Ir al contenido

El ahorro y la inversión no son una cosa de ricos

La simplificación de los procesos ya sería por sí sola un buen comienzo

España tiene una de las tasas de ahorro más altas de la UE y en torno a un billón de euros aparcados en productos bancarios de escasa rentabilidad o en viviendas (caras y a veces vacías). Al tiempo, el país, como toda Europa, no solo afronta las necesidades de inversión derivadas de la coyuntura tecnológica, climática y defensiva, sino también una fragmentación geopolítica con efectos comerciales y financieros. El consenso capitaneado por Bruselas ha puesto sus ojos en el ejemplo sueco para movilizar con fines productivos la ingente capacidad de ahorro. El Ministerio de Economía español ha sido muy activo en el desarrollo de las propuestas tanto de la etiqueta europea como de la cuenta única de inversiones, y ha empezado la tramitación con la correspondiente consulta pública.

La simplificación de los procesos de ahorro e inversión ya sería por sí sola un buen comienzo: el tratamiento dispar entre fondos, acciones, depósitos o bonos son un primer punto de fricción capaz de disuadir al particular de salirse del depósito de toda la vida y de su bajísima retribución. Con todo, la clave para el desarrollo de la cuenta sueca está en la fiscalidad. De momento, el Gobierno no ha mostrado sus intenciones en este punto, aunque Carlos Cuerpo ya anticipó un tratamiento favorable. La cuenta sueca pasa por gravar el patrimonio y no, como ocurre actualmente, los rendimientos, como vía para estimular la inversión productiva. El modelo también requiere de unos mínimos exentos generosos, como vía para no castigar a las capas de la población con menor capacidad de ahorro o a los ciudadanos que, simplemente, quieren un colchón de seguridad.

La banca aplaude la iniciativa con una aparente falta de entusiasmo. Su propuesta consiste en mantener un statu quo que beneficia a los depósitos y, sobre todo, a los fondos de inversión, y acompañarlo de incentivos fiscales condicionados al plazo de inversión. BME apuesta por una cuenta sueca solo para activos europeos, dejando fuera deuda pública o depósitos. Otras opciones pasan por equiparar fiscalmente los distintos tipos de activos, o vincularlos a un plazo de inversión, al estilo de los planes (401)k de EE UU, ligados a la jubilación.

No hay una receta mágica, y el clima político no invita al optimismo. Pero es una buena oportunidad para sacar conclusiones sobre los incentivos que genera, en los dos lados del mercado, el sistema de ahorro español. Al fin y al cabo, su diseño es una política pública: ni invertir debería ser cosa de ricos, ni el reparto del ahorro afecta solo a los que lo poseen.

Archivado En