La nueva normalidad energética que afronta el G7
Contrasta la falta de entendimiento en Canadá en 2025 con el inesperado consenso alcanzado en Évian-les-Bains
El pausado proceso de geopolítica en transición que estamos viviendo ha tenido en la reunión del G-7, y en el marco de la cumbre del Consejo Europeo, un punto de encuentro sobre aquellas cuestiones que están moviendo el escenario internacional. Una semana donde los líderes del G-7 y los 27 Estados miembros de la Unión Europea han debatido sobre retos geopolíticos compartiendo una única agenda, pero cada uno enfocado en su propia v...
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El pausado proceso de geopolítica en transición que estamos viviendo ha tenido en la reunión del G-7, y en el marco de la cumbre del Consejo Europeo, un punto de encuentro sobre aquellas cuestiones que están moviendo el escenario internacional. Una semana donde los líderes del G-7 y los 27 Estados miembros de la Unión Europea han debatido sobre retos geopolíticos compartiendo una única agenda, pero cada uno enfocado en su propia visión geoestratégica.
El G-7 ha dado muestras de avanzar positivamente. La falta de entendimiento durante la cumbre en Canadá el año pasado, en lo que fue el regreso de Trump a este foro, contrasta con el inesperado ambiente de consenso durante la cumbre celebrada en Évian-les-Bains, Francia. Consenso por el acuerdo con Irán, y un aparente consenso entre la familia del G-7 para recuperar las relaciones diplomáticas a un punto de beneficio mutuo.
De esta recuperada cooperación internacional se beneficiará Ucrania, tras la voluntad anunciada por el G-7 de incrementar la entrega de interceptores de defensa aérea al país una vez que Estados Unidos reponga las reservas mundiales de munición tras el acuerdo con Irán. El consenso también abarcó cooperar en seguridad económica ante el papel estratégico que desempeñan los minerales tecnológicos, contando para ello con el apoyo de Australia, socio del G-7. Unos compromisos que tendrán que materializarse en los próximos meses.
Si bien han sido tres países los que han acaparado la atención durante el G-7, los conflictos en Irán y Ucrania lo han hecho protagonizando un posicionamiento geopolítico unificado, mientras que China, por omisión, ha sido la gran ausente del debate. Aun cuando el factor de influencia del gigante asiático en la reconfiguración del orden mundial es la pieza que condiciona todos los movimientos.
En la cumbre del G-7 celebrada en Japón en 2023 se adoptó la estrategia de derisking, de reducir riesgos ante la excesiva dependencia de China, buscando impulsar la diversificación de las cadenas de suministro ante el dominio del gigante asiático en materias primas críticas y en sectores estratégicos. Tres años después, China no acapara ningún punto de la agenda directamente, pero para Estados Unidos el acuerdo con Irán para reabrir el estrecho de Ormuz tiene un sentido mucho más amplio. Tiene a China como telón de fondo, tanto en el ámbito del acceso a las reservas de petróleo, como en el control de la influencia de Pekín en Oriente Próximo.
De hecho, el acuerdo con Irán marca una nueva normalidad, de terminar siendo efectivo. Washington garantiza su presencia en la región como nuevo actor relevante durante los 60 días que las partes se han dado para alcanzar un acuerdo definitivo, un tiempo que podría ampliarse de mutuo acuerdo.
No obstante, el nuevo equilibrio podría tardar en alcanzarse entre 6 y 12 meses, según apuntan los expertos del sector, un tiempo en el que Estados Unidos estaría marcando el paso del acceso a las reservas de petróleo para la economía internacional, incluida China, surgiendo de nuevo la versión más transaccional de Washington al estilo del modelo de los aranceles.
Pero no menos importante es la cuestión de la influencia diplomática, donde los países del Golfo estarían priorizando el pragmatismo, confiando en la tecnología militar estadounidense como proveedor clave de defensa, mientras articulan nuevos equilibrios de convivencia con Irán. Asimismo, la presencia en la región de Estados Unidos estaría restringiendo de forma más directa la capacidad de actuación de la diplomacia china en Oriente Próximo.
A pesar de que el marco de trabajo del G-7 incluía reducir los desequilibrios en la economía global, prestando particular atención al desafío que representa China, un nuevo orden económico global estaría formándose en el ámbito del comercio energético. Un movimiento que se produce cuando el efecto estrecho de Ormuz ha amplificado el objetivo de China de liderar una nueva arquitectura energética global, pasando de ser el mayor consumidor de petróleo a ser el que controle la logística y el suministro. Así, China buscaría liderar el petróleo de hoy, pero también el petróleo del futuro, moviendo a otros países hacia su órbita energética.
En cuanto a la reunión en Bruselas, la cuestión de China figuraba en la agenda. La realidad se impone y el peligro de desindustrialización se hace más patente cuando los 27 Estados miembros, sin excepción, registraron déficit comercial con el gigante asiático el año pasado. Una situación susceptible de amplificarse una vez que China sigue expandiendo su liderazgo en energías limpias y en minerales críticos, y apunta a dominar los mercados globales de petróleo.
La cuestión de las tierras raras sigue generando preocupación mundial. Japón registró una caída de las exportaciones por parte de China de un 80% interanual en marzo y abril, obligando a las empresas japonesas a buscar alternativas en Australia e India. Al mismo tiempo, un informe del Consejo Empresarial Estados Unidos-China apuntaba recientemente a que el 75% de las empresas estadounidenses encuestadas estaban encontrando dificultades en la obtención de tierras raras, acelerando la búsqueda de alternativas. El impacto en la Unión Europea será un importante daño colateral, ya que la falta de acción coordinada no beneficia nada más que a quien está liderando la carrera por la reconfiguración global, que no es otro que China.
En la tradición de presidencia rotatoria del G-7 será Estados Unidos quien albergue la cumbre en 2027, asumiendo Washington el control de la agenda. Para entonces, el marco acordado entre Washington y Pekín de estabilidad estratégica constructiva habrá pasado por numerosos exámenes. Pero, sin duda, lo que anticipa es que, aunque los aliados del G-7 hayan retomado la capacidad del consenso, cada uno sigue caminos diferentes sobre cómo acomodar a China en el tablero internacional, y sobre cómo fortalecer sus capacidades industriales, tecnológicas y diplomáticas.