La patentabilidad de la inteligencia artificial en Europa: una cuestión estratégica para el ‘deep tech’
Incorporar inteligencia artificial a una actividad conocida no convierte automáticamente esa actividad en patentable

La inteligencia artificial (IA) está presente en cada vez más proyectos de deep tech. La encontramos en áreas donde la investigación suele ser larga, técnicamente compleja y costosa antes de llegar al mercado: robótica, computación cuántica, biotecnología, nuevos materiales y numerosas aplicaciones en salud, industria, energía o telecomunicaciones.
En estos casos, proteger los resultados de la investigación es clave. Una patente no solo sirve para impedir que otros exploten la invención. También permite poner en valor la tecnología y puede ayudar a que llegue al mercado, ya sea mediante inversión, transferencia tecnológica o su explotación por quienes la han desarrollado.
Todavía es frecuente escuchar que las invenciones basadas en IA no se pueden patentar en Europa. No es cierto. La Oficina Europea de Patentes (EPO) concede patentes para este tipo de invenciones, siempre que cumplan los requisitos de patentabilidad. Por tanto, la pregunta no es simplemente si la invención utiliza IA, sino qué aporta esa IA desde un punto de vista técnico.
Los algoritmos y los modelos matemáticos en los que se basa la IA, considerados de forma aislada, están excluidos de patentabilidad. Este es un primer obstáculo. En la práctica, sin embargo, la mayoría de las solicitudes lo supera porque esos algoritmos o modelos se implementan mediante medios técnicos, como ordenadores o sensores. La discusión pasa entonces a otro terreno: determinar cuál es realmente la contribución técnica de la invención.
La experiencia práctica demuestra que muchas solicitudes relacionadas con IA no encuentran su principal dificultad en una exclusión de patentabilidad, sino al valorar la actividad inventiva.
La jurisprudencia de la EPO distingue entre características técnicas y no técnicas. Al analizar la actividad inventiva, solo pueden tenerse en cuenta aquellas características que contribuyen a resolver un problema técnico. Las características no técnicas no pueden justificar por sí solas la existencia de actividad inventiva y, salvo en casos muy concretos, ni siquiera suelen considerarse en este análisis.
Esto tiene consecuencias importantes. Podemos encontrarnos ante un sistema de IA sofisticado cuya aportación diferenciadora resida únicamente en una regla de negocio o en un criterio comercial. Incorporar inteligencia artificial a una actividad conocida no convierte automáticamente esa actividad en patentable.
También conviene hacer otra distinción. No cualquier aplicación de IA es deep tech. Un sistema para segmentar clientes, generar recomendaciones comerciales, optimizar campañas publicitarias o efectuar predicciones financieras puede tener un importante valor empresarial. Pero, si lo que lo diferencia reside exclusivamente en criterios económicos, comerciales u organizativos, esas características no permitirán sustentar por sí mismas una patente europea.
El panorama es diferente en muchas innovaciones propiamente deep tech: sistemas basados en IA para analizar imágenes médicas, controlar procesos industriales, optimizar redes de comunicaciones o gestionar infraestructuras energéticas, así como desarrollos relacionados con la conducción autónoma, la robótica o nuevas arquitecturas de computación.
En estos casos, la IA se utiliza para resolver problemas tecnológicos complejos. Pero esto tampoco garantiza la concesión de una patente. Habrá que analizar qué contribución técnica aporta la invención y si esa contribución implica actividad inventiva. Al final, lo relevante no es haber utilizado IA, sino la solución técnica que se ha desarrollado con ella.
Hay otro aspecto que en la práctica resulta fundamental: cómo se explica la invención en la solicitud de patente. Es importante que esté suficientemente descrita, tanto para cumplir el requisito de suficiencia como para sustentar adecuadamente la actividad inventiva. No basta con decir que un algoritmo funciona mejor o consigue mayor precisión. Hay que explicar cómo funciona, qué elementos técnicos intervienen, qué efecto técnico se consigue y, cuando sea posible, demostrarlo.
El enfoque europeo tiene aquí una lógica que, a mi juicio, merece ponerse en valor. Se busca fomentar la innovación sin conceder derechos exclusivos sobre ideas abstractas o meros conceptos empresariales. En un momento de enorme interés por la IA, disponer de criterios relativamente estables ofrece seguridad jurídica a quienes investigan, desarrollan tecnología o invierten en ella.
Quizá deberíamos dejar de preguntarnos simplemente si “la IA se puede patentar”. Sí, se puede. La pregunta interesante es otra: ¿qué aporta técnicamente esa invención y es esa aportación realmente inventiva?
Esta es, a mi juicio, una de las fortalezas del sistema europeo. No se trata de proteger una solución porque utilice IA, sino de analizar qué aporta realmente desde el punto de vista tecnológico y si esa aportación merece protección. En un momento en que Europa quiere reforzar su posición en el deep tech, saber identificar y proteger estas innovaciones será casi tan importante como disponer de la capacidad científica y tecnológica para desarrollarlas.