Borrell sobre el origen de la declaración de la renta: “No fue una revolución armada pero costó mucho aplicarla”
El IRPF es el impuesto más progresivo y que mejor ayuda a la redistribución y la equidad según los expertos


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Abril está ligado en el calendario a un gesto tan revolucionario como es el pago de impuestos. La Renta es un gravamen joven frente a aranceles o peajes que existen desde hace siglos. La dificultad para controlar los ingresos de millones de contribuyentes demoró su aplicación efectiva, pero ya en 1932, en el Bienio progresista de la II República, se hizo una primera aproximación para gravar la riqueza. No fue hasta 1977 cuando se introdujo el IRPF de forma similar a la actual, de la mano de Francisco Fernández Ordóñez. Es el impuesto más progresivo, pero su aplicación fue polémica en la Transición.
“Lo que significó en España el IRPF no lo hubiera conseguido una revolución en el sentido violento del término”, dice Josep Borrell, ex Secretario de Estado de Hacienda y padre de la Agencia Tributaria. Borrell hizo una profunda labor de pedagogía al razonar que en una democracia la lucha de clases se libraba en la tarifa del IRPF. “No fue una revolución armada pero costó mucho aplicarlo, con un resultado mucho más redistributivo que cualquier revolución de los años 30”, reflexiona el exministro.
Se puede argumentar que no hay democracia sin sistema tributario; tanto es así que la reforma fiscal se aprobó antes que la Constitución que consagra el pago de impuestos. El IRPF español tomó como modelo el canadiense de Kenneth Carter, que desarrolló conceptos como la base imponible, la equidad y la búsqueda de la no distorsión de la economía.
Borrell tuvo que lidiar con los letrados para explicar el sistema de tramos: “Yo les decía que para graduar bien la función de la renta habría que tener en realidad infinitos tramos, y ellos querían los mínimos posibles”. Pero las dos grandes batallas fueron el secreto bancario y la gestión informática. “Los bancos se negaban y le decían a Felipe que aquello era una aberración y que se irían los capitales. Yo le explicaba que si el Estado conocía las rentas de los trabajadores, también tenía que conocer el capital”. El Tribunal Constitucional dio la razón a Borrell.
Hasta que no se fundó la AEAT en 1992, los impuestos eran un brindis al sol. “Las declaraciones se apilaban en los pasillos del ministerio, era imposible revisarlas”, recuerda Borrell sobre la creación de la Agencia, inspirada en el IRS estadounidense. “Nos dijeron que estábamos privatizando los impuestos”, rememora. En aquellos años del plomo, el político se tenía que esconder no por ETA, sino porque le increpaban por la calle al grito de “¡Mira, es el de Hacienda!”. Hoy la AEAT es de las más informatizadas del mundo, pero el país no ha logrado superar las reticencias de sectores que operan en negro, situándose la economía sumergida en el 17%-18%.

La adherencia a pagar impuestos tiene que ver con el retorno que el ciudadano percibe. Tan importante es cómo se recauda como cómo se gasta. La redistribución es un binomio.
Los sistemas de Europa continental se rigen por principios de equidad y progresividad, descansando sobre la imposición directa, buscando el equilibrio entre minimizar distorsiones y maximizar la redistribución. “Cuanto más intensa es la redistribución, más probable es que se generen distorsiones”, explica Borja Gambau, experto de Afi. Tipos marginales altos mejoran la progresividad, pero pueden afectar a incentivos. Esto último fue lo que dejó plasmado Laffer en su teoría de la servilleta, que ha servido para defender impuestos bajos, aunque no tuvo en cuenta las externalidades negativas de la desigualdad que son la carcoma de las democracias.
Cuanto más grande, mejor
Amory Gethin, investigador del World Inequality Lab, da claves para un buen sistema: el tamaño importa y cuanto más grande es el Estado del bienestar se redistribuye más y que las transferencias son más progresivas que los impuestos. Gethin sostiene que para garantizar la progresividad no se debe abusar de impuestos indirectos como el IVA, y que las transferencias deben orientarse a los más vulnerables. Otros, como la OCDE, discrepan y prefiere que la recaudación descanse más sobre el IVA alegando que los ricos terminan pagando mucho al consumir más.
Gethin identifica tres tipos de impuestos progresivos: Sociedades, que reduce la desigualdad al pagarlo los accionistas; el IRPF con tipos marginales crecientes; y Sucesiones. Sin embargo, el experto lamenta que en la actualidad pocos países cuentan con sistemas verdaderamente progresivos, tendiendo a ser débiles o regresivos. Gethin aboga por sistemas simples, fáciles de cumplir y que generen la menor distorsión posible.
En la pata del gasto, el consejo es apuntar a colectivos concretos. A España se le ha dado algo mejor ingresar que gastar. Históricamente, las transferencias sociales eran escasas, con poco apoyo a la pobreza infantil, lo que lleva a España a salir mal en la foto de la desigualdad frente a sus vecinos.
Los investigadores López Laborda, Onrubia y Rodado analizaron la ineficiencia española en 2023, destacando el abuso de los tipos reducidos del IVA. Creen que el problema es la falta de suficiencia por un colador de bonificaciones. Así, las pensiones se convierten en el principal instrumento de redistribución, descuidando otras políticas de familia. Aunque la presión fiscal no salga tan desviada frente al entorno, el éxito de la intervención pública para reducir la desigualdad es de los peores de la Unión Europea.
“Los datos no apoyan que una alta presión fiscal limite el crecimiento. Puede haber una presión elevada pero si los ingresos están bien utilizados en educación o infraestructuras, como hacen los nórdicos, se crece”, explica Desiderio Romero, catedrático de la URJC e investigador de Funcas.
Los cambios para modernizar el sistema español están en el Libro Blanco de 2022, pero no se sabe cuándo tendrán apoyo parlamentario. Por ahora solo cabe ser eficientes con el gasto, algo que no se logró en el último paquete de ayudas que incluyó la gasolina para todos por necesidades políticas. Entre las medidas que el Gobierno puede hacer por contar con una mayoría suficiente está la deflactación del IRPF tras años de inflación.
Doble impuesto
Hacienda asegura que una deflactación general beneficiaría a los ricos y ha optado por bajar impuestos directos a rentas bajas y reducir el IVA de alimentos, justo lo contrario de lo que aconsejan los expertos. Para los consultados, la no-deflactación supone una doble mordida a las clases medias. La deflactación es “esencial para mejorar la transparencia y la aceptabilidad política. No hay motivos para creer que determinados contribuyentes deban soportar picos de inflación inesperados”, dice Gethin. Para Francisco de la Torre, inspector de Hacienda y ex-diputado de Ciudadanos, la falta de actualización hace “que sea la inflación la que te diseña el impuesto”, forzando a que la recaudación dependa del IRPF sin pasar por el Parlamento, mientras países como Francia tienen ajustes automáticos.
El efecto de la inflación es además muy asimétrico sobre los diferentes impuestos. La no deflactación de la tarifa ha llevado a que suba el tipo medio de IRPF, explica Desiderio Romero, mientras que el tipo del IVA se ha quedado en los niveles de 2019. De la Torre dice que aunque la recaudación por Renta es similar a los países vecinos, la que procede del consumo y de los impuestos especiales cada vez se queda más por debajo.
Los Impuestos Especiales son los que gravan los bienes o consumo que tienen externalidades negativas por ser perjudiciales a la salud o el medioambiente. En términos generales estos gravámenes son fijos, por litro, por cajetilla, etc… así que el impuesto ha ido perdiendo efecto sobre el precio final, recaudando cada vez menos. El estado de los impuestos medioambientales en España es muy malo por no decir inexistente.
Los impuestos a la riqueza tienen cada vez más adeptos aunque son escasos los Gobiernos centrales que los apoyan. Los más ricos han desarrollado numerosos métodos para eludir el pago de impuestos, trasladando los beneficios de sus empresas al extranjero u ocultando su patrimonio en paraísos fiscales. “Desde el punto de vista político, garantizar que las personas con altos ingresos y gran patrimonio se enfrenten a los mismos tipos impositivos efectivos que el resto de la población es fundamental para asegurar que el Estado del bienestar sea percibido como justo y legítimo”, dice Gethin.
En este contexto, se necesitan nuevas herramientas, como impuestos progresivos sobre el patrimonio personal o impuestos de sociedades que graven las ventas nacionales en lugar de los beneficios, para recuperar la verdadera progresividad del sistema tributario, recomienda.
El mediático alcalde de Nueva York ha anunciado ya en su campaña Tax the Rich impuestos locales para los más adinerados, un lema que ha tenido eco en el grupo de Más Madrid en el Ayuntamiento que ha lanzado una campaña similar.
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