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Análisis
Opinión

Del sistema de pensiones al sistema de ecuaciones: la incógnita que falta

La vivienda debe incorporarse como tercera variable a una jubilación que ya no puede sostenerse sobre los mismos cimientos

Un anciano en el parque de Madrid Río, en Madrid.Jesús Hellín (Europa Press)

Durante años hemos intentado resolver la ecuación de la jubilación con dos variables. X ha sido la pensión pública. Y, el ahorro privado. Ambos seguirán siendo pilares fundamentales, pero la realidad demográfica y económica del siglo XXI nos obliga a incorporar una tercera incógnita. Una variable que millones de españoles ya poseen y que, sin embargo, sigue ausente del debate público: Z, el patrimonio inmobiliario.

Quizá haya llegado el momento de preguntarnos si estamos intentando resolver el futuro de la jubilación dejando fuera una parte esencial de la fórmula.

Porque los problemas se resuelven de una manera hasta que se encuentra una mejor forma de resolverlos. En ello estamos mayoritariamente de acuerdo, ¿no? Si no fuera así, la humanidad seguiría aplicando las mismas soluciones que utilizaba hace siglos. Las ciencias no habrían avanzado, la medicina no habría incrementado la esperanza de vida, la tecnología no habría transformado nuestra forma de trabajar y la economía continuaría respondiendo a desafíos actuales con herramientas pensadas para realidades ya desaparecidas.

Y es que el progreso nace precisamente de la capacidad de cuestionar soluciones que un día fueron válidas, pero que ya no responden con la misma eficacia a las necesidades del presente. No porque fueran erróneas, sino porque el contexto ha cambiado. Y cuando el contexto cambia, también deben hacerlo las respuestas.

La jubilación es un buen ejemplo de ello. Durante décadas, una combinación de pensión pública y ahorro privado podía ser suficiente para sostener los años posteriores a la vida laboral. Sin embargo, vivimos más tiempo, acumulamos patrimonio de forma diferente y afrontamos necesidades distintas a las de generaciones anteriores. Como ocurre en cualquier ámbito en el que existe innovación, avanzar no significa renunciar a lo que funciona, sino incorporar nuevas soluciones que respondan mejor a una realidad nueva.

El debate público suele dirigirse de forma automática hacia las pensiones como centro del problema. Es lógico. Según los datos de la Seguridad Social correspondientes a 2025, la pensión media de jubilación en España se sitúa en torno a los 1.507 euros mensuales. Pero quizá la verdadera pregunta no sea cuánto cobramos al jubilarnos, sino si estamos utilizando todas las variables de la ecuación.

Porque cuando hablamos de jubilación solemos pensar en ingresos periódicos. Y, sin embargo, rara vez incorporamos al análisis el patrimonio acumulado durante toda una vida. Y aquí aparece una singularidad muy española. La vivienda ha sido históricamente el principal vehículo de ahorro de las familias. La generación que hoy supera los 65 años dedicó décadas de esfuerzo a construir un patrimonio en torno a un hogar. Según la última encuesta financiera de las familias del Banco de España, elaborada con datos de 2022 y publicada en 2024, alrededor del 85% de los hogares cuyo cabeza de familia tiene más de 65 años reside en una vivienda en propiedad.

Detrás de esas cifras se esconde una realidad que merece más atención. Millones de personas mayores han acumulado un patrimonio considerable, pero no siempre disponen de la liquidez necesaria para complementar sus ingresos o afrontar con tranquilidad nuevas necesidades. Gastos sanitarios, ayuda a familiares, adaptación de la vivienda o, sencillamente, el deseo de disfrutar de una mayor calidad de vida forman parte de una realidad cada vez más frecuente.

La paradoja es tan sencilla como reveladora: existe riqueza, pero no siempre existe liquidez. Tal vez porque durante años hemos confundido ingresos con capacidad económica. Hemos aprendido a medir una parte de la ecuación, pero hemos dejado otra fuera del análisis. Y cuando una ecuación omite una variable relevante, el resultado difícilmente puede ser completo.

Cuando cambian las condiciones iniciales, también deben revisarse los modelos. El aumento de la esperanza de vida, el envejecimiento de la población y la propia estructura patrimonial de las familias españolas nos obligan a ampliar el enfoque e incorporar una tercera variable a la conversación: el patrimonio inmobiliario.

No se trata de cuestionar el valor emocional de una vivienda. Todos sabemos que una casa es mucho más que un activo financiero. Es el lugar donde se construyen proyectos de vida, donde crecen las familias y donde se acumulan recuerdos. Precisamente por eso, cualquier decisión relacionada con ella debe tomarse desde la libertad, la información y el respeto a las circunstancias de cada persona. Pero tampoco podemos ignorar una evidencia económica. Para millones de españoles, la vivienda constituye el principal patrimonio acumulado a lo largo de toda una vida y, como sucede con cualquier otro activo, merece ser considerada dentro de una planificación financiera completa.

La cuestión de fondo es sencilla: si incorporamos nuevos conocimientos para resolver los desafíos de la medicina o de la tecnología, ¿por qué seguimos analizando el futuro económico de la jubilación con un marco que deja fuera uno de los activos más importantes que poseen millones de españoles?

En otros países, esta reflexión forma parte desde hace tiempo de la planificación financiera habitual. En España, sin embargo, todavía existen barreras culturales. A menudo se interpreta cualquier solución vinculada al patrimonio inmobiliario como una medida excepcional, cuando en realidad puede convertirse en una herramienta más dentro de una estrategia de gestión patrimonial responsable.

La longevidad es, probablemente, uno de los mayores éxitos de nuestra sociedad. Pero vivir más tiempo exige disponer de más recursos, más planificación y, sobre todo, más opciones. Según proyecciones del INE, en 2035, España contará con cerca de 14 millones de personas mayores de 65 años, que representarán aproximadamente el 26,5% de la población total. Esto supone que más de uno de cada cuatro habitantes pertenecerá a este grupo de edad.

Así, mantener una buena calidad de vida durante la jubilación no depende únicamente de la cuantía de la pensión. También depende de nuestra capacidad para utilizar de forma inteligente todos los recursos acumulados durante décadas de esfuerzo. Y en España, una parte muy importante de esos recursos está en la vivienda.

Por eso ha llegado el momento de actualizar la conversación. Las pensiones seguirán siendo la base de nuestro modelo de bienestar. El ahorro privado continuará desempeñando un papel fundamental. Pero la vivienda merece ocupar un lugar más relevante en la ecuación de la jubilación.

La realidad demográfica nos está demostrando que la ecuación es hoy más compleja que hace unas décadas. Y cuando una ecuación cambia, lo inteligente no es seguir aplicando la misma fórmula, sino incorporar las variables necesarias para resolverla mejor. Y obtener liquidez del patrimonio inmobiliario a través de soluciones como la nuda propiedad, la permuta inmobiliaria o las rentas vitalicias puede ser la clave que despeje la incógnita.

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