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Tribuna

Vender o no vender, esa es la cuestión (emocional)

Vender no es solo acertar con el momento, sino empezar a prepararlo cuando la compañía aún se encuentra en una posición de fortaleza

Agencia Getty

En el entorno corporate se habla mucho de valoración, de múltiplos y de sinergias, aunque se habla poco del coste emocional de no vender a tiempo. Sin embargo, la experiencia demuestra que la decisión de retrasar una operación por apego personal puede acabar generando un impacto económico, fiscal y jurídico mucho más severo que el propio vértigo de la venta.

Una desinversión bien ejecutada es, ante todo, un proceso ordenado y confidencial. Comienza con una fase interna de preparación que suele durar entre tres y cuatro meses cuando la compañía está profesionalizada. En ese periodo se revisa la estructura societaria, los pactos entre accionistas, la situación contractual, la fiscalidad histórica, la deuda financiera y el cumplimiento normativo. Se elabora una valoración objetiva y se ordena la documentación para afrontar una due diligence con solvencia.

Cuando esta preparación no se realiza a tiempo, el proceso puede alargarse uno o incluso dos años, y lo que es más relevante, puede coincidir con un deterioro progresivo del negocio. En ese punto el mercado ya no percibe una oportunidad estratégica, sino una situación reactiva.

Pero incluso antes de hablar de momentos, hay un elemento todavía más decisivo, la anticipación. Vender no es solo acertar con el momento, sino empezar a prepararlo cuando la compañía aún se encuentra en una posición de fortaleza. Anticiparse implica profesionalizar estructuras, ordenar riesgos, reforzar el gobierno corporativo y analizar escenarios cuando todavía existe margen de decisión. La diferencia entre vender desde la planificación y vender desde la urgencia no es únicamente temporal, es estructural.

Desde la perspectiva fiscal, el timing es determinante. Vender en una fase de crecimiento permite optimizar la estructura de la operación, analizar si conviene transmitir participaciones o activos, planificar la tributación en el Impuesto sobre Sociedades o en el IRPF de los socios y, en su caso, aplicar regímenes de exención por doble imposición o beneficios fiscales vinculados a participaciones significativas. Asimismo, es posible estructurar adecuadamente un earn out y prever su impacto tributario futuro.

Cuando llegan las dudas y aparece el “vender o no vender” la decisión se retrasa y la empresa entra en una fase de tensión, la prioridad deja de ser la eficiencia fiscal y pasa a ser la supervivencia financiera. El riesgo jurídico es aún más sensible. Las primeras señales suelen ser tensiones de liquidez que se intentan resolver mediante refinanciaciones sucesivas. Posteriormente pueden producirse incumplimientos de covenants financieros, y si las pérdidas dejan reducido el patrimonio neto por debajo de la mitad del capital social, se activa una causa legal de disolución que obliga a los administradores a reaccionar con diligencia.

La legislación española es clara en cuanto a los deberes del órgano de administración ante situaciones de insolvencia actual o inminente. La falta de actuación puede derivar en responsabilidades personales, especialmente si se agrava la situación patrimonial.

Además, cuando la empresa entra en fase preconcursal o concursal, la venta se transforma radicalmente. Ya no se negocia desde la fortaleza de un proyecto con potencial, sino desde la urgencia de preservar la unidad productiva.

En ese escenario, el número de compradores potenciales se reduce, la capacidad de estructurar un proceso competitivo desaparece y el precio se ajusta a la contingencia. Lo que podría haberse gestionado mediante un beauty contest con varios interesados se convierte en una negociación limitada.

A ello se suma el impacto reputacional y contractual. Clientes estratégicos pueden activar cláusulas de cambio de control o rescisión anticipada si perciben inestabilidad. Entidades financieras revisan líneas de crédito. El deterioro no es solo contable, sino también estructural.

En contraste, un proceso iniciado en el momento adecuado permite analizar el sector, identificar compradores industriales o financieros que puedan obtener sinergias reales y, por tanto, pagar un múltiplo superior. Se comienza con un teaser confidencial, se filtran candidatos y se libera información progresivamente hasta firmar una exclusividad con quien asume el coste de la due diligence. Finalmente se alcanza el signing en un entorno controlado.

El componente emocional aparece tanto al inicio como al final. Sin embargo, entre ambos extremos debe prevalecer una gestión estrictamente profesional. En muchas operaciones el vendedor permanece uno o varios años tras la transmisión, con mecanismos de earn out que alinean intereses y garantizan continuidad. El verdadero coste emocional no está en desprenderse de la compañía, sino en comprobar que la demora ha reducido drásticamente el valor creado durante años.

Por ello, la decisión de vender no debe abordarse desde la resistencia sentimental, sino desde el análisis estratégico y legal. Anticiparse permite proteger el patrimonio, optimizar la fiscalidad, preservar la continuidad de la actividad y, sobre todo, mantener la capacidad de elegir. Saber identificar el momento adecuado no es una renuncia, en corporate, el tiempo no es neutro.

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