hoy sigue existiendo, claro, no exactamente como antaño. Pero haberlos, haylos. Todo el mundo sabe que hay países o territorios que son paraísos fiscales, lugares donde no se pagan impuestos, donde además tampoco se suele preguntar de qué y de dónde viene y a qué y adónde va el dinero, donde además se suele ser más o del todo permisivo con leyes restrictivas, prohibitivas, limitativas. Pasando de paraíso fiscal a paraíso jurídico, que podríamos definirlo algo así como 'dícese del lugar donde uno puede hacer lo que le dé la gana mientras deje hacer a los demás lo que les dé la gana'. Las autoridades de estos sitios adoptan las medidas policiales imprescindibles para no molestar demasiado a la comunidad internacional seria, como sería tolerar un gran bazar de la droga o permitir ser el hotel para cualquier delincuente, o sea son auténticos y verdaderos territorios parásitos.

Nos lo acaba de recordar con toda, y nunca mejor dicho, crudeza el hundimiento del Prestige. (Definitivamente, los buques es mejor bautizarlos con nombres de personas, cosas o inexpresivos.) Y porque nos afecta directamente, mucho y mal las consecuencias de la zozobra del barco, y por eso nos damos cuenta, aunque el sustrato de base existía y existe. Nos caemos de bruces del guindo cuando nos enteramos que el petrolero en cuestión está o estaba abanderado en un país que es un paraíso bucanero (relativo al buque), que quiere decir que no le aplican las normas técnicas, jurídicas, fiscales de uso normal en un país normal. Nos enteramos que hace un transporte a un puerto que es el paraíso de todas las religiones, de un fuel barato por contaminante y que no podría ser vendido en un país normal. Blanco y migado.

Si tenemos que esperar a que ocurra el atentado de las Torres Gemelas para que se reaccione contra el terrorismo internacional estamos listos. (Por cierto, he recibido un chiste cuyo protagonista es Bush, muy descriptivo y revelador. Si alguien lo quiere, me lo dice y se lo mando -trocóniz@lagacetadesalamanca.com- pero que nadie se olvide de la Ley de Protección de Datos.) La comunidad internacional debería tomar conciencia y reaccionar contra todos los países sanguijuela, porque no son más que una espita de incumplimiento de la ley de Estados democráticos y legítimos, a más de drenar recursos públicos de los país huéspedes.

Tampoco hace falta esperar a que la perezosa comunidad internacional despierte de su letargo sempiterno. En los momentos en que se identifica el problema y se es consciente de su trascendencia, lo que se hace es crear un grupo de trabajo para analizar y promover las medidas nacionales e internacionales que precisas fueren para eliminar casos similares en el futuro.

Hoy ha pasado en España, mañana puede pasar en cualquier otro sitio. Hoy es un daño ecológico, mañana un escándalo financiero. Hoy es un buque pirata, mañana un banco fantasma. Hoy la muerte de unos peces, mañana de personas. Desgraciadamente nos topamos a diario con desastres generalmente ocasionados por la naturaleza o por la imprudencia o la maldad de los hombres. Y eso en sitios en que existen normativas y controles, quítalos y a ver qué pasa.