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Dato y negocio, soberanía digital en la era de la inteligencia artificial

Cada organización debe encontrar el equilibrio adecuado, y ese equilibrio no es igual para todos

Inteligencia artificial.UNSPLASH (UNSPLASH)

Vivimos un momento en el que el verdadero poder de las organizaciones ya no se mide por su tamaño, su infraestructura o incluso su capacidad de innovar, sino por algo mucho más esencial: su control sobre la información que generan. El dato se ha convertido en el corazón de cualquier estrategia de transformación, pero también en una vulnerabilidad creciente si no existe una capacidad real para gobernarlo. Este debate, que antes parecía lejano o técnico, hoy es clave en las decisiones más relevantes de empresas y Administraciones.

Ha escalado, hasta convertirse en una cuestión de autonomí...

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Vivimos un momento en el que el verdadero poder de las organizaciones ya no se mide por su tamaño, su infraestructura o incluso su capacidad de innovar, sino por algo mucho más esencial: su control sobre la información que generan. El dato se ha convertido en el corazón de cualquier estrategia de transformación, pero también en una vulnerabilidad creciente si no existe una capacidad real para gobernarlo. Este debate, que antes parecía lejano o técnico, hoy es clave en las decisiones más relevantes de empresas y Administraciones.

Ha escalado, hasta convertirse en una cuestión de autonomía, de competitividad y, en muchos casos, de seguridad. La soberanía del dato ha dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en un asunto central en sectores como la banca, la energía, las infraestructuras críticas o la Administración pública. Lo veremos próximamente, durante la celebración del Mobile World Congress de Barcelona. Ya no estamos hablando de dónde se alojan los sistemas tecnológicos, sino de algo más profundo: de la capacidad de un país o una empresa para conservar su independencia en un mundo en el que los datos viajan, se procesan, se cruzan y se transforman a una velocidad nunca vista.

Durante años, la conversación sobre la nube giró casi exclusivamente en torno a sus ventajas operativas. La posibilidad de escalar recursos, de reducir costes, de acelerar procesos o de acceder a tecnologías avanzadas sin grandes inversiones es enormemente atractiva. Sin embargo, hoy las organizaciones saben que la decisión ya no es tan simple. Pasamos de preguntarnos cómo aprovechar la nube a cuestionarnos bajo qué condiciones debemos hacerlo. Quién tiene acceso a la información. Qué leyes se aplican a los datos o qué jurisdicción prevalece cuando un conflicto aparece.

Algunos países europeos ya han dado pasos decisivos y han definido modelos claros para garantizar que la información sensible se mantenga bajo un control real. Otros, como España, se encuentran aún en fase de reflexión y esto, lejos de ser un problema, abre una oportunidad para diseñar un enfoque propio que combine ambición, realismo, colaboración y visión a largo plazo.

Hay casos –como los que afectan a la seguridad nacional, a infraestructuras esenciales o a determinadas operaciones críticas– donde la autonomía completa es la única opción. Pero, al mismo tiempo, existe un mercado enorme de empresas y organizaciones que operan a otros niveles. En la transición hacia modelos digitales más avanzados, ninguna organización debería sentirse obligada a adoptar un enfoque único. Cada entidad necesita encontrar el equilibrio adecuado, y ese equilibrio no es igual para todos.

La soberanía del dato no funciona como una receta universal, sino como un continuo que se ajusta a la sensibilidad de la información, al contexto operativo y al nivel de autonomía que cada organización quiera preservar. Por eso, más que apostar por soluciones homogéneas, el verdadero reto está en construir itinerarios personalizados, capaces de combinar distintas tecnologías y niveles de protección para responder de forma proporcionada a las necesidades reales de cada caso.

Una de las ideas más importantes en este debate es que no todos los datos son iguales. Algunos tienen un valor estratégico porque afectan a la seguridad de una compañía, a su capacidad de innovar o incluso a su posición competitiva. Otros son puramente operativos y pueden gestionarse con menor nivel de exigencia. Lo esencial ya no es decidir si la información debe estar o no en la nube, sino estudiar su naturaleza y clasificarla para tomar decisiones informadas y responsables.

Pero hay un cambio aún más profundo. Hasta ahora, el foco estaba puesto en el lugar donde se almacenaban los datos. Hoy, con la llegada de la inteligencia artificial, ha surgido una nueva dimensión: la soberanía del conocimiento. En un mundo en el que los modelos se entrenan con información real, donde cada dato puede convertirse en una ventaja para quien lo procesa, lo esencial ya no es solo proteger la información, sino evitar que otros generen valor con ella sin control. El verdadero poder ya no reside únicamente en el dato, sino en la capacidad de extraer inteligencia de él y hacerlo de manera exclusiva. Y eso sí es estratégico, no solo en determinados sectores, sino en la generalidad de nuestros mercados e industrias.

En este punto, la Administración pública desempeña un papel especialmente relevante, aunque su ritmo de adopción digital suele estar condicionado por marcos normativos más complejos y por decisiones europeas que aún están en evolución. Esta situación genera un escenario de indefinición que afecta a múltiples países, no solo al nuestro, y abre un nicho de oportunidad para reflexionar sobre cómo avanzar hacia una gestión del dato que refuerce la autonomía tecnológica y, al mismo tiempo, impulse la competitividad y la innovación en el conjunto del tejido empresarial español. La clave no está en marcar un camino único, sino en promover una visión compartida que permita desarrollar capacidades propias y fortalecer la posición digital del país en un entorno cada vez más exigente.

Porque, al final, la soberanía del dato no es una cuestión de poner barreras o nuevos frenos a la innovación, sino una condición necesaria para aprovechar la tecnología sin renunciar a la independencia. Es la base sobre la que se construirá la digitalización del futuro. Y, en un momento en el que todo se acelera, en el que el valor del conocimiento crece de forma exponencial, la cuestión no es si debemos avanzar en esta dirección, sino cuánto estamos dispuestos a perder si no lo hacemos.

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