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China: ¿rival sistémico para Europa o aliado en un mundo fragmentado?

Las turbulencias geopolíticas y el alejamiento entre Bruselas y Washington obligan a los Veintisiete a revaluar su relación comercial y política con Pekín. Sin embargo, los expertos destacan que el Viejo Continente sigue considerando al gigante asiático como un competidor feroz que utiliza la dependencia económica como arma

El presidente de China, Xi Jinping, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el jueves 6 de abril de 2023 en PekínLudovic Marin (AP)

El enemigo de mi enemigo, ¿es mi amigo? Ante la creciente fragmentación global, esa parece ser la cuestión que no deja de dar vueltas en la mente de los líderes y analistas europeos. Las políticas confrontativas del Gobierno estadounidense de Donald Trump, agravadas por la crisis en Oriente Próximo, están erosionando las bases de una alianza atlántica de 70 años, obligando al Viejo Continente a buscar nuevos aliados alrededor del planeta. En este contexto, los Veintisiete (con España a la cabeza) ponderan revaluar sus vínculos con China, un “rival sistémico” con el que las relaciones se han deteriorado drásticamente en la última década, pero que juega un papel clave para proteger el libre comercio y alcanzar el objetivo europeo de la autonomía estratégica.

Félix Valdivieso, director del IE China Observatory, explica que la relación entre China y la UE no se ha roto, pero sí se ha vuelto mucho más defensiva, transaccional y estratégica en las últimas décadas. “El vínculo sigue siendo enorme en volumen, pero hoy está atravesado por tres factores: seguridad económica, rivalidad industrial y desconfianza geopolítica. La UE mantiene que no busca un decoupling [desacople] con China, sino un de-risking: reducir dependencias críticas sin romper la relación. El problema es que, en la práctica, la fragmentación global está empujando a ambos bloques hacia una relación menos cooperativa y más condicionada por el riesgo”, indica el experto a CincoDías.

A pesar de lo anterior, el surgimiento del proteccionismo estadounidense está forzando un acercamiento entre Bruselas y Pekín, sobre todo en el ámbito de la protección del multilatreralismo y las reglas comerciales de la Organización Mundial del Comercio (OMC), pero también para tratar de desviar los excedentes de exportación que ya no irán a Estados Unidos. “China podría ser un socio táctico en la defensa del libre comercio y la oposición al proteccionismo unilateral, pero su compromiso es selectivo y está alineado con la preservación de su propio modelo de desarrollo”, apuntala Sophie Altermatt, economista de Julius Baer.

Acercamiento

Una evidencia de la aproximación entre los bloques es el número récord de líderes europeos que han viajado a China recientemente. Por lo menos, nueve líderes europeos han visitado Pekín desde el inicio del segundo Gobierno de Donald Trump; entre ellos la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen; el canciller de Alemania, Friedrich Merz; el presidente de Francia, Emmanuel Macron; el presidente del Consejo Europeo, António Costa, y el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez (que por cierto ha visitado el país cuatro veces en cuatro años).

“Este escenario abre una valiosa oportunidad para redefinir las relaciones con Europa, y China parece dispuesta, con cautela, a aprovecharla. La primera delegación del Parlamento Europeo a Pekín en ocho años confirma que el equilibrio global está cambiando. La pregunta es si una renegociación estratégica en el eje UE-China es factible hoy en día. Es posible, pero los responsables políticos no deben ignorar los problemas sin resolver ni los riesgos reales”, manifestó Arvea Marieni, miembro del jurado del programa acelerador del Consejo Europeo en un análisis reciente.

De hecho, durante la última visita de Sánchez al gigante, Xi Jinping instó a China y España a consolidar la confianza mutua y colaborar estrechamente para “rechazar cualquier retroceso hacia la ley de la selva, y defender conjuntamente el verdadero multilateralismo”. Asimismo, el secretario general del Partido Comunista chino sugirió que ambos países deben salvaguardar el derecho y el sistema internacional centrado en la ONU. Según resume un comunicado oficial, Xi pidió también promover un mundo multipolar “equitativo y ordenado”, y una globalización económica “universalmente beneficiosa”.

Lorenzo Codogno, profesor visitante en el Instituto Europeo de la London School of Economics and Political Science, respaldó esta postura en una publicación reciente: “China y la UE pueden resistir las presiones proteccionistas equilibrando la resiliencia, la autonomía y la apertura. Deben fortalecer pragmáticamente la cooperación económica y comercial para defender conjuntamente un entorno global abierto de comercio e inversión, garantizando beneficios mutuos y resultados beneficiosos para todos. Ha llegado el momento de replantear la gobernanza económica global mediante un enfoque multilateral basado en normas compartidas y respetadas, el derecho internacional, la coexistencia pacífica y el libre comercio”, sustentó Codogno.

Riesgo y desequilibrio

Los especialistas, no obstante, coinciden en que acercarse a Pekín puede ser complejo para la UE. Martin Wolburg, economista sénior en Generali AM, resalta que China puede ser, simultáneamente, un socio de cooperación con objetivos alineados; un interlocutor con el que la UE debe equilibrar intereses; un competidor económico en la carrera por el liderazgo tecnológico, y un rival sistémico que promueve modelos de gobernanza alternativos.

“En la práctica, esto significa que la UE considera que, en algunos ámbitos, el enfoque de China difiere de manera fundamental del modelo de gobernanza liberal-democrático y del funcionamiento del mercado tal y como los entiende la UE, y que puede reconfigurar o desafiar el orden internacional basado en normas que la UE afirma querer defender, con estándares, instituciones, apertura y reciprocidad”, responde el economista de Generali tras ser consultado por este diario.

Por otro lado, la dinámica entre ambas regiones se ha vuelto compleja. A pesar de la intensa relación comercial, las prácticas anticompetitivas de Pekín han empujado a la UE a limitar la inversión extracomunitaria en sectores estratégicos e imponer gravámenes a los productos chinos como los coches eléctricos o los paneles solares.

A este respecto, Wolburg recuerda que China ha recurrido en repetidas ocasiones a controles de exportación, retrasos aduaneros y presión regulatoria en disputas comerciales. “Dada la dependencia europea de las tierras raras, las baterías y otros componentes clave, restricciones repentinas o ralentizaciones administrativas podrían traducirse rápidamente en parones de producción y mayores costes. Estas vulnerabilidades se extienden a ámbitos estratégicamente sensibles, como la defensa, la transición energética y la infraestructura digital. Mientras tanto, la entrada sostenida de bienes manufacturados chinos subvencionados puede erosionar la competitividad de los productores europeos, desincentivar la inversión y correr el riesgo de encasillar a Europa en segmentos de menor valor”, dice el experto de Generali.

De hecho, dos de las medidas más recientes de Bruselas para proteger el mercado común retratan la desconfianza hacia China Por un lado, la Ley de Aceleración Industrial exigirá una cuota made in Europe para proyectos con financiación comunitaria, limitando la participación de China y sus productos en la infraestructura regional. Por el otro, la reciente reforma en la Unión Aduanera aplicará nuevas tarifas a los paquetes extracomunitarios de bajo valor, afectando directamente los costes de plataformas chinas, como Shein, AliExpress o Temu, y blindando al segmento minorista. Por supuesto, se tiene que recordar también que el apoyo silencioso de China a Rusia en la invasión a Ucrania es otro factor político que complica las relaciones.

¿Cooperación?

Así, el problema de Europa es que no negocia desde una posición de igualdad. China es uno de sus principales socios comerciales y además es clave para objetivos como la transición ecológica, pero mantiene su mercado altamente restringido para las exportaciones y las inversiones europeas. “En plena era de reducción de riesgos, Europa depende más de las manufacturas chinas, mientras vende menos al mercado chino. Eso refuerza en Bruselas la percepción de que la interdependencia actual es asimétrica”, apunta Valdivieso, para después resaltar que la balanza comercial se ha deteriorado. Según Eurostat, en 2025 la UE exportó a China 199.600 millones de euros e importó 559.400 millones, con un déficit récord de 359.800 millones.

Dicho esto, los analistas concuerdan en que el futuro de Europa está ineludiblemente ligado a China en el corto y mediano plazo. Sin embargo, aclaran que el grado de autonomía y cooperación que Europa puede alcanzar parece limitado. En concreto, se cuestiona de que la visión de los Veintisiete para la reforma de la OMC y el comercio puedan encajar con las prácticas anticompetitivas de Pekín. En esta línea, los avances para desarrollar una mejor relación y para promover intereses mutuos dependerán de la voluntad política de la UE y sus miembro por presionar para lograr un equilibrio.

Martin Wolburg plantea que China puede ser un “aliado” del libre comercio solo en un sentido limitado y táctico, y descarta que pueda alinearse totalmente con la visión europea. “La agenda de la UE para la reforma de la OMC apunta explícitamente a prácticas antimercado, distorsiones y exceso de capacidad. La UE considera que estas cuestiones son centrales en las tensiones actuales, por lo que la cooperación con China es necesariamente puntual y no estratégica”, indica el experto de Generali.

Desde Julius Baer plantean que una dinámica más equilibrada entre la UE y China podría ser factible a medio plazo, pero debería basarse en la reciprocidad y la transparencia. “Esta rivalidad refleja una tensión estructural a largo plazo sobre el funcionamiento de las normas económicas mundiales. El capitalismo de Estado chino, caracterizado por las cuantiosas subvenciones, el papel de las empresas estatales, los controles a la exportación y la influencia política en los mercados, desafía cada vez más los principios de la UE”, argumenta Altermatt. “Es probable que la futura relación entre ambas regiones se fundamente en un enfoque pragmático, que combine el compromiso con una gestión sistemática de los riesgos”, responde la experta tras ser consultada por este diario.

Robert Gilhooly, economista sénior de mercados emergentes de Aberdeen, piensa que los factores estructurales “profundamente arraigados” y las decisiones políticas también apuntan a que los avances hacia una relación más equilibrada serán limitados. “Si se analiza la situación con perspectiva, las balanzas comerciales reflejan la dinámica del ahorro nacional y hay pocos indicios de que ninguna de las partes esté tomando medidas que, en conjunto, conduzcan a un reequilibrio. En China, la geopolítica sigue marcando la combinación de políticas, reafirmando el enfoque en la autosuficiencia tecnológica y manteniendo una política desfavorable al aumento del consumo y, por lo tanto, de las importaciones. Una dinámica similar opera en el lado de la UE para amplificar las tensiones subyacentes”, señala el economista.

Finalmente, Valdivieso considera que es factible mejorar el equilibrio, pero no es realista pensar en una simetría plena. “La relación seguirá siendo asimétrica porque China conserva ventajas de escala, costes, integración industrial y capacidad estatal que Europa no puede replicar rápidamente”, señala el experto. “Aun así, la UE es capaz de corregir parte del desequilibrio si adopta con urgencia una serie de medidas. La gran pregunta es si las políticas de espuela con respecto a Europa, practicadas por Estados Unidos y China, conseguirán espolear a la UE para avanzar o para retroceder en su relevancia”, sentencia el experto.

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