Editorial
Una revolución tecnológica en la banca

Una revolución tecnológica en la banca

Todas las grandes crisis transforman las relaciones sociales y económicas, y lo hacen con más determinación si media también una revolución tecnológica. En los diez últimos años han convivido la mayor de las crisis financieras y económicas desde la Segunda Guerra Mundial con la irrupción de la tecnología digital hasta los últimos rincones del funcionamiento productivo. El resultado conocido hasta ahora es un cambio radical en todos los negocios, pero muy especialmente en aquellos que tienen una relación directa con los consumidores finales. La mutación ha sido de tal magnitud que actividades que se creían a salvo del vendaval de internet, como la banca, están siendo zarandeadas por una clientela que quiere una relación muy diferente a la que la banca tradicional está acostumbrada.

La industria financiera está más sometida al revisionismo de la tecnología por otras consideraciones particulares, también como consecuencia de la crisis de los últimos años. El daño reputacional que la gestión de unos cuantos banqueros negligentes ha proyectado sobre toda la industria sigue muy presente en la sociedad, también en la española, y las nuevas generaciones se relacionan con la banca con distancia, utilizando como intermediarios a la tecnología y sus aplicaciones. Ni que decir tiene que el estrechamiento de los márgenes de intermediación generado por la bajada de los tipos de interés agrava más todavía las dificultades de los gestores bancarios, pero en el futuro la banca sabe que tiene que cambiar los tradicionales metros cuadrados de oficina por los clics que desde la distancia, y seguramente con un dispositivo móvil, practiquen los nativos digitales que inexorablemente van a sustituir a sus padres en la clientela bancaria.

Aprovechando todas estas circunstancias, decenas de emprendedores tecnológicos han entrado con diferente grado de penetración en los negocios financieros, disputando pequeñas franjas de cuota de mercado a los bancos tradicionales, que han tardado en reaccionar y admitir que uno de los retos fundamentales para sobrevivir es la digitalización absoluta de su negocio, o de la inmensa mayoría de los que componen su cadena de valor. Las fintech han entrado en sistemas de pago, en concesión de crédito para proyectos de innovación, en sindicación de aportaciones para la financiación, en proyectos de inversión de particulares en carteras bursátiles, etcétera... Y lo han hecho porque la clientela ha considerado sus servicios más atractivos, por precio, por calidad o por agilidad, que los de la banca tradicional. No lo han hecho en campos como la captación de depósitos porque seguramente el factor confianza, que es clave en la actividad bancaria, tiene sus limitaciones, y también porque la legislación endurece las condiciones para prestar tales servicios.

Este tipo de pequeñas y ágiles empresas han penetrado en el mercado pese a que siguen abiertas todavía lagunas regulatorias, que deberían cerrarse cuando antes para clarificar el campo de acción y de competencia de cada jugador, y especialmente para establecer mecanismos de protección de los derechos de los consumidores, que en demasiadas ocasiones han sido maltratados en el pasado cuando de inversiones y de intermediación financiera se trataba. El mercado es imparable y genera instrumentos nuevos en este tipo de actividades continuamente, y los reguladores y legisladores deben actuar con rapidez para que las normas delimiten el territorio de cada cual y proporcionen transparencia en la comercialización y seguridad en los servicios.

La banca de toda la vida tendrá que ir conviviendo con estos nuevos actores, creando otros similares para pelear cada euro del mercado como ya está haciendo, o incluso adquiriéndolos allí donde no logre frenar la pérdida de cuota. Pero lo que sí es seguro es que los nuevos actores han llegado para quedarse, para revolucionar la actividad bancaria, especialmente en la relación con la clientela, y solo cabe la opción de incrementar la competencia, con lo que ello supone de estímulo para una mejora de los precios y de la calidad de todos los productos y servicios. El cliente solo puede ganar, y quien contribuya a ello tendrá que incrementar su apuesta por soluciones tecnológi

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