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En colaboración conLa Ley
Cine y derecho
Tribuna

Un verano de cine y Derecho: cuando la ficción anticipa la IA

Muchas de las cuestiones que las películas planteaban hace décadas ya forman parte del debate jurídico sobre la inteligencia artificial

Minority Report, (Steven Spielberg, 2002)CBS/Getty Images

Durante mucho tiempo vimos determinadas películas como simples ejercicios de imaginación. Nos fascinaban sus efectos especiales, sus máquinas inteligentes o sus futuros distópicos, pero apenas reparábamos en que, bajo esa apariencia de entretenimiento, escondían algunas de las preguntas jurídicas más complejas de nuestro tiempo. El verano, quizá más que ninguna otra época del año, invita a revisitar algunas de ellas. Y hacerlo hoy significa descubrir que muchas de las cuestiones que planteaban hace décadas ya forman parte del debate jurídico sobre la inteligencia artificial. No porque anticiparan la tecnología, sino porque fueron capaces de anticipar los conflictos sobre los que hoy se pretende legislar.

Cuando Steven Spielberg estrenó Minority Report (Steven Spielberg, 2002), la idea de detener a una persona antes incluso de que cometiera un delito parecía pertenecer exclusivamente al terreno de la ciencia ficción. Dos décadas después, aquella hipótesis resulta mucho menos extravagante. Basta observar el desarrollo de los sistemas de predicción algorítmica, de evaluación automatizada del riesgo o de análisis masivo de datos para comprobar que la pregunta jurídica sigue siendo exactamente la misma: ¿puede una predicción sustituir al juicio humano sin poner en riesgo la presunción de inocencia o el derecho a un proceso justo?

Ese mismo interrogante aparece, desde una perspectiva mucho más cercana, en la producción española Justicia Artificial (Simón Casal, 2024). La película plantea hasta dónde estamos dispuestos a aceptar que un algoritmo participe en la decisión judicial. Porque el verdadero debate ya no consiste en preguntarnos si una máquina puede decidir. La cuestión es cuánto estamos dispuestos a dejar que decida.

Otras películas desplazan el problema hacia un terreno todavía más complejo. En Ex Machina (Alex Garland, 2014), el espectador termina preguntándose si una inteligencia artificial suficientemente desarrollada podría llegar a ser algo más que una herramienta. Mucho antes, Blade Runner (Ridley Scott, 1982) había formulado probablemente la pregunta más incómoda de todas: si una creación artificial piensa, recuerda, ama y sufre, ¿es suficiente su origen no humano para negarle cualquier reconocimiento jurídico? Su extraordinaria continuación, Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017), desplaza el foco hacia las relaciones afectivas entre seres humanos e inteligencias artificiales, un terreno que hoy ya no parece tan lejano para el Derecho. Algo parecido sucede en Her (Spike Jonze, 2013), aunque desde una óptica mucho más cotidiana. Solo una relación afectiva entre una persona y un sistema inteligente que obliga a preguntarse si el Derecho terminará regulando vínculos que hoy todavía nos parecen imposibles, pero que van construyéndose entre IA y humanos.

La posibilidad de que la inteligencia artificial actúe de forma distinta a la prevista por quienes la diseñaron tampoco es nueva. HAL 9000, en 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), continúa siendo, además de un clásico del cine, una magnífica representación del problema sobre cómo garantizar que un sistema extremadamente inteligente persiga exactamente los objetivos para los que fue creado.

Más recientemente, Mission: Impossible. Dead Reckoning (Christopher McQuarrie, 2023) convierte a una inteligencia artificial en el antagonista. No necesita cuerpo ni ejército; le basta con controlar la información y manipular la realidad. The Creator (Gareth Edwards, 2023), por su parte, imagina un escenario en el que la inteligencia artificial deja de ser una herramienta para convertirse en un nuevo actor geopolítico, obligándonos a pensar si el Derecho internacional está preparado para afrontar conflictos en los que algunos protagonistas ya no son personas.

Lo verdaderamente llamativo es que casi todas estas películas fueron consideradas, en el momento de su estreno, poco más que brillantes ejercicios de ciencia ficción. Hoy, sin embargo, dialogan con debates muy reales: el Reglamento europeo de Inteligencia Artificial, la responsabilidad por decisiones automatizadas, la utilización de algoritmos por las Administraciones públicas, la protección de datos, los derechos de autor frente a la IA generativa o el empleo de sistemas autónomos en conflictos armados.

Quizá esa sea la mayor virtud del buen cine: no anticipar la tecnología, sino los conflictos jurídicos que esa tecnología terminará generando. Las innovaciones, los algoritmos y las herramientas avanzan y se perfeccionan pero las preguntas jurídicas básicamente son las mismas: ¿Quién decide? ¿Quién responde? ¿Dónde deben situarse los límites? Después de todo, aquellas películas nunca fueron simples ejercicios de imaginación. Fueron, probablemente, el primer borrador de algunos de los debates jurídicos que hoy empiezan a ocupar a legisladores y tribunales de todo el mundo. Feliz verano de cine y Derecho a todos.

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