El lento avance de los robots y coches autónomos: “Faltan datos que les enseñe a moverse en el mundo real”
Pese a las adversidades, el sector se multiplicará por diez y superará los 870.000 millones de euros en 2035 gracias al impulso de la IA, según un estudio
Pocas cosas son tan personales como la manera de moverse. Pero la capacidad de imitar o reaccionar a estos gestos se ha convertido en el gran obstáculo para la multimillonaria industria de los robots autónomos, que incluye no solo los humanoides capaces de correr o ejecutar rutinas de kung fu, sino también los coches autónomos y los drones. Este desafío lo ha vivido en carne propia el ingeniero Adrián Jiménez Loygorri. A sus 37 años, este navarro de Tudela ha construido un andador capaz de reaccionar por cuenta propia para contener una caída.
“Es muy complicado programar un robot para interactuar con el entorno, porque nunca hay dos escalones iguales”, señala Jiménez. El ingeniero tuvo que dedicar más de seis meses solo a ajustar el algoritmo de su andador antes de lanzar su producto al mercado, a principios de 2025. Un cuello de botella que el sector reconoce incluso en sus grandes referentes, como Tesla, que lleva más de una década desarrollando un vehículo completamente autónomo y aún no ha podido vender ni una sola unidad
“Faltan datos que enseñen a los robots autónomos a moverse en el mundo real. Un humanoide en un almacén necesita aprender cuánta presión aplicar para levantar una caja de 10 kilos y cómo ajustarla si pesa tan solo algo más”, ha explicado Zornitsa Todorova, estratega de Barclays experta en el sector de la robótica, en entrevista a Cinco Días desde las oficinas madrileñas del banco inglés. “Suena muy trivial porque los humanos nacemos con ese conocimiento. Nadie tiene que enseñarte a levantar un bolígrafo”, ha añadido.
Pese a las adversidades, la industria de la robótica tiene buenas perspectivas de crecimiento, según un estudio de Barclays publicado a principios de este año: “(Los robots autónomos) podrían asumir los trabajos duros y repetitivos que los humanos evitan cada vez más en la industria manufacturera, la agricultura y la sanidad”. Con esa demanda como motor, el banco estima que este mercado se multiplicará por diez hasta 2035, cuando superará el billón de dólares (870.000 millones de euros). Un crecimiento viabilizado por la adopción de modelos de IA generativa, como ChatGPT, capaces de procesar grandes volúmenes de datos en segundos e identificar patrones.
“Hay mucho contenido en internet que se está usando para entrenar a los robots. Solo YouTube cuenta hoy con más de 280 millones de años de vídeos disponibles. Ya es algo”, ha estimado Todorova. La IA también está ayudando a simular escenarios específicos, como en la operación de una fábrica, y a escribir las líneas de código necesarias para programar los robots autónomos. Ese último uso es el que más ha transformado el día a día de ingenieros como Jiménez: “Antes, había que escribir línea de código por línea de código”. Desde que incorporó la IA al desarrollo de su andador autónomo, el tiempo de montaje se ha reducido de cuatro meses a cuatro semanas.
El ingeniero navarro no es el único emprendedor español que se ha beneficiado de este cambio. Carlos Matilla fabrica drones tanto en el ámbito civil, para inspeccionar líneas eléctricas, como en tareas de comunicaciones para el Ministerio de Defensa. La IA ha permitido a este ingeniero madrileño de 38 años recortar a la mitad el tiempo de desarrollo del programa de planificación de vuelo. Se completó con un ahorro de entre seis meses y un año, afirma Matilla. El mayor salto puede estar aún por llegar, según el ingeniero: “Hoy, los drones vuelan de manera autónoma, pero tienen que ser supervisados con un piloto por cada aeronave. Con la IA, ya estamos viendo en investigación cómo un solo piloto podrá manejar 10 o incluso 100 drones a la vez”.
Los números de Barclays respaldan el optimismo del ingeniero español. El mercado de drones se ha duplicado en los últimos dos o tres años, desde unos 20.000 millones de dólares (17.500 millones de euros) hasta alrededor de 40.000 millones (35.000 millones de euros) a comienzos de 2026 y debe acelerar su crecimiento en la próxima década. Tiene una ventaja frente a los otros segmentos de la robótica porque se beneficia del auge de la inversión en defensa, impulsada en Europa con el aumento de los gastos públicos en este sector desde la invasión rusa de Ucrania y del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
Con todo, los coches autónomos seguirán siendo el segmento dominante de la robótica, según Barclays. Ya valen cerca de 100.000 millones de dólares (87.500 millones de euros) y concentran la mitad del mercado, una posición que mantendrán en 2035, porque llevan más años de desarrollo que el resto y su tecnología es la más madura en la robótica.
Un Goliat llamado China
El futuro del sector es también una cuestión geopolítica, con China a la cabeza, con escenas ya relativamente cotidianas de humanoides atendiendo en restaurantes. Más del 85% de los robots humanoides en el mundo hoy están en el país, según Todorova. Los chinos también cuentan con BYD, su fabricante estrella de coches a bajo coste. La compañía, que ya ha superado a Tesla en ventas, está ganando terreno en el desarrollo de la conducción autónoma.
“China tiene claramente una ventaja en robótica y seguirá así por los próximos cinco o siete años, porque cuenta con una fuerte demanda interna de robots y también con una cadena de suministro casi integrada, desde el acceso a los minerales estratégicos hasta la producción final”, ha estimado Todorova. Según sus estimaciones, más del 90% del suministro mundial de las tierras raras, estos minerales fundamentales en el desarrollo de los robots, proviene de China.
Europa, y en menor medida EE UU, siguen muy por detrás de China. En el caso europeo, el principal lastre es la fragmentación de los mercados financieros, que multiplica la burocracia y dificulta que un ciudadano de un Estado miembro pueda invertir en una empresa emergente de otro. Eso es un gran obstáculo en un sector tan dependiente de la innovación y, por tanto, de la inversión de riesgo, en la que se compromete mucho capital a cambio de una rentabilidad incierta y lejana.
“La burocracia es un arma de doble filo. Por un lado, la regulación no está logrando acompañar el ritmo de avance de la tecnología. Por otro, el hecho de que Europa esté más acostumbrada a desarrollar marcos normativos puede jugar a su favor, porque hará falta definir el tipo adecuado de regulación para la robótica”, ha afirmado Todorova. Cita como ejemplo el marco europeo de protección de datos aplicado a la IA, una legislación sin equivalente en el mundo.
Fuera de los despachos políticos en Bruselas, muchas iniciativas a pie de calle están ayudando a desarrollar la robótica en Europa, como los proyectos de código abierto para compartir algoritmos y acelerar el avance de estas tecnologías. “Los centros de investigación son los que más están avanzando en innovación en robótica y lo hacen a partir de los marcos ya desarrollados por las empresas”, cuenta Jesús Bravo, un emprendedor vasco.
A principios de este año, una iniciativa francesa de código abierto presentó un robot capaz de doblar y colgar ropa de manera autónoma (y tan rápida como una persona) con solo dejar las prendas delante de él, estuvieran como estuvieran. Un pequeño avance que no deja de sorprender y acerca a los robots cada vez más al escenario previsto por Barclays. Como ocurre con el andador automático de Jiménez, el sector avanza un escalón a la vez.