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Opinión

La RAP no es una cuota administrativa, sino una arquitectura de responsabilidad

Cuando un envase se convierte en residuo, financiar su recogida y reciclaje y garantizar que existe capacidad operativa para hacerlo correctamente es obligación del productor

Basura para reciclar.cinoby (Getty Images)

Las empresas llevan décadas perfeccionando el arte de subcontratar. Logística, tecnología, atención al cliente, incluso fases enteras de la producción. La especialización ha hecho posibles negocios más eficientes y flexibles, capaces de concentrarse en aquello que hacen mejor. Pero hay decisiones que siguen perteneciendo al núcleo de la identidad de una compañía y de cómo esta ejerce su liderazgo. Es el caso de la Responsabilidad Ampliada del Productor (RAP), una política ambiental europea clave, que alcanza ya a buena parte del tejido empresarial y que extiende la responsabilidad de las compañías sobre lo que ponen en el mercado más allá de su venta.

Esta herramienta conecta la responsabilidad social con la transición hacia modelos circulares. Durante años, el discurso empresarial se expresó en el lenguaje del compromiso: objetivos, planes, adhesiones, ambición. La RAP pertenece a otra gramática: financiación, organización, trazabilidad, cobertura y resultados. Exige una responsabilidad verificable.

También modifica una frontera que parecía evidente. Ahora, cuando un envase se convierte en residuo, financiar su recogida y reciclaje y garantizar que existe capacidad operativa para hacerlo correctamente forman parte de la responsabilidad del productor.

Ese nuevo alcance explica por qué adherirse a un SCRAP no equivale a cumplir con la norma. El sistema colectivo es un instrumento, no el punto en el que la obligación cambia de dueño. O lo que es lo mismo: adherirse es elegir cómo cumplir, no haber cumplido. Parece una cuestión semántica, pero es estratégica.

Elegir un sistema es elegir la arquitectura que sostendrá el cumplimiento de la compañía: qué capacidad técnica, financiera y operativa existe detrás, qué cobertura ofrece, qué información permite conocer y qué garantías aporta. La adhesión deja así de ser un trámite para convertirse en una decisión de gobernanza. Y, por tanto, también de liderazgo: no basta con formar parte de un sistema; hay que exigir, impulsar y financiar su cumplimiento.

En el caso de los envases, esa arquitectura se construye junto a las administraciones públicas, responsables de prestar los servicios de recogida y gestión. Los convenios concretan la operativa y la financiación necesaria para sostenerla. Hacen visible una red de responsabilidades que solo funciona si cada actor asume la suya: las administraciones supervisan, los sistemas organizan y financian el cumplimiento, y los productores deben asegurarse de que aquello que les corresponde sucede de forma efectiva.

Ahí se juega también la madurez del sector. Liderar no es convertir el cumplimiento en un mínimo administrativo, sino elevar el estándar común hasta hacer de la solvencia, la trazabilidad y la capacidad material de ejecución las condiciones de partida. Solo así una red de responsabilidades puede convertirse en un sistema confiable.

Europa ha hecho de la RAP una de sus herramientas más potentes para acelerar la transición hacia una economía circular. Su éxito exige mucho más que el pago de una cuota: requiere que cada actor cumpla la parte que le corresponde y que el sistema no deje zonas grises entre unas obligaciones y otras. Porque cerrar el ciclo de los envases exige también cerrar el ciclo de la responsabilidad.

Rosa Trigo, consejera delegada de Ecoembes.

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