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Columna

Elecciones, energía y medio ambiente

José Borrell Fontelles asegura que el debate entre Jacques Chirac y Lionel Jospin, candidatos a la presidencia francesa, se desarrolla en torno a la falta de realismo. En su opinión, se basan en previsiones demasiado optimistas

Encuestados, dos tercios de los electores franceses dicen no percibir diferencias sustantivas entre Jacques Chirac y Lionel Jospin. El debate entre ambos se desarrolla en torno a la falta de realismo de sus respectivas promesas de rebajas impositivas y mejoras sociales, basadas sobre previsiones quizá demasiado optimistas del crecimiento económico. Jospin puede felicitarse de una fuerte reducción del paro, una de las tasas de inflación más bajas de Europa y un crecimiento económico notablemente superior al alemán. Pero la pasada cohabitación y la convergencia hacia el centro contribuyen al perfil borroso de sus respectivos proyectos.

En algunos temas, como el de la energía nuclear, la coincidencia es total. Chirac se ha pronunciado claramente a su favor por razones de independencia energética y para combatir el efecto invernadero. Con igual rotundidad, Jospin ha recordado que los socialistas nunca se habían comprometido a que Francia renuncie a la energía nuclear como han hecho alemanes, italianos y suecos.

Esta posición ha sido considerada como causa de ruptura por sus aliados 'verdes' de la 'izquierda plural' que amenazan con no votarle en la segunda vuelta ni formar con los socialistas una mayoría de gobierno. Aunque después unos y otros se hayan esforzado en descrispar el ambiente, lo cierto es que los problemas energético-ambientales aparecen más como un punto de confrontación electoral dentro de la izquierda que entre la izquierda y la derecha. Justo en el momento en el que los 15 países miembros de la UE deciden ratificar un Protocolo de Kioto abandonado por EE UU y la comisaria europea, Loyola de Palacio, muestra de forma cada vez más explícita sus dudas sobre la capacidad europea de descarbonar su dieta energética al tiempo que renuncia al átomo.

El problema se plantea de forma grave para Francia debido a la amplitud del programa nuclear decidido en los años setenta, en el ambiente creado por las crisis petroleras. Renunciar a la energía nuclear y sustituirla por centrales de gas de ciclo combinado implicaría aumentar un 30% el nivel de emisiones alcanzado en 1990. Por ello el debate electoral se centra en el potencial que puede representar el ahorro energético y la tercera vía de las energías renovables, en particular la eólica. Para el candidato ecologista Noel Mamere su coste es comparable y crean cinco o seis veces más empleo, por lo que la opción nuclear implicaría renunciar a 100.000 puestos de trabajo y seguir acumulando unos residuos de los que no se sabe qué hacer.

Pero otros expertos califican de fraude intelectual estas estimaciones y recuerdan que las últimas decisiones del Gobierno, adoptadas contra la opinión de la Comisión de Regulación del Sistema Eléctrico, para desarrollar el parque eólico obligan a la compañía EDF a comprar electricidad a un precio muy superior a la de origen nuclear o de gas.

Aunque en materia de la verdad de los costes de las distintas fuentes de producción eléctrica haya mucho que hablar y, aunque el caso francés sea muy particular, el dilema energético ambiental de sus electores, y que puede decidir el resultado, refleja la gravedad de los problemas a los que se enfrenta nuestra forma de vida y las dificultades de su solución política, más allá de los cánticos retóricos a la importancia de la sostenibilidad del desarrollo y las apelaciones al compromiso ético de los ciudadanos.

Por importante e imprescindible que éste sea, no podrá nunca sustituir a medidas políticas concretas, inevitablemente costosas, que doten al desarrollo sostenible de los instrumentos eficaces y creíbles de los que todavía carece. Y ello implicará fundamentalmente un proceso de internalización de todos los efectos externos que los agentes económicos y los sistemas de decisión colectivos han externalizado proyectando sus costes sobre otro tiempo u otro lugar.

Pero en un contexto en el que la eficacia de la acción de cada cual depende de las decisiones tomadas por los demás, las políticas deben coordinarse firmemente y no pueden dejarse a las iniciativas individuales separadas e independientes so pena de ver proliferar los comportamientos del tipo 'pasajero clandestino' (free raider) del que la lucha contra el efecto invernadero ofrece tan buenos ejemplos. Mas allá de las específicas y actuales circunstancias de Francia, la energía nuclear no puede ser a medio plazo una solución para luchar contra el efecto invernadero porque para reducir a la mitad las actuales emisiones de CO2 harían falta varios miles de nuevos reactores nucleares que agotarían las reservas mundiales de uranio y producirían anualmente 150.000 toneladas de residuos radiactivos.

Pero la ratificación europea de Kioto sin los americanos hace imposible cumplir el objetivo de reducción de las emisiones del conjunto de los países desarrollados porque, habida cuenta de que EE UU es responsable de la mitad de esas emisiones y que previsiblemente las aumentará un 30% en 2012 con respecto al nivel alcanzado en 1990, la UE las debería dividir por 10 en vez de reducirlas un 8% según lo acordado en Kioto.

Es un buen ejemplo de cómo, en ausencia de una coordinación global y de mecanismos económicos eficientes, las iniciativas individuales conducen a exigir esfuerzos desmesurados a unos agentes, que acaban por abandonarlos cuando toman conciencia de ello, mientras los demás pueden seguir en su negligente actitud. Y de que la solución depende de la capacidad del sistema democrático de convertir la responsabilidad moral de los ciudadanos en la responsabilidad política de los Gobiernos.

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