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Inteligencia Económica
Análisis

Tierras raras, Internet... Con qué hacen negocio las empresas en el espacio

SpaceX ha conseguido abaratar los lanzamientos creando un nuevo ecosistema empresarial sobre nuestras cabezas

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Gracias a la misión Artemis 2 el espacio está de moda y en los próximos meses veremos la que puede ser la mayor salida a bolsa de la historia: SpaceX. La pregunta es inevitable: ¿Es el espacio rentable?

Qué hay detrás

El hombre pisó la luna en el verano de 1969 y si los planes siguen su curso, volverá a dejar su huella en 2028, casi sesenta años después. ¿Por qué han pasado seis décadas hasta repetir esta hazaña? El consenso de los expertos da la respuesta en una cuestión de incentivos. En los años sesenta, en plena Guerra Fría, Washington tenía como objetivo ganar la carrera espacial a Rusia, algo que logró con claridad. Pero una vez cumplida la misión, los incentivos comenzaron a decaer, lastrados por el gran coste económico del programa espacial y el poco retorno que se le podía exprimir en aquel momento. Los diferentes gobiernos estadounidenses tuvieron una aproximación errática al espacio, y deshicieron el camino, desperdiciando gran parte del conocimiento científico adquirido.

Pero en la última década, los incentivos han vuelto sobre la mesa gracias a varios nuevos jugadores que han reconstruido el mercado. Estados Unidos ya no mira a Rusia en la carrera espacial pero China se ha convertido en un rival formidable. Ante la ausencia de regulación, dejar que los chinos conquisten la luna o cualquier otro asteroide significativo, como Psyque —del que se cree que tiene reservas de platino, de oro, o Molibdeno por un valor mayor a toda la economía mundial— sería un error imperdonable para el dominio espacial incontestable de los estadounidenses. La luna tiene cada vez más posibilidades de ser rentable, gracias a sus potencial riqueza en tierras raras o en materiales como el Helio-3 que si se logran traer a la tierra podrían dar un giro a los procesos de fusión nuclear. El romántico satélite de la tierra es visto como un recurso a exprimir en un momento de competición internacional por los minerales.

El otro jugador que ha devuelto a EE UU a la carrera espacial compite en casa. Es Elon Musk que con su integración vertical del lanzamiento de cohetes en SpaceX ha conseguido abaratar los costes de lanzar cosas al espacio, rebajando la carga financiera y abriendo una puerta a otras aventuras comerciales de tipo privado. Su imbatible precio ha hecho de su empresa casi un monopolio y un ejemplo inspirador para el ecosistema del New Space, donde otros emprendedores han visto que este sector podía ser accesible más allá de los brazos de la NASA.

El éxito del modelo de Musk es el precio y el multimillonario lo ha conseguido gracias a la integración vertical del negocio y a que sus cohetes no son desechables sino reutilizables. Él construye el cohete, lo lanza, lo recicla y lo hace prácticamente todo en casa. El nivel de integración sería como si en la aviación civil Airbus montara una aerolínea para explotar comercialmente las aeronaves que fabrica. El cambio de paradigma es tan radical como lo fue Ford en su día con la fabricación en cadena, o el revolucionario sistema de Fast Fashion de Zara. Si Amancio Ortega democratizó la moda, Musk ha democratizado lanzar satélites al espacio.

“SpaceX ha revolucionado el lanzamiento y transporte con un nivel de avance tecnológico que ha dejado a la NASA atrás y entonces otras empresas han visto el negocio”, dice Philip Moscoso, profesor de operaciones, información y tecnología en IESE Business School.

“El modelo tradicional que marcaba la NASA fijaba que la cadena de valor la hacía un especialista y se subcontrataba muchísimo. Musk integró la agilidad. No solo se trata de hacerlo barato sino en tiempo y rápido, acortó los plazos muchísimo”.

Además, el magnate sudafricano fue un paso más allá al decidir que se iba a centrar en la parte de la cadena de valor espacial con más margen de negocio. Y no, no es el lanzamiento, pese a que es imprescindible y escasos los lanzadores. Es la parte final, aguas abajo en el llamado downstream que es el servicio que se presta y en este caso lo hace mediante las telecomunicaciones. Musk envía de forma muy económica satélites al espacio. Así que ha mandado alrededor de 7.500 formando la constelación Starlink que es líder indiscutible en telecomunicaciones en el mundo.

“Musk ha cogido el cuello de botella de los lanzadores, lo ha monopolizado y luego ha aprovechado para desarrollar él su propio negocio y quedarse con el trozo de la tarta más grande”, resume Moscoso.

La historia de éxito solo tiene un pero. La animadversión de casi todas las potencias no-estadounidenses hacia el controvertido magnate y la tendencia imparable de cortar dependencias con Estados Unidos. Aunque a años luz, otros países tratan de replicar el modelo de Musk para no depender de él. Pero por ahora, son pocos los lanzadores que pueden rivalizar. A menor escala (de tamaño de satélites), la neozelandesa Rocket Lab se ha convertido en el mejor recurso de quienes quieren lanzar sin pasar físicamente por EE UU (pero su sede social está en California).

Para el avance tecnológico la competencia privada es una buena noticia. Y otro magnate estadounidense, Jeff Bezos, se ha picado con Musk y aunque parte de mucho más atrás está poniendo al día sus proyectos espaciales como Blue Origin, que nació centrada en el turismo espacial pero se ha ido redireccionando hacia la carrera lunar. Bezos ha anunciado la compra de Globalstar para escalar en el servicio de las telecomunicaciones. Con esta integración la constelación de Bezos, Amazon Leo, prestará servicios a Apple y Apple Watch, donde ahora no llegan las comunicaciones terrestres. De salir, la operación es la primera amenaza seria al dominio de Starlink y un arañazo a las enormes expectativas de la salida a bolsa en los próximos meses de la compañía.

Qué va a pasar

El mercado espacial alcanzó en 2025 los 613.000 millones de dólares, según cálculos del think tank estadounidense Brookings, del que el 78% era comercial dejando claro que ya no es un sector de entidades públicas. El potencial que calculan varias consultoras, como McKinsey, es que se triplique para 2035. La colaboración público-privada es la clave, con los Estados apoyando (en algunos casos con subvenciones y en otros con contratos) el desarrollo tecnológico. Pero pese a las abultadas cifras, el esfuerzo presupuestario no es excesivo. La OCDE calcula que EEUU apenas dedica un 0,2% del presupuesto al espacio y la media de los países del G-20 no llegan al 0,1%. Sin embargo, respecto a 2008, EEUU es el país que más ha reducido su presupuesto (frente al resto que lo ha aumentado).

La NASA ha sido un actor crítico para bombear el dinero que ha generado este ecosistema de empresas proveedoras y también la liquidez necesaria para el nacimiento de la aventura espacial de Musk. Pero el abaratamiento de costes de SpaceX es que ha diversificado las opciones comerciales, con por ejemplo, empresas privadas que se ofrecen a llevar las cenizas de un familiar querido y lanzarlas al espacio. Si el precio no es un factor limitante, llegar al espacio tampoco lo es.

“En 20 años el espacio será una parte indisociable de la vida”, dice Juan Carlos Cortés, director de la Agencia Española del Espacio y creyente en que la posibilidad de una aldea lunar está al alcance de la mano.

El coste de lanzar objetos al espacio va al peso, como comprar toallas o loza en Portugal. A principios de los ochenta lanzar un kilo al espacio costaba del orden de 51.000 dólares, y con SpaceX se ha abaratado hasta los 2.700 dólares. Las proyecciones son que en los próximos años con Starship, la nueva nave de la empresa, el kilo puede caer hasta los 200 dólares.

Este abaratamiento, y la capacidad de la empresa de hacer muchos lanzamientos, puede acelerar el problema de basura espacial que es uno de los principales riesgos a los que se enfrenta la humanidad en el futuro inmediato. La falta de regulación y de una obligación de eliminación sobre los satélites inservibles está llenando el espacio de zombis y de basura espacial con el grave riesgo de una colisión en cadena.

No solo el precio por kilogramo lanzado se ha abaratado, es que la tecnología ha ido haciendo satélites cada vez más ligeros lo que también ha permitido mejorar las prestaciones en relación con el peso. Es lo que hace Fossa, una empresa española que nació volcada en las posibilidades comerciales de los nanosatélites como vía para expandir el Internet de las Cosas, (y prestar servicios por ejemplo en agricultura y ganadería) pero que se ha ido orientado a la Defensa, tal y como marca el devenir de los tiempos.

Su jovencísimo CEO, Julián Fernández de 24 años, reconoce que el bum de la soberanía les ha llevado a orientarse en los últimos dos años hacia las comunicaciones personales en defensa. Han entrado en aceleradores de la OTAN como el programa Diana y han aumentado un poco el tamaño de sus satélites, entre 10 y 100 kilos aunque siguen teniendo sus oficinas y laboratorio en la Gran Vía de Madrid con 60 empleados y ya próximos a los cinco millones de facturación. Fossa vende sus satélites como llave en mano garantizando la soberanía europea total del producto ya que controla la cadena de valor. Su pequeña constelación de ocho satélites ya cubre la tierra aunque no en tiempo real, enviando señales a un mismo punto cada diez horas. Pero asegura que es suficiente para que algunos de sus clientes opten por este sistema. Pone como ejemplo un caso similar al del piloto del caza estadounidense que fue derribado en Irán y cuya prioridad era mandar una baliza de emergencia por un canal imposible de interceptar, aunque fuera a costa de horas de espera.

Si el coste de lanzar satélites va al peso, el éxito de las constelaciones va a volumen. Para reducir la latencia y no tener sombras de cobertura se necesitan miles de satélites orbitando alrededor de la tierra, algo que además de Starlink conseguirán pronto los chinos que planean una mega constelación (que aún así estará por detrás de la de Musk). Europa tiene una constelación proyectada, IRIS², que por ahora tendrá algo menos de trescientos satélites.

La miniaturización de los satélites obliga a Fossa y a otros competidores a que cada elemento que se incorpora en la unidad sea lo más ligero posible. De ahí que la tecnología de propulsión eléctrica que prepara la española IENAI sea una de las más solicitadas. Los propulsores son los pequeños cohetes que van reposicionando a los satélites en el espacio cuando por diversas causas se desvían de la orientación óptima o tienen que evitar colisiones contra basura espacial. El CEO de IENAI, Daniel Pérez, explica que al funcionar de forma eléctrica se ahorra el combustible de los propulsores de combustión, aligerando el resultado final y haciendo el satélite mucho más eficiente. IENAI está en una fase de levantar financiación y ya cuentan con diez millones para escalar su proyecto que tiene oficinas en Madrid, Barcelona y Suecia.

Pero sin duda la joya de la corona de la cadena de valor espacial española es el lanzador PLD que tiene capacidad para lanzar satélites cada vez de mayor tamaño y garantizando un servicio completo Made in Europe. Con base en Elche, Alicante, la empresa es la gran promesa europea para lanzar cosas al espacio con soberanía garantizada. Solo once países tienen lanzadores espaciales y Europa tiene una clara desventaja geográfica. Los lanzadores tienen que emitir en dirección a la rotación de la tierra, esto es, al Este, donde Europa tiene un continente y EE UU tiene un océano. Esto hace que PLD y cualquier otra compañía europea tenga que cruzar el charco hasta la Guayana francesa para poder lanzar de forma segura. Solo algunos satélites que quieren estar posicionados en la órbita norte son lanzados desde Noruega.

Superada esta complejidad, tener un lanzador español de capital privado en un momento geopolítico como el actual es una oportunidad, asegura Moscoso que en su clase del IESE explica el caso de éxito de PLD. El mercado tiene un claro desajuste entre la cantidad de satélites que se fabrican y las empresas que pueden lanzarlos. Las fuentes consultadas coinciden en que Europa tiene capacidad tecnológica de sobra para tener un gran lanzador, pero la falta de inversión ha llevado a este agujero. El proyecto Ariane 6, que ha sido un calvario de retrasos y fallos, ya puede lanzar… alrededor de seis veces al año, frente a SpaceX que lanza de media tres veces a la semana.

“Europa tiene un cuerpo de astronautas pero no tiene cómo enviarlos al espacio”, recuerda Cortés que dice que la decisión de tener un lanzador europeo de cápsulas tripuladas es una decisión política que tienen que tomar los países europeos en conjunto.

Pero PLD va más allá queriendo simular en una escala algo más pequeña la integración vertical de SpaceX. Ya han lanzado su propio cohete al espacio (el Miura 1) pero ahora trabajan en el lanzamiento del Miura 5 que les permitiría transportar satélites de hasta 1.000 kg de peso y posicionarlos en una órbita terrestre baja. Un paso de gigante en la soberanía espacial española.

El CEO de PLD, Raúl Torres, reconoce que con el inminente lanzamiento del Miura 5 se acercan “al momento de la verdad”. El proyecto ha contado con el apoyo de los fondos europeos Next Generation y tiene al CDTI —la sociedad pública de tecnología— como principal accionista, pero también ha levantado rondas de financiación privadas. “La financiación es el subsistema más complejo del cohete”, dice Torres que asegura que “si entregas lo que prometes, el dinero llega” y en la última ronda prescindieron de tener un asesor financiero, algo muy inusual. En una década Torres se ve lanzando una cápsula tripulada pero no se fija como objetivo competir con Space X. “Es utópico ahora mismo”.

Torres no tiene intención de mover su proyecto de Elche donde está creando un auténtico ecosistema espacial y ya se plantea incluso hacer una academia de Formación Profesional para tener más perfiles técnicos, fresadores, fontaneros… pese a las dificultades iniciales de financiación, apuesta por España como potencia industrial y su caso es una inspiración para los otros jóvenes lanzando start-up del New Space.

Otro referente español en el sector es GMV, una compañía que nació como una spin-off universitaria de la Universidad Politécnica de Madrid centrada en el espacio y cuya tecnología está presente en casi cualquier objeto relevante que esté ahora mismo en el espacio. Miguel Ángel Medina, director de Sistemas Espaciales de GMV, explica que uno de sus éxitos ha sido centrarse en la tecnología en la que son fuertes, en este caso los sistemas de control, lo que se necesita desde la tierra para gestionar un satélite a bordo.

Son responsables del centro de control de Galileo, el sistema de navegación europeo que es el mejor del mundo, como también lo es Copernicus, el sistema de observación de la tierra, las dos patas espaciales en las que Europa es fuerte y competitiva. Medina ve un agujero claro en el ámbito de las comunicaciones seguras que los europeos deben rellenar.

El Consejero Delegado de Hispasat, Miguel Ángel Panduro, aboga por profundizar en estas líneas de negocio en las que Europa puede liderar a nivel mundial. “Galileo es mucho mejor que el GPS para la navegación aérea, otro de nuestros fuertes es el Air Traffic Management System, un sistema muy robusto de navegación global en el que Indra Space —donde ahora se integra Hispasat— es muy fuerte". Como el resto de las fuentes consultadas, Panduro es escéptico con la constelación proyectada por la UE bajo el nombre IRIS². “Llegamos tarde pero la necesitamos por soberanía estratégica”, resume el ejecutivo que cree que Europa debería centrarse en inteligencia de señales. Una de las aplicaciones de Defensa para la que los satélites son imprescindibles es para advertir por ejemplo del despegue de un misil. También el CSIC pide usar los satélites para detectar yacimientos de minerales críticos

La constelación de IRIS² está comenzando a construirse por el consorcio SpaceRISE formado por la española Hispasat, la francesa Eutelsat y la luxemburguesa SES. Pese a la apuesta decidida de los gobiernos europeos por IRIS², Alemania acaba de anunciar que lanzará su propia constelación. Ser dueño y señor de tu propia constelación es perentorio y Berlín no quiere retrasos ni falta de control como está sucediendo en otros grandes proyectos paneuropeos, como el FCAS. Pero Cortés, de la Agencia Española, no cree que esto suponga una amenaza al proyecto. En su opinión, “Europa es una potencia espacial que tiene logros pero hay una fragmentación espacial que tenemos que corregir”, añade.

Para superar esta atomización y crear un campeón europeo de construcción de satélites se ha lanzado la operación Bromo que busca la fusión de las divisiones espaciales de Airbus, Thales y Leonardo. La operación, que está pendiente del sí de la Competencia Europea y que las fuentes consultadas indican que con casi toda seguridad tendrá el visto bueno, preocupa mucho en España. Hispasat —o Indra Space—se quedará fuera de este grupo, lo que le hará menos competitivo y le abocará a plantearse también la integración. GMV, el otro gran actor, pasará a ser automáticamente la cuarta empresa más importante de Europa en el espacio, pero con una escala muy alejada, lo que también puede resentir el negocio. “La fusión de las tres grandes resultará en que puedan hacer todo o casi todo lo que hacemos hoy día”, concluye Medina.

El dato: 15.295 satélites

Es el número de satélites activos que se estima que están en órbita en este momento y casi dos tercios son de Elon Musk. El número de objetos orbitando si se tienen en cuenta los zombis y restos el número se duplica. Al menos cien países han logrado lanzar un satélite

El concepto: Teoría de Kessler

El científico de la NASA Donald J. Kessler describió en 1978 un efecto dominó catastrófico en la órbita terrestre que lleva su nombre. Según su teoría, la densidad de objetos en la órbita baja terrestre (LEO) llega a ser tan alta que una sola colisión genera una nube de escombros que, a su vez, impacta contra otros satélites y crea una reacción en cadena exponencial. La órbita se volvería inutilizable y no podríamos tener GPS, internet por satélite, ni salir de la Tierra hacia Marte o la Luna porque cualquier nave sería destruida al intentar atravesar esa “barrera” de basura.

La frase

“El primer trillonario se hará en el espacio”, dijo el tecnólogo Peter Diamandis, fundador de Xprize.

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