La Atalaya

Una victoria histórica

Hay que remontarse a la década de los treinta, durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt, para encontrar un precedente al triunfo republicano en las elecciones al Congreso estadounidense el pasado martes. La pérdida de poder del partido que ocupa la Casa Blanca en las elecciones de medio mandato ha sido una constante en EE UU. El electorado, consciente de los contrapesos y equilibrios sobre los que se basa el sistema constitucional, trata de compensar el poder presidencial reforzando al poder contrario en el Congreso. El martes, los republicanos y el presidente George W. Bush, rompieron los moldes establecidos. El dirigente republicano jugó fuerte y ganó unas elecciones que los demócratas se habían empeñado en presentar -¡craso error!- como un referéndum sobre el presidente.

El aumento de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y la importantísima reconquista del Senado permitirán a Bush reafirmar las políticas conservadoras en el interior y desarrollar una agresiva política exterior. Pero el triunfo arrollador del martes tiene su faceta negativa. Con la Casa Blanca y las dos Cámaras del Congreso en manos de su partido, Bush ya no podrá culpar a los demócratas de obstruir sus proyectos legislativos. Si la economía sigue su marcha descendente, si una eventual acción en Irak se atasca o si continúan aumentando los desequilibrios sociales, toda la culpa será del presidente. A pesar del espectacular triunfo electoral, la sociedad estadounidense sigue partida en dos mitades, como ocurrió hace dos años con la elección presidencial. El sistema electoral estadounidense consagra la victoria de los candidatos por mayoría simple (con excepción de Luisiana, donde se exige la mitad más uno para ser elegido) y ha dado el control del Congreso a los republicanos. Pero los votos demócratas siguen estando ahí, como lo demuestra lo ajustado de algunas victorias, algunas de ellas por unos pocos centenares de votos.

Bush ha conseguido su victoria porque se ha presentado ante el electorado como un verdadero líder, con un programa claro, frente a los titubeos demócratas y con la secuela del 11 de septiembre jugando a su favor. Los demócratas han carecido de un líder carismático que supiera capitalizar la desfavorable situación económica y la creciente oposición a una aventura bélica en solitario contra Irak. Los líderes demócratas del Congreso han sido incapaces de plantar cara a la agresiva agenda presidencial y, por temor a ser acusados de falta de patriotismo, se han limitado a hacer seguidismo. El resultado ha sido la debacle electoral. Richard Gephart, líder demócrata en la Cámara baja, ha anunciado que no se presentará a la reelección como jefe de la minoría cuando el Congreso se reúna en enero. Es probable que su colega en el Senado, Tom Daschle, haga lo propio. El único político que intentó marcar distancias con Bush, el ex candidato presidencial Al Gore, con su oposición frontal a una acción unilateral contra Bagdad, no logró ni siquiera el apoyo del liderazgo demócrata del Congreso.

El último error demócrata fue sacar del baúl de los recuerdos al ex vicepresidente Walter Mondale para sustituir al más carismático senador demócrata, Paul Wellstone, muerto en un accidente de aviación cuando hacía campaña en Minnesota. Como le ocurrió frente a Ronald Reagan en 1984, Mondale perdió frente a un novel contrincante republicano. Corolario: la campaña para las presidenciales de 2004 ha comenzado ya.