El día después de Johanesburgo
La cumbre de Johanesburgo no podía contentar a todos, y así fue. Pero no ha sido el fracaso que algunos pretenden airear cuando apuntan a la falta de acciones concretas en algunos aspectos más conflictivos, y la timidez de algunos de los objetivos que todos deberían perseguir, especialmente los países más ricos.
Ha sido una cumbre que presenta, como otras, luces y sombras. Entre lo positivo, merece destacarse un hecho nuevo. Se plantea la construcción de redes de saneamiento, pues afecta a más de 2.300 millones de personas. La fecha prefijada, 2015, también tendría que reducir a la mitad la población que no tiene agua potable, algo más difícil de conseguir para los 1.100 millones de personas que carecen de ella. Y es difícil de alcanzar porque la pobreza obliga a talar los bosques tropicales que son los que aseguran los ríos que abastecen de agua potable la creciente población de las grandes ciudades. Las talas indiscriminadas terminan por cegar pantanos y secar ríos de las cuencas de los Andes y de las estribaciones de las cuencas de Colombia, Venezuela y Brasil, por citar tan sólo algunos países.
Es difícil poner un orden de prioridades. Los objetivos no pueden fijarse de manera aislada. Uno depende de otro y están entrelazados con la salud, la vida y el hacer posible un planeta en el que los recursos tengan mejor distribución y no se agoten en esta generación, sino puedan transmitirse de manera sostenible a las futuras.
Los países pobres insisten, con la fuerza que dan hambrunas y subdesarrollo, en que si los ricos gastan más de 300.000 millones de dólares al año para subsidiar a sus agricultores ellos no pueden competir, pues su comercio se basa precisamente en el campo. Podrán achacarse a Argentina todos los defectos de sus gobernantes, pero sus males también se deben a la imposibilidad, como en Uruguay, de exportar carne a precios remuneradores.
Durante años el sureste de Asia, África y América Latina han vivido en un círculo infernal. Si no talan las selvas tropicales no podrán tener suelo cultivable y fértil, hasta que las lluvias torrenciales esquilmen esas tierras adquiridas a costa de prácticas que van en contra de la conservación de la biodiversidad y de los recursos hidráulicos.
Pero cuando quieren poner en venta en los mercados mundiales su café, bananos, azúcar y maíz encuentran precios demasiado bajos. Si antes pagaban un tractor con 100 sacos de café, al cabo de 10 años tenían que vender 300 sacos y pedir créditos. Quienes conozcan el Amazonas o el Orinoco saben bien que buena parte del oxígeno que el planeta necesita procede de sus selvas. Pero si no se tala cada año el equivalente a la superficie de más de un país europeo rico, los campesinos no tendrán recursos para alimentar a sus familias.
Este punto no tiene solución fácil. Para la UE, casi dos tercios del presupuesto se había destinado a favorecer la producción agrícola y ganadera y es difícil imaginar, ante periodos electorales, que se cambien estas políticas. La Administración Bush ha aumentado los subsidios a los agricultores y difícilmente estará a favor de políticas fuera de las leyes del mercado. Aparentemente, el representante de EE UU propuso que todo lo que tiene que ver con medio ambiente y condiciones de vida de los campesinos de los países pobres se rija por los acuerdos de la OMC.
Se ha avanzado en muchos campos y retrocedido en unos pocos. En la Cumbre de Río (1992) se decidió que el consumidor no tiene que probar que un producto químico es nocivo para la salud, sino que el fabricante tenía que probar su inocuidad. Si este principio de precaución fuera eliminado estaríamos ante un retroceso inesperado. Pero lo que el hombre ha contaminado puede también contribuir a recuperarlo. La teoría Gaia postula que los océanos han tenido la capacidad de reciclar una parte del CO2. Lo que no sabemos es si eso podrá seguir produciéndose.