EDITORIAL

Buenos propósitos

El Gobierno parece haberse decantado por el optimismo antes que contribuir a trasladar más desconfianza a los agentes económicos y, a la postre, a la sociedad. Sólo así se entiende que el proyecto de Presupuestos para 2003 vaya a fijar unos objetivos tan favorables para la economía española. En el cuadro macroeconómico presentado en el último Consejo de Ministros por Rodrigo Rato se augura un crecimiento del PIB del 3% para el año próximo, y se fundamenta esta previsión en una clara reactivación de la actividad y el comercio mundial. Una apuesta que hoy por hoy se antoja arriesgada. De un lado, los últimos datos de crecimiento de Estados Unidos son mucho más modestos de lo que se preveía (1,1% en el segundo trimestre y han sido revisados sensiblemente a la baja los del ejercicio 2001), y, por otro, la OCDE habla ya de un retraso en el horizonte de recuperación para la zona euro. Junto a esto, los grandes institutos económicos de Alemania están rebajando las previsiones para la primera economía de la Unión Europea.

El optimismo del Gobierno tampoco puede basarse en los datos de coyuntura española correspondientes a este año, que también han tenido que ser severamente recortados. El consumo de los hogares crece menos de lo previsto, como bien refleja la caída en las matriculaciones (6% en julio); el turismo está débil, las inversiones en bienes de capital siguen decreciendo y el comercio exterior se estanca. Como consecuencia, la previsión de crecimiento para 2002 ha sido rebajada al 2,2%, muy lejos del 2,9% previsto inicialmente y por debajo del 2,4% augurado hace unos meses. Y esta revisión se ve acompañada por el reconocimiento de que la inflación será muy superior a lo previsto. Aunque Rato se niega a dar una previsión de IPC para este año, el deflactor del PIB presentado el viernes (3,5%, en lugar del 2,9% inicial) pone en evidencia que la presión al alza de los precios seguirá estando muy por encima de la media de la zona euro. Un diferencial que puede terminar dañando la competitividad de la economía española.

Las previsiones para 2003 parecen pues una expresión de buenos deseos difíciles de materializar. Algo a lo que ya nos tienen acostumbrados muchos Gobiernos y organismos multinacionales, que han convertido en costumbre la presentación de previsiones optimistas que son revisadas sistemáticamente a la baja. Un hábito que también reinó en el ámbito empresarial a finales de los años 90, con las desastrosas repercusiones que se aprecian ahora. La pérdida de credibilidad que azota a las grandes empresas multinacionales y la consiguiente evaporación del valor de sus acciones en Bolsa es, ni más ni menos, el resultado de unas malas prácticas de predicción y contabilidad. Y un Presupuesto nacional tiene demasiada trascendencia para todos los agentes económicos del país como para que pueda basarse sólo en una expresión de buenos propósitos.