El pulpo del occidente de Asturias, entre los métodos tradicionales y la caída de capturas: “La pesquería está en peligro”
La pesquería artesanal multiplicó el valor del producto tras la certificación sostenible. La ausencia del molusco en el Cantábrico amenaza ese modelo
En la fachada de la lonja de Puerto de Vega, un pequeño pueblo del occidente de Asturias, hay dos carteles. El más grande anuncia visitas guiadas por este edificio con aspecto de iglesia simplificada con una pequeña campana en lo alto. En la planta de arriba hay un aula didáctica y una televisión. Allí, los encargados ponen un vídeo sobre la caza del pulpo con métodos tradicionales. Es la única manera de ver al animal, que lleva meses sin aparecer por estas costas. El segundo cartel, más pequeño, dice orgulloso: “Comprometidos con la pesca sostenible certificada de MSC”, en referencia a las siglas en inglés de Marine Stewardship Council, una organización que asegura que la actividad pesquera respeta el ecosistema.
Julio Blanco fue pescador de pulpo cuando la lonja consiguió su sello MSC. Ahora está retirado y se encarga de Arpesos, la asociación que gestiona la certificación junto con las cofradías y barcos con etiqueta MSC. “Fuimos adelante con ello porque queríamos darle más valor al pulpo de Asturias y a nuestros métodos, que ya eran muy sostenibles”, explica Blanco en el interior de la lonja un jueves a finales de febrero. La pesca de pulpo en esta zona ya se realizaba con embarcaciones artesanales de una eslora inferior a los 12 metros y un formato no invasivo.
Para ello utilizaban un método llamado “nasa”. Es una jaula del tamaño de un antebrazo rodeada por una red de pesca y con una abertura en forma de tubo en el centro. Por ahí se cuela el pulpo a por el cebo. El número de nasas está limitado a 125 por tripulante (con un máximo de 350). Los pescadores las dejan en el fondo del mar y vuelven a por ellas 24 horas después. Antes había temporadas en las que las encontraban llenas, pero eso ya no sucede.
El Principado de Asturias fue mejorando la normativa a partir de los años 2000. La actividad debía ser diurna, con descanso los fines de semana, y se estableció un peso mínimo de captura de un kilogramo. Desde 2003 se impuso un máximo de capturas por embarcación y por campaña de 10 toneladas. Con estas restricciones, el impacto en la población marina y en el entorno eran mínimos y surgió la posibilidad de conseguir la certificación de pesca sostenible de MSC. Querían la visibilidad internacional y el valor añadido que aporta este sello. Pero el examen es caro: las auditorías independientes cuestan unos 45.000 euros cada cinco años y 10.000 cada año, según Blanco.
En 2013, cuatro cofradías (Puerto de Vega, Ortiguera, Viavélez y Tapia de Casariego) decidieron intentarlo. Colaboraron con los biólogos del Centro de Experimentación Pesquera (CEP) y con los científicos de la Universidad de Oviedo y del extranjero para mejorar la metodología de recopilación de información. Tres años después tenían su estampita. “Fue la vida para nosotros”, relata Blanco. “Imagínate, estábamos vendiendo el pulpo a tres euros el kilo y pasamos a venderlo a 10 o más”. También se les abrieron las puertas del mercado internacional, con ventas a Estados Unidos, Suiza o Inglaterra.
Cinco años después, en 2021, otras tres cofradías se unieron al sello MSC hasta llegar a un total de 32 embarcaciones. Alberto Martín, director de MSC en España y Portugal, va más allá y detalla que para que una lata de pulpo pueda llevar el sello MSC hace falta algo más que una pesca responsable. “Tenemos dos certificados, uno que asegura que la pesca es sostenible y otro que tienen que conseguir las empresas en la cadena de distribución”, apunta. Para conseguirlo, estos actores deben demostrar que existe una trazabilidad precisa del producto. “Es esencial para que lo sostenible no se mezcle con lo que no lo es”, sentencia.
Esa es la razón detrás de los premios Mares Para Siempre 2026, que reconocen a las empresas que cumplen la normativa. Se celebraron a finales de febrero en Gijón. “Todos los participantes de la cadena de valor del producto son importantes. Si no, nuestra teoría del cambio sería imposible porque pescar de manera sostenible es caro. Para que ese sistema funcione tiene que haber un distribuidor responsable, un supermercado dispuesto a venderlo y un cliente dispuesto a comprarlo”, expone el director.
En retirada
En Puerto de Vega, sin embargo, esa teoría del cambio está en peligro. Principalmente, porque no hay pulpo. Sobre el suelo de la lonja apenas se ven unas cuantas cajas de erizo que se venden a voz en grito a una decena de compradores. “Antes, la campaña duraba cuatro meses y nos salvaba medio año, pero ahora ya casi no entra nada”, lamenta Blanco. “Y no sabemos a qué se debe”, dice. La misma situación se repite en el resto del mar Cantábrico. Otro hecho muy sospechoso: en las costas del norte de Francia y en el sur de Inglaterra, sin razón aparente, han pescado cantidades industriales de pulpo.
María del Pino, bióloga del CEP, advierte de que no hay datos suficientes para afirmar que el descenso en la pesca, que ya dura tres años, se deba a la subida de la temperatura de las aguas por el cambio climático. Pero esa es la hipótesis principal. “Sabemos que las poblaciones de pulpo son muy sensibles a estos factores, pero no sabemos si es una cosa puntual”, defiende.
Blanco admite que las condiciones son cada vez más difíciles para su actividad. “La pesquería del pulpo está en peligro”, alerta desde el suelo mojado de la lonja. Cada vez sale menos rentable pagar por una certificación cuando esta especie parece haberse movido hacia aguas más frías, sin ninguna promesa respecto a su vuelta.