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Columna

Europa, pero de tercer o cuarto nombre

Es difícil encontrar un calificativo para resumir la Cumbre de Barcelona. Sus resultados son medianos y, según el talante optimista o pesimista del que los analice, podrá decirse que constituyen un éxito o que son un fracaso. Son éxito porque se avanza en los temas que contenía la agenda y porque, si el resultado, según Tony Blair, sólo podía ser 'make o break', dado que no se 'ha roto' o paralizado el proceso, se puede concluir que se ha contribuido a 'hacer'; o sea, tirar pa'lante.

También son un fracaso porque no se avanza lo previsto y porque lo que se ha logrado es insuficiente. Hay que señalar, no obstante, que la tan mencionada como exitosa Cumbre de Lisboa fue amplia en declaraciones grandilocuentes, en expresiones como 'buscamos que Europa sea la economía más competitiva, dinámica y basada en el conocimiento a nivel mundial en 2010'. Es fácil ser generoso en declaraciones de principios de este estilo. Las cumbres posteriores a la de Lisboa se han visto en la obligación de ir haciendo realidad dichos objetivos y la concreción en decisiones es mucho más difícil que las palabras.

Existen multitud de datos que señalan el retraso de Europa respecto a EE UU y, además, que ese diferencial está aumentando. El crecimiento del PIB en la UE sólo ha superado en una ocasión durante la última década el 3%, mientras que EE UU sólo una vez ha estado por debajo de esa tasa. La productividad ha crecido en EE UU entre 1990 y 2001 casi un 20%, mientras que en Europa supera ligeramente un 10%. La tasa de paro en Europa se sitúa alrededor del 8% y la estadounidense, a pesar del mayor impacto de la actual recesión, no llega al 6%. Respecto al PIB per cápita, en 1991 el de EE UU superaba en un 42% la media europea, porcentaje que en la actualidad se ha ampliado al 54%.

Por el contrario, el enfoque social de la UE es más amplio: por ejemplo, el gasto público social es en EE UU alrededor del 16% del PIB frente al 25% en la UE.

Hace falta crecer, es evidente, para que Europa no quede relegada a un segundo lugar, cada vez más alejado del primero. La incapacidad mostrada el último año para desligarse del ciclo americano y para servir de anclaje al crecimiento económico mundial es preocupante.

El crecimiento necesita dinamismo empresarial, inversión en investigación y desarrollo y eliminación de trabas a la competencia. Estos son los retos a los que deben hacer frente las economías del continente europeo, muy habituadas al apoyo público y a la burocracia.

Sin embargo, es reseñable que los países que se suelen mencionar como el eje europeo, especialmente Francia y Alemania, sean actualmente los más resistentes a impulsar la construcción europea.

Según un estudio reciente del Centro para la Reforma Europea, el grado de avance se ha deteriorado entre 2000 y 2001 en las principales áreas que se debatían en Barcelona: proceso de Lisboa, innovación, liberalización, marco para las empresas; inclusión social y desarrollo sostenible. Y dentro de los países a los que declara culpables del freno, Alemania y Francia son los más citados. España queda en un nivel mediano, nombrada como 'freno' en cuatro ocasiones y como 'impulsor', en tres.

Europa en muchas ocasiones no habla con una voz, sino con 15, o con al menos varias, pero, sobre todo, divergentes. Es muy necesario que se modifique el carácter particular de las posturas que defiende cada país en el Consejo Europeo. Por eso se debe hacer un esfuerzo en la reforma de las propias instituciones. En la Cumbre de Laeken en diciembre se hizo un llamamiento para eliminar la 'distancia entre la UE y sus ciudadanos', de forma que la Unión sea percibida como más eficiente, democrática y, por último, transparente. Estos cambios deben conseguirse antes de que se amplíen los participantes desde 15 a 25 y a 28 miembros.

La conclusión final de la Cumbre de Barcelona es que para ciertos países (Francia y Alemania en este caso, con elecciones próximas), el proyecto de construcción europea no es fácil de presentar ante sus propios ciudadanos. ¿Pero no nos hemos embarcado en la construcción de un mercado único por las ventajas económicas y sociales que reporta? Si de verdad los políticos creyeran en esto, no sólo no tendrían inconveniente, sino que deberían sentirse orgullosos de presentar avances en la construcción europea ante su electorado nacional. Si temen que esto les merme votos, parece difícil que resulte creíble el proyecto de Unión Europea.

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